Hiperrealismo. 1967-2012
Del 22 de marzo al 9 de junio de 2013
Se recomienda la compra anticipada de entradas
< miradas cruzadas > 5: Juego de interiores. La mujer y lo cotidiano
Nueva instalación de la colección permanente
Del 26 de febrero al 10 de junio de 2013
En la primavera de 1914 se puso a la venta en el Hôtel Drouot de París la colección Herbert Kullmann, un conjunto en el cual figuraban pinturas de Turner, Degas, Renoir, Cézanne, Van Gogh o Matisse, entre otros, además de este Establo de Bonnard. En aquella ocasión, Fénéon escribió: «Trece obras solamente la componen, pero todas de la calidad más rara y casi todas de importancia capital». Y Apollinaire, por su parte, advertía: «Hay allí en total trece telas, pero trece telas que son la enseñanza de toda una época y de todas las escuelas de esa época. Y cada uno de estos cuadros ha sido escogido entre las mejores producciones del mejor pintor de cada escuela». Ambos críticos mencionaban este cuadro de Bonnard.
Contemporáneo de los grandes paneles decorativos del artista, el Establo nos revela un Bonnard distinto del habitual: más realista, más espontáneo y más directo. Aquí el pintor renuncia a los artificios de sus composiciones estilizadas y poéticas y asume la sencillez de ciertos maestros holandeses del siglo XVII. El establo con la vaca, el burro y la gallina es como el reverso naturalista de las composiciones más ambiciosas del artista; por ejemplo, de La sinfonía pastoral, 1916-1920, donde aparecerá, en primer término, una mujer que ordeña una vaca. ¿Sería excesivo sospechar en este Establo una alusión velada al nacimiento de Cristo? Dos cuadros de Gauguin de 1896 constituyen precedentes en este sentido: Natividad (Bé Bé), San Petersburgo, Museo del Ermitage, y Natividad (Te tamari no atua), Múnich, Neue Pinakothek, incluyen el motivo de unas vacas en un establo tomado del cuadro de Octave Tassaert, Interior de un establo, 1837, y lo vinculan con la iconografía de la Natividad de Jesús.
La escena está plasmada con una soltura de ejecución comparable a la de Delacroix. En el montón de heno brilla esa orquestación de colores superpuestos que encontramos en los pasajes más espléndidos de la obra de Bonnard: en el dibujo de una colcha, en el brocado de unas cortinas, en los tapices de Misia, en un vestido que sostiene Marthe.
Guillermo Solana
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