Obra representativa de las preocupaciones de Matisse en su evolución hacia el fauvismo. Aquí no encontramos la intensidad cromática que después le caracterizaría, sino tonalidades más bien apagadas. Sin embargo, en la pincelada abocetada, en los contrastes entre el amarillo y los ocres, y en el sentido decorativo, encontramos rasgos que pocos años después explotarían en la enérgica pintura fauvista.