Hiperrealismo. 1967-2012
Del 22 de marzo al 9 de junio de 2013
Se recomienda la compra anticipada de entradas
< miradas cruzadas > 5: Juego de interiores. La mujer y lo cotidiano
Nueva instalación de la colección permanente
Del 26 de febrero al 10 de junio de 2013
En la primera etapa de su carrera, entre 1880 y 1893, Le Sidaner cultivó un realismo sentimental, influido sobre todo por Bastien-Lepage, con escenas marcadas por la presencia de la muerte y el misticismo religioso: los niños en el cementerio, la comunión in extremis, el paseo de las huérfanas. En 1894, tras haber pasado una década retirado en el norte, con largas estancias en el pequeño puerto de Étaples, el pintor regresó a París y renovó sus relaciones con el medio artístico de la capital. Era el momento del apogeo del movimiento simbolista, con su hostilidad a la mera descripción material y su exaltación de todo lo que fuera sugerencia, ensoñación, misterio. Le Sidaner se sumió en ese ambiente, acercándose a Lévy-Dhurmer, Aman Jean, Henri Martin y otros «pintores del alma». Este período culminaría en 1898, con su descubrimiento de la ciudad de Brujas, celebrada como «ciudad muerta» en la famosa novela de Georges Rodenbach.
A esa etapa simbolista pertenece esta composición, que puede compararse, en su motivo y su factura, con ciertas pinturas del español Darío de Regoyos. El pintor acude a un recurso teatral frecuente en su obra: el primer término vacío, más acá del cercado, contrasta con el denso espacio del jardín, donde las casas asoman apenas, semiocultas entre los árboles. Le Sidaner sintió una constante atracción por los jardines crepusculares, envueltos en esa luz incierta que el escritor simbolista Camille Mauclair elogiaba como uno de los rasgos más sugerentes de su pintura. El sol otoñal que declina acaricia las copas de los árboles y les arranca un leve y pálido centelleo. El punteado claro en la valla de piedra y en la vegetación atestigua la influencia de Seurat, aunque Le Sidaner nunca compartió la búsqueda neoimpresionista del pleno sol a través del contraste de colores puros; él prefería las gamas atenuadas, las armonías más suaves y matizadas. Todo el silencio y la soledad, el recogimiento y la intimidad de la hora se encarnan en la figura de esa dama que pasea por el proscenio, absorta en la lectura
Guillermo. Solana
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