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"He visto un efecto magnífico y muy extraño, esta tarde -le escribía Vincent van Gogh desde Arles a su hermano Theo, a principios de agosto de 1888-. Una barca muy grande cargada de carbón en el Ródano y amarrada al muelle. Vista desde lo alto, estaba toda luciente y húmeda por un chubasco; el agua era de un blanco amarillo y gris perla turbio; el cielo, lila y una faja anaranjada al poniente; la ciudad violeta. En la barca, pequeños obreros azules y blancos iban y venían llevando la carga a tierra. Era un Hokusai puro".
La impresión que le produjo esta escena al artista le llevaría a plasmarla plásticamente poco después en tres obras. La primera de ellas, Barcas con arena (Museum Folkwang, Essen), representa dos barcas atracadas, vistas con una perspectiva muy oblicua y alta, como si fueran captadas desde un muelle muy elevado, de las que unos hombres descargan arena, no carbón, a plena luz del día. Mas tarde, quizás a finales de agosto, pintó, esta vez en el momento de la puesta de sol, otros dos cuadros de barcas atracadas: Barcas de carbón (colección particular) y Los descargadores en Arles del Museo Thyssen-Bornemisza. El punto de vista alto del primer cuadro, lo cambia por una composición más cercana al suelo y la perspectiva forzada de aquél, por una visión más frontal. Este nuevo encuadre le permite representar una amplia atmósfera anaranjada sobre la que resaltan a contraluz las oscuras barcas en primer plano y las edificaciones de la otra parte del río. Ambas obras están pintadas con pinceladas rápidas y seguras, como si el pintor quisiera captar el ocaso antes de que el sol desapareciera en el horizonte.
Van Gogh al llegar a Arles, adonde se había dirigido desde París en febrero de 1888 en busca de la atmósfera luminosa del Mediodía francés, había comenzado a abandonar los métodos puntillistas e impresionistas en favor de una pintura de formas más sintéticas y colores más estridentes: "Comienzo a buscar, cada vez más, una técnica simple, que tal vez no sea impresionista", escribía a su hermano el mismo mes de agosto de 1888. Sin embargo, a pesar de este alejamiento técnico, su manera de trabajar frente al motivo, seguía siendo plenamente impresionista.
Los descargadores en Arles responde claramente a ese cambio de estilo. Nos muestra una vista nocturna de las aguas del Ródano con una luz ardiente de puesta de sol, pintada con una pincelada gruesa y alargada. La forma de destacar a contraluz los motivos de la composición y los fuertes contrastes de color, evidencian una clara influencia japonesa. Su veneración por el arte japonés, que venía de antiguo, se agudizó notablemente en Arles como le confesaba a Theo: "La vista cambia, se ve con un ojo más japonés, se siente el color de otra manera"; de ahí que la primera impresión que le había producido la visión de las barcazas en el Ródano fuera la de estar contemplando "un Hokusai puro".
La equiparación de la oscuridad de la noche y la negrura del mineral del carbón descargado de las embarcaciones, no es algo casual. Como le escribía a Theo en septiembre de 1888, le servía para encontrar respuestas a determinadas dudas: "Expresar el amor de dos enamorados por la unión de dos complementarios, su mezcla y sus oposiciones, las vibraciones misteriosas de los tonos aproximados... Expresar la esperanza por alguna estrella. El ardor de un ser por la radiación del sol poniente. Cierto que allá no está el espejismo realista, pero ¿no es una cosa realmente existente?".
Van Gogh, no se conformaba sólo con las apariencias, sino que quería buscar significados, y utilizaba el color para expresar determinados sentimientos. No es de extrañar que cuando el primer propietario de este cuadro, el marchante alemán Paul Cassirer, presentó en su sala de Berlín las obras de Van Gogh, éstas levantaran incondicionales pasiones entre los jóvenes expresionistas.
Paloma Alarcó
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