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Chagall vivió en París durante los años de mayor efervescencia vanguardista y quedó fascinado por "esa sorprendente atmósfera de libertad ilustrada que no había visto en ningún otro lugar". En el verano de 1914, tras pasar por Berlín con motivo de su exposición en la prestigiosa galería Der Sturm de Herwarth Walden, regresó a su ciudad natal, Vítebsk. Aunque su intención era volver a París tras una corta estancia, el estallido de la I Guerra Mundial, primero, y de la revolución bolchevique, después, le hicieron permanecer allí hasta junio de 1920. El contraste de la agitación parisina con la vida tranquila de la provinciana Vítesbk, "triste y desgraciada", como la describe Chagall en su autobiografía, le produjo una nueva actitud y, sin olvidar su mundo de magia y fantasía, su pintura se comenzó a llenar de temas más reales: ya no tenía que pintar recuerdos, podía pintar realidades.
Durante los seis años de estancia en esa pequeña ciudad judía, pintó una serie de cuadros -que él denominaba, "documentos"- sobre sus gentes y sus paisajes. Entre estos se encuentran un conjunto de vistas de la ciudad en las que Chagall, con su peculiar lirismo, combina sentimientos contrapuestos, a veces idílicos, otras nostálgicos o apocalípticos, que respondían a la felicidad tras su reciente matrimonio o a las tensiones emocionales que le produjo la revolución bolchevique, en la que el pintor, por otra parte, tuvo un papel muy activo en los primeros años. Vítebsk podía ser la ciudad idílica que Chagall sobrevolaba con su amada esposa Bella, como vemos en su obra Sobre la ciudad, de 1917, o la población triste y apocalíptica de La casa gris, de 1917, o de La casa azul, de 1920, que fue su despedida, ya que, tras su exilio voluntario en Occidente, no volvería jamás a pisar su tierra natal.
En La casa gris del Museo Thyssen-Bornemisza, el artista ofrece una representación del paisaje tradicional, bastante naturalista, aunque con ciertos elementos tomados del cubismo. Chagall inmortaliza su ciudad, con su catedral barroca de la Asunción sobresaliendo sobre las casas del casco antiguo y, en primer término, una característica cabaña de madera, de las que había varios ejemplos en las orillas del río Dvina. La perspectiva irreal con la que está pintada la cabaña y el juego producido por los distintos planos, remiten al cubismo. Por otra parte, la representación de unos cielos sinuosos, que parecen agitar con su movimiento la composición entera, y la aparición de esa pequeña figurita misteriosa a la izquierda del cuadro, dan a la escena una atmósfera un tanto fantástica, de imagen sacada del mundo de los sueños.
Tanto la soledad de la pequeña cabaña, que parece abandonada, como el gesto de emoción de la figura con la mano en el pecho nos transmiten un sentimiento de nostálgica tristeza. Bowlt y Misler (1993) consideran que este enigmático personaje, que se refugia en la esquina inferior del cuadro y que lleva inscrito el nombre de "Chagall" en su chaqueta, es un autorretrato. Los citados autores resaltan además el hecho de que las otras dos inscripciones que tiene el cuadro -la palabra hebrea shemihl en la manga de la camisa del personaje y la palabra rusa durak en la valla de madera de la casa- significan igualmente "idiota", por lo que sugieren que Chagall está cargando el cuadro de un doble significado: "Chagall es un idiota" o dicho de forma más coloquial, "Chagall es el tonto del pueblo", y lo ponen en relación con el gusto por lo vulgar que en ocasiones compartía con otros artistas rusos del momento.
Tanto aquí como en toda su producción, Chagall nos demuestra que supo combinar con especial maestría los recursos de la plástica contemporánea con los más fantásticos temas del folclore y de los reinos encantados de los cuentos rusos, que hacen de él un precursor del surrealismo, tal como reconoció el teórico de este movimiento, André Breton: "Con él la metáfora hizo su entrada triunfante en la pintura moderna".
Paloma Alarcó
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