Museo Thyssen Bornemisza

Colección Permanente

Autor:

Jan Provost

Título:
Retrato femenino de un donante
Fecha:
c. 1505
Tipo:
Óleo sobre tabla
Medidas:
53,5 x 46 cm
Úbicacion:
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Numero de inventario
Nº INV. 328 (1930.88)
ficha de la obra

© Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Jan Provost fue un pintor de reconocido prestigio en siglo XVI, cuya actividad se desarrolló fundamentalmente en la ciudad de Brujas. Su estilo se ha considerado un ejemplo de la transición del gótico tardío al renacimiento e influyó en artistas de la talla de Durero, al que conoció durante su viaje a los Países Bajos. Este retrato femenino es una representación de la figura de un donante para el que Provost ha elegido como fondo un jardín. La pintura está llena de detalles representados con gran minuciosidad, característica que deriva de los primitivos flamencos y de la miniatura francesa. Grete Ring en el convencimiento de que la obra pudo formar parte de un tríptico, la relacionó con otro retrato masculino de la colección John G. Johnson del Philadelphia Museum of Art, junto con el que constituirían las alas laterales del conjunto. En cuanto a la imagen de la tabla central se ha mencionado una Virgen con el Niño o una Anunciación como temas.

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Más información sobre esta obra

Jan Provost se pudo iniciar como pintor con su padre en Mons, completando su formación en Valenciennes, en el taller de Simon Marmion, con cuya viuda contrajo matrimonio. En 1493 está en Amberes, registrado en el gremio correspondiente, y en 1494 en Brujas. Allí recibió encargos tanto de los estamentos religiosos como de los civiles y colaboró en la decoración de los actos celebrados con motivo de la entrada de Carlos V en la ciudad en 1520. Provost desempeñó un papel importante durante el viaje que Durero realizó a los Países Bajos, ya que le recibió en Amberes y fue su anfitrión durante el trayecto que realizó desde esa ciudad a Brujas, así como durante la estancia del pintor alemán allí. Sus pinturas religiosas a veces presentan una iconografía complicada, difícil de interpretar, que se ha puesto en relación con los círculos humanistas con los que el artista pudo tener conexión. En su catálogo de pinturas, pocas obras se en cuentran documentadas, y las dos que se conocen corresponden a su etapa final: La Glorificación de la Virgen en el Ermitage de San Petersburgo y el Juicio Final, en el Groeningemuseum de Brujas. A Jan Provost se lo considera, junto con Quentin Metsys, uno de los artistas más importantes del periodo que precedió a la entrada de la corriente italiana en los Países Bajos. La historia de este fragmento, que formó parte de un conjunto más complejo, se debe a Grete Ring y a Carlo L. Ragghianti. Grete Ring atribuyó la pintura a Jan Provost y la asoció a un retrato masculino de la colección John G. Johnson, del Philadelphia Museum of Art, apuntando la posibilidad de que ambos hubieran pertenecido a las alas laterales de un tríptico cuya imagen central tal vez fuera la de una Virgen con el Niño. Por su parte, Carlo Ragghianti propuso como tema central para ese conjunto La Anunciación de la iglesia de San Columbano en Génova, identificando otros dos fragmentos de las alas laterales con las figuras de san Pedro, a la izquierda, y santa Isabel de Hungría, a la derecha, de la colección del Palazzo Bianco de Génova. La reconstrucción de este altar ha sido discutida, especialmente la tabla central con La Anunciación de San Columbano, que no ha sido unánimemente aceptada y fue rechazada, entre otros historiadores, por Colin Eisler.

Esta mujer, que con seguridad permanecía arrodillada en señal de respeto, contemplando, con sus manos juntas, la escena religiosa de la tabla central del tríptico, se ajusta, pese al formato actual, al modelo característico de donante. En este caso, la dama era presentada al grupo celestial por una santa cuya misión era interceder entre la humanidad y las esferas sagradas. Este papel recayó sobre santa Isabel de Hungría, posiblemente patrona de la figura representada. La pintura, bien dibujada y modelada con delicadeza, tiene como fondo un cuidado jardín que se ha cerrado con un muro de ladrillo. La finura del trazo se percibe en las plantas y en las flores, que, recogidas en ordenados parterres delimitados con maderas, organizan un escenario detallado, lleno de pormenores, y en el que ni siquiera falta un tutor, pulcramente atado, al joven tronco del árbol de la izquierda. La calidad de la pincelada, que Provost ha aplicado con suaves veladuras, llega hasta las manos de la mujer, en cuyas esmeradas uñas el pintor se ha detenido para estudiar la incidencia de la luz.

Mar Borobia