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| CARAVAGGIO (Michelangelo MERISI llamado)
Santa Catalina de Alejandría, c. 1597
Óleo sobre lienzo 173 x 133 cm
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
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La Santa Catalina de Caravaggio es uno de los lienzos del museo cuya procedencia, perfectamente documentada, nos permite rastrear su historia casi desde que se pintó hasta nuestros días. La pintura estaba registrada entre los bienes inventariados a la muerte del primer protector importante de Caravaggio en Roma, el cardenal Francesco Maria del Monte, y a la de su heredero, Uguccione del Monte, en 1627. En 1628, fecha de otro inventario, fue vendida, junto con otras pinturas, para hacer frente a una serie de deudas del heredero del cardenal. Según los datos conocidos, fue adquirida por el cardenal Antonio Barberini, apareciendo en los inventarios de bienes familiares de los Barberini de 1644, 1671 y 1817. Bellori cuenta en sus Vidas (1672) que Caravaggio pintó para el cardenal del Monte "una Santa Catalina arrodillada, apoyada en una rueda", diciendo de ella y del tañedor de laúd (también procedente de la colección Barberini y actualmente en el Metropolitan Museum de Nueva York) que ambas "obras muestran un colorido más denso, empezando ya Michele a robustecer las sombras". La Santa Catalina pasó de la colección Barberini al comercio, siendo adquirida para la Colección Thyssen-Bornemisza, en 1934, en una galería de Lucerna.
La pintura ha sido objeto de múltiples comentarios escritos desde que la mencionó Bellori en 1672; en la amplia bibliografía que existe de ella se han discutido tanto la atribución como la fecha de ejecución y la forma en que Caravaggio interpretó el tema. Uno de los grandes estudiosos de este pintor, Longhi, consideró, en 1916, que la obra podía ser de mano de Orazio Gentileschi, pero en estudios posteriores ratificó la autoría de Caravaggio. Sin embargo figuró como obra de la escuela de Caravaggio en la Mostra della pittura italiana del Seicento e del Settecento, celebrada en el Palazzo Pitti de Florencia, en 1922. Por su parte, Marangoni sugirió también, en 1922, que la obra, por calidad, podía encontrarse dentro del repertorio autógrafo del maestro. Esta opinión es hoy compartida, sin ningún tipo de reservas, por la crítica especializada.
El lienzo ha sido fechado un poco antes del gran ciclo que realizó Caravaggio para la capilla Contarelli de San Luis de los Franceses, en Roma, en un momento en el que su estilo empezaba a cambiar hacia formas más compactas construidas con un potente claroscuro que acentúa el valor expresivo. La santa, que se nos presenta ricamente vestida, en consonancia con su rango de princesa, y arrodillada sobre un suntuoso cojín de damasco, ha sido pintada en el acto en que parece volver la mirada al espectador. Sus ropas han sido puestas en relación con las de La Magdalena arrepentida de la Galleria Doria Pamphilj de Roma. La gama cromática de los ropajes, un conjunto de violetas y azules yuxtapuestos, recuerda las combinaciones tonales empleadas en el norte de Italia. Santa Catalina posa, para su identificación, con los atributos tradicionales: la rueda dentada y quebrada, la espada con la que fue decapitada y la palma alusiva a su martirio. El juego de líneas oblicuas que se establece entre los objetos que aluden a su tormento, la inclinación de su cuerpo, la dirección de su mirada y el haz de luz que la ilumina, crean un conjunto de gran eficacia pictórica al que sin duda contribuye el firmísimo modelado del claroscuro.
En cuanto a la identificación de la modelo se han sugerido dos nombres: Caterina Campani, esposa del arquitecto Onorio Longhi, hipótesis que en la actualidad se ha descartado, y el de Fillide Melandroni, cortesana que frecuentó el círculo de Caravaggio.
Mar Borobia
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