Museo Thyssen Bornemisza

Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Autor:

Jean-Baptiste-Camille Corot

Título:
La Soledad. Recuerdo de Vigen, Limusín
Fecha:
1866
Tipo:
Óleo sobre lienzo
Medidas:
95 x 130 cm
Úbicacion:
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza
Numero de inventario
Nº INV. (CTB.1999.27)
ficha de la obra

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza

La presente obra se enmarca dentro del conjunto de “souvenirs” (recuerdos) que Corot realizó al final de su vida, y en los que mezcla la contemplación de los bosques franceses con el recuerdo de diferentes parajes de Italia. En ellos, más que la representación de un lugar concreto el artista francés evoca la emoción experimentada ante la naturaleza.

Corot pintó La Soledad apenas unos meses después de la muerte de su gran amigo Constant Dutilleux. De hecho, un cierto aire elegíaco envuelve la escena, reducida a una sinfonía de verdes, azules y grises. La figura femenina que centra la composición retoma el modelo de “la melancolía” y parece apelar a una Edad de Oro gozada en otro tiempo y ahora perdida.

Expuesta en el Salon de 1866, La Soledad fue adquirida por la emperatriz Eugenia de Montijo para su colección particular.

JAL

Más información sobre esta obra

La Soledad es uno de los dos cuadros que Corot presentó «fuera de concurso» al Salon de 1866. El otro se titula La tarde (R 1637, en paradero desconocido, también titulado Bacanal).

Con La Soledad, Corot pone de manifiesto una vez más que su visión de la naturaleza es muy distinta de la de sus contemporáneos. En lugar de la representación naturalista de Rousseau o realista de Courbet, Corot prefiere pintar una naturaleza que incita a la poesía y a la ensoñación bucólica. Una dilatada trayectoria le conduce hasta esta forma de pintura: el tema, justificación indispensable del paisaje en la década de 1820, pasa progresivamente a segundo plano, cediendo en la década de 1840 mayor espacio a la propia naturaleza, espacio que acabará ocupando casi por completo el propio paisaje en la década siguiente. Los Salones de 1851 y 1859 constituyen a este respecto hitos decisivos y marcan el verdadero punto de transformación de los distintos estilos de Corot.

Este cuadro corresponde a un género que ya en el siglo XIX se denominaba «recuerdo». Para comprenderlo en toda su expresión, es preciso revisar someramente la historia de la pintura al aire libre. Corot aparece en el momento en el que la observación destrona a la imaginación, y esta evolución es fundamental para entender su forma personal de proceder, perfectamente integrada en el movimiento del paisaje neoclásico. El artista, al igual que todos sus colegas, vuelve de Italia, donde vive entre 1825 y 1828, con más de un centenar de estudios realizados del natural, que más tarde le servirán para sus composiciones de taller. Un solo boceto puede dar lugar a múltiples variantes, en ocasiones incluso diez o veinte años más tarde. Corot sencillamente lleva el paisajismo un poco más lejos. Trabajará de este modo durante toda su vida, y creará, a partir de la década de 1850, paisajes compuestos enteramente a partir del recuerdo que tiene de estudios pintados en distintos momentos de su vida, exactamente igual que un músico que tiene todas sus partituras en la cabeza y puede tocar cualquier pasaje que se le pida. Así ocurre con La Soledad, que no representa un lugar preciso sino que es fruto de su imaginación, a la que ha dado rienda suelta sobre el lienzo en su estudio de París. Corot, gracias a su formación neoclásica, era capaz de trabajar perfectamente en su estudio como si estuviera instalado en medio del bosque.

Aunque La Soledad. Recuerdo de Vigen, Limusín coincide claramente con una serie de obras que, ya a principios de la década de 1860, marcan el estilo con el que aún hoy el público y los aficionados identifican a Corot, el cuadro presenta un elemento estilístico que en general se ha comentado poco, y nunca con respecto a este cuadro.

¿Qué es lo que vemos? Una mujer está sentada frente al espectador; lleva un peinado clásico, en la mano derecha sostiene una lira y dirige la mirada hacia el fondo del cuadro, desde donde surge una hermosa luz que inunda la obra; el movimiento de las nubes, como en Claudio de Lorena, parte de la línea de horizonte y da la sensación de que anima todo el lienzo.

Pero lo importante no es esto. Observen el cuadro detenidamente: la mayoría de los detalles están borrosos y presentan escaso interés. Retrocedan seis o siete pasos: la obra adquiere toda su dimensión pictórica, poética y bucólica. No es la primera vez que Corot recurre a este ardid técnico, que se utilizó profusamente mucho después de él; el artista empieza a aplicarlo a principios de la década de 1850, siendo objeto de numerosas críticas por parte de sus contemporáneos, que también le reprocharon la utilización predominante del gris, muy presente en muchas de sus obras. No habían comprendido que con ello Corot pretendía conferir a sus cuadros toda la emoción que deseaba compartir con nosotros: «Para poder entrar en mis paisajes, habría que tener al menos la paciencia de permitir que se levantara la niebla. Sólo se puede penetrar en ellos poco a poco, y cuando se está dentro, hay que estar a gusto».

Gérard de Wallens