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Museo Thyssen-Bornemisza
 
Obras
Campesino catalán con guitarra. MIRÓ, Joan. Óleo sobre lienzo. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Museo Thyssen-Bornemisza. museo arte Madrid España
Ficha Campesino catalán con guitarra. MIRÓ, Joan
Ficha
Descripción Campesino catalán con guitarra. MIRÓ, Joan
Texto Catálogo
Biografía MIRÓ, Joan
Biografía
Zoom Campesino catalán con guitarra. MIRÓ, Joan
Zoom
MIRÓ, Joan
Campesino catalán con guitarra, 1924
Óleo sobre lienzo
147 x 114 cm

Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid


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El Campesino catalán con guitarra, pertenece a una serie de obras sobre el tema del campesino catalán que Joan Miró pintó, en París y en Montroig, entre marzo de 1924 y el verano de 1925. Estas obras tan ligadas a su pasado rural son las que sirvieron de puente -como ha resaltado Jacques Dupin- hacia las pinturas oníricas de la segunda mitad de la década de los años 1920.

Paisaje catalán (el cazador) (The Museum of Modern Art, Nueva York), pintado durante su estancia en Montroig en el verano de 1923, supuso el arranque de esta nueva trayectoria artística. El protagonista de la escena, el cazador, es un payés con barretina, el característico gorro de los campesinos catalanes, que se convirtió en la figura aislada de la serie de Campesinos catalanes realizada durante los meses siguientes. En este conjunto de óleos, se repite, con algunas variaciones, la representación esquematizada de esa figura con barretina, sobre unos fondos neutros de color azul o amarillo. En estos fondos Miró creó un espacio fluido donde hacía vagar los signos en los que proyectaba su imaginación. En los campos cromáticos sin perspectiva, Miró encontró, como ha estudiado Rosalind Krauss (1972), un modo no cubista de terminar con la distinción entre superficie y profundidad. En un testimonio que recoge Margit Rowell (1986), Miró dejaba claras sus intenciones: "Huía hacia el interior del absoluto de la naturaleza. Quería que mis manchas parecieran abiertas a la llamada magnética del vacío... Estaba interesado en el vacío, en la perfecta vaciedad. La introduje en mis fondos pálidos y opacos, y mis gestos lineales sobre él eran los signos de la progresión de mi sueño".

La secuencia seguida por Miró al pintar la serie de los Campesinos se ha venido hasta ahora interpretando como una progresiva depuración de la escena, desde las versiones más detalladas hasta casi llegar a alcanzar el deseado vacío. Las investigaciones más recientes -en especial las de Christopher Green (1995 y 1997)- revelan que no se puede hablar de una evolución lineal, sino más bien de una alternancia entre el deseo de rellenar y el deseo de vaciar el espacio pictórico, un método que el amigo de Miró, el antropólogo Michel Leiris, comparaba con las prácticas de meditación de los ascetas tibetanos. Hoy sabemos que Miró comenzó la serie con una de las versiones más simplificadas, la Cabeza de campesino catalán, de la National Gallery de Washington, en la que aísla sobre el mismo fondo amarillo la figura del cazador del Paisaje catalán. A ella seguramente siguió Campesino catalán con guitarra del Museo Thyssen Bornemisza, que sería la representación del mismo personaje, esta vez de cuerpo entero, sobre un fondo azul oscuro. El deseo de añadir signos vendría luego con las versiones de la Scottish National Gallery of Modern Art de Edimburgo y de la antigua colección de César de Haucke, hoy en paradero desconocido. Miró cierra el ciclo, acentuando la simplificación inicial, con la más etérea y desnuda de las imágenes, el cuadro que se encuentra hoy en el Moderna Museet de Estocolmo.

Las interpretaciones del significado de la figura de este campesino catalán nos ofrecen sugestivos y variados puntos de vista: algunos autores han visto en ella una reivindicación política contra la persecución del nacionalismo catalán de la dictadura de Primo de Rivera; otros hacen lecturas esotéricas relacionadas con la Cábala, la cual Miró utilizaba como un fértil campo de metáforas poéticas; Rosa María Malet (1997) ha vinculado esta representación pictórica con el personaje llamado Que vlo ve?, protagonista de un cuento de Apollinaire, uno de los poetas preferidos de Miró; y Christopher Green (1997) se pregunta si no se trata quizá de uno de esos autorretratos imaginarios a los que era tan aficionado el artista. Lo cierto es que en una pintura tan cargada de imágenes poéticas y literarias, y con una mitología de signos tan personales, cabe aceptar que varias lecturas se compaginen.

Paloma Alarcó

 
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