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Biografía

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| COURBET, Gustave
El arroyo de Brème, 1866
Óleo sobre lienzo 114 x 89 cm
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
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"Mantengo que la pintura es un arte esencialmente concreto, que únicamente debe consistir en la representación de las cosas reales y existentes", escribía Courbet en una carta abierta a sus alumnos en 1861. En Buenos días, Sr. Courbet, de 1854, ya se había representado a sí mismo saliendo al campo a pintar con sus bártulos a la espalda, con la intención de dejar bien clara su idea del nuevo pintor que debe salir al mundo exterior en busca de sus temas.
Courbet no sólo desencadenó un cambio en el lenguaje de la pintura, sino en la función misma del artista. Hizo del realismo su bandera política y sus planteamientos radicales supusieron una importante revolución. Podríamos aventurarnos a definirlo como el primer artista de vanguardia, ya que actuaba conscientemente en contra de las normas establecidas. Buena prueba de ello fue el hecho de que, al ser rechazado en el Salón de 1855, tomara la innovadora decisión de montar un pabellón propio frente al Salón oficial. En ese barracón, que se anunciaba con un gran rótulo con la palabra "Realismo", expuso una de sus obras maestras, El estudio (1854 1855), un verdadero manifiesto de su pintura. En él, Courbet se autorretrataba en su taller, junto a un numeroso grupo de conocidos suyos, pintando un paisaje, por el que se decanta como género independiente.
Fue precisamente la pintura de paisaje la que le trajo a Courbet, en los años de 1860, el éxito comercial. Dispuesto a satisfacer la demanda del público, comenzó a pintar -incluso con cierta repetición- numerosos paisajes. Courbet pretendía pintar la naturaleza con la máxima fidelidad pero sin olvidar su concepción subjetiva de la pintura. Champfleury, el más importante defensor del realismo, ya había dicho que "la representación de la naturaleza por obra del hombre no será nunca una reproducción o imitación, sino siempre una interpretación", valorando así la subjetividad del artista, un terreno que ya los románticos habían dejado en cierto modo abonado.
El arroyo Brème, aunque no está firmado ni fechado, aparece con la fecha de 1866 en el catálogo razonado del artista (Fernier, t. II, nº 588). En él, Courbet nos muestra un paisaje de los alrededores de Ornans, su tierra natal, un paraje en el bosque denominado Puits Noir, Pozo Negro, el lugar donde el pequeño arroyo Brème brota entre las rocas, en medio de una frondosa vegetación. Este paisaje del Franco Condado, con sus montañas rocosas, densos árboles y pequeños ríos y cascadas, fue motivo frecuente de sus cuadros durante esos años. El tema del agua que brota entre las aberturas de las rocas, unido a la fascinación de Courbet por los lugares ocultos, ha sido interpretado por algunos autores, como Fried (1993), en clave de metáfora sexual, al ponerlo en relación con una lectura paisajística de sus temas eróticos, como El origen del mundo.
Courbet realiza un acertado estudio de los juegos de la luz del sol al filtrarse entre los árboles y al reflejarse en la superficie tranquila de las negras y profundas aguas de la poza. Pinta con virtuosismo y originalidad las texturas de las rocas, de los árboles, del agua, y transmite con gran acierto la atmósfera de silencio propia de ese lugar. Combina grandes masas de color, de pinceladas rápidas y sueltas, con zonas en las que la pintura es aplicada con espátula. El fondo se nos presenta próximo para hacer más evidentes las distintas texturas de las rocas, las montañas o el agua, en su intento de imitar, a través de la corporeidad de la pintura, la corporeidad de la naturaleza. Su preocupación por la materialidad de las superficies también se evidencia en la manera como suprime en sus paisajes el espacio en profundidad, consiguiendo un efecto de planitud, que anuncia ya la pintura impresionista.
Paloma Alarcó
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