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En la novela, Jensen relata la historia de Norbert Hanold, un joven arqueólogo enamorado de una figura femenina que había contemplado en un relieve clásico. Tras haber tenido un enigmático sueño en el que veía a la joven caminando por Pompeya en el momento de la erupción del Vesubio, Hanold decide visitar las ruinas de esta ciudad. Allí divisa una misteriosa y fantasmagórica figura, que no duda en considerar como la encarnación de Gradiva, hasta que finalmente se percata de que se trata de una mujer real: su antiguo amor de juventud, Zoe Bertgang. Para Freud, Gradiva se anticipa al método psicoanalítico y ofrece una metáfora arqueológica para analizar los recuerdos enterrados, los deseos reprimidos: un verdadero símbolo de la curación terapéutica. Salvador Dalí (1904-1989), vinculado al grupo surrealista parisino durante la década de los 1930, y creador, a partir de las teorías freudianas de interpretación de los sueños, de lo que denominó el método paranoico-crítico, según el cual cada imagen o asociación de imágenes podía ser sometida a dobles lecturas, utilizó la figura mitológica de Gradiva en numerosas obras de esta época. En esta muestra se presentan, además de una reproducción del relieve clásico de la figura de Gradiva, adquirida por Sigmund Freud y que siempre permaneció en el estudio del creador del psicoanálisis, una cuidada selección de óleos y dibujos de Salvador Dalí sobre esta figura mitológica. La obra más temprana, Muchacha con rizos de 1926, es una especie de anticipación de Gradiva. Lo más probable es que Dalí representara aquí a Dullita, un personaje sacado de los recuerdos de su infancia. A continuación, en El hombre invisible de 1929-1932, aparece ya una verdadera imagen de Gradiva. Tanto en el óleo como en los dibujos preparatorios para esta obra, las figuras de ondulante cabellera, van envueltas en sudarios y su naturaleza espectral queda enfatizada por las alargadas sombras que arrojan sus cuerpos. A través de sus túnicas sobresalen sus pechos abundantes y en el lugar de su sexo aparece una rosa, de la que cae una gota de sangre, como símbolo de una próxima conciencia del amor. La
figura de Gradiva, se presenta en otras ocasiones bajo la apariencia
de Andrómeda, otro símbolo del amor heroico: la
muchacha que fue encadenada a una roca para así apaciguar a un
monstruo marino, hasta que fue liberada por Perseo cuando se enamoró
de ella. Junto a Andrómeda, Dalí a veces introduce el
personaje de Guillermo Tell, que desempeña el papel del padre
castrador en su elaborada mitología iconográfica. Al oponerse
a su relación con Gala, su padre le había intentado cerrar
las puertas al objeto de deseo. En Gradiva descubre las ruinas antropomorfas, Dalí representa una amplia llanura con rocas y ruinas. En primer término, aparecen dos figuras de pie, enlazadas en un abrazo petrificado similar al de El beso, 1929 el dibujo preparatorio de El gran masturbador de 1929, como representación de la doble naturaleza espectral de Gradiva. A
finales de la década de 1930 Dalí utiliza de nuevo a Gradiva
y exagera su fantasmal transparencia en España, un cuadro
que Dalí realizó en plena Guerra Civil española.
Gradiva está de pie en primer término y apoya su brazo
sobre una cómoda de cajones. Su cabeza se construye a través
de una escena de batalla en la distancia y su cuerpo y la túnica
de pliegues se vuelven transparentes y permiten ver el paisaje de la
lejanía. En esta ocasión Gradiva se convierte en una posible
metáfora de una curación de naturaleza ya
no amorosa, sino política. |