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Ficha |
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Biografía |
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Tras los movimientos de vanguardia de principios del siglo XX, la Europa de entreguerras vive un momento artístico en el que domina una vuelta a planteamientos clásicos. Esta recuperación surgió de la misma vanguardia con el propósito de reinstaurar valores duraderos tras el caos y la aniquilación que había supuesto la guerra.
El viaje a Italia de Picasso con Cocteau en 1917, no sólo supuso la aparición de una nueva mujer en su vida -Olga Koklova- y el comienzo de su relación con los ballets de Diaghilev, sino que también fue el inicio de un nuevo lenguaje artístico inspirado en la tradición clásica de la pintura (Rafael, Miguel Ángel o Ingres). Ahora bien, como apunta Pierre Daix, su clasicismo es engañoso: se sirve de la Antigüedad (como antes había hecho con las máscaras negras) para reinterpretar los modelos tradicionales a través de la experiencia cubista. El cubismo le había dado la clave para tratar los distintos elementos de un cuadro de forma diferente y le permitió trastocar las leyes de la perspectiva y compaginar en una misma obra varios puntos de vista.
Arlequín con espejo es una obra representativa de este período. La bibliografía lo ha puesto generalmente en relación con un conjunto de arlequines sentados que el artista pintó durante los primeros meses de 1923. Para la figura de Arlequín había posado el pintor español, Jacinto Salvadó, vestido con un traje que Cocteau había regalado a Picasso. Un estudio atento del conjunto, nos evidencia que el Arlequín del Museo Thyssen-Bornemisza se distancia bastante de los demás; ni siquiera es un verdadero arlequín. Conjuga la presencia de tres de los personajes del mundo del circo y de la Commedia dell'arte, por los que Picasso se sentía tan atraído: su atuendo de acróbata nos traslada al mundo de los saltimbanquis y volatineros; su sombrero de dos picos es una clara referencia a Arlequín; y, finalmente, la máscara en la que Picasso convierte su rostro, es Pierrot, el desairado galán de Colombina.
Recientemente nuestro cuadro se ha puesto en relación con otro del verano de 1923 y con una de las obras cumbres del momento clásico: La flauta de Pan (Musée Picasso, París). Sobre un esquemático fondo formado por el azul del cielo y del mar, sin duda el Mediterráneo, aparecen las figuras de dos muchachos jóvenes, uno de los cuales está tocando una flauta de Pan. La flauta de varias cañas, que inventó el dios Pan, tocaba desde la antigua Grecia la música del amor y había alcanzado la máxima perfección en los solos de flauta de La siesta de un fauno de Debussy, que tan prodigiosamente había visto Picasso bailar a Nijinsky en la representación de los ballets rusos de Diaghilev. En los muchos dibujos preparatorios que hizo el pintor de esta obra suelen aparecer cuatro figuras: una pareja formada por un hombre y una mujer jóvenes, Cupido, o Amor, colocándole la corona de flores a la mujer -representada como Venus- y, por último, Pan tocando la flauta. El joven que le tiende un espejo a Venus, y que en algunas de las versiones viste el disfraz de saltimbanqui, se queda solo y se convierte en el Arlequín con espejo del Museo Thyssen-Bornemisza, el cual recrea su melancolía en la imagen que de su rostro refleja el espejo, atributo del desengaño y de la vanitas.
Algunos autores, como William Rubin y Pierre Daix, relacionan este conjunto de obras con un amor frustrado que vivió Picasso durante el verano de 1923 en el Cap d'Antibes. No hay que olvidar que Picasso consideraba el temperamento de Arlequín en muchos aspectos coincidente con el suyo y normalmente su aparición se debía a algún motivo sentimental.
Arlequín con espejo y La flauta de Pan fueron la culminación de la etapa clasicista de Picasso, pero también su finalización. A su vuelta a París, en el otoño de 1923, Picasso se centró en una serie de naturalezas muertas dentro de un estilo que se ha calificado como cubismo curvilíneo, que poco a poco le llevaría a su etapa surrealista.
Paloma Alarcó
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