Museo Thyssen Bornemisza

Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Autor:

Albert Bierstadt

Título:
Las cataratas de San Antonio
Fecha:
c. 1880-1887
Tipo:
Óleo sobre lienzo
Medidas:
96,8 x 153,7 cm
Úbicacion:
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza
Numero de inventario
Nº INV. (CTB.1980.8)
ficha de la obra

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza

Cuando Bierstadt pintó Las cataratas de San Antonio en su estudio de Nueva York, trató de recuperar la grandeza original del lugar, no sin una velada crítica a la destrucción de uno de los enclaves naturales más singulares de los Estados Unidos. Por ello, en vez de ofrecernos una imagen del estado real de la zona, optó por reconstruir su belleza primitiva, siguiendo los patrones del paisajismo tradicional.
En el lienzo, un grupo de árboles abre la composición a una amplia vista de las cataratas. La luz del atardecer procedente del fondo, amplificada por las gotas de agua en suspensión, envuelve las formas en tonos dorados. Hasta aquí todo recuerda a los cuadros de Claudio de Lorena. El protagonismo concedido al salto de agua, cuyo tamaño es en realidad el de las cataratas del Niágara, remite sin embargo a la formación del artista americano en Alemania. Ahora bien, Bierstadt consideraba la geografía americana superior a la europea en belleza y monumentalidad. Ello se evidencia en la grandiosidad de paisajes como el que nos ocupa. Asimismo es nueva la minuciosidad en la captación de la vegetación en primer plano, fruto del interés de Bierstadt por la botánica, compartido con artistas como Frederic Edwin Church.
Además de varios indios, en primer término encontramos la figura de un hombre de espaldas con sombrero y cayado. Los estudios más recientes han señalado que podría tratarse del misionero franciscano Louis Hennepin, quien descubrió las cataratas en 1680.

JAL

Más información sobre esta obra

«¿Pero acaso se pueden eliminar las obras de la naturaleza, los hitos levantados por los elementos eternos? ¿Tienen algún pasado que el artista sea capaz de conservar para las generaciones futuras? Que lo decida este cuadro. Tenemos delante las cataratas de San Antonio, tal y como rugían frente a una vacía soledad en el año de 1835, cuando George Catlin las visitó e hizo bocetos de las mismas. ¿Quién sería capaz de reconocer la identidad entre esta hermosa escena salvaje y las cataratas de San Antonio en la actualidad?».

La elegíaca imagen de Las cataratas de San Antonio, pintada pocos años antes de la conferencia de Matthews, refleja la misma impresión de tiempo y naturaleza virgen desaparecidos. Se trata de una escena inventada, de «hermosura salvaje» natural como la arcadia de Claudio de Lorena, con su brumosa luz dorada, el encuadre convencional de los árboles y las figuras pensativas a la izquierda. A diferencia de Catlin, Bierstadt visitó las cataratas mucho tiempo después de que el «vacío» paisaje se hubiera convertido en un recuerdo. Cuando viajó a Minnesota en la década de 1880, estaban rodeadas por la floreciente ciudad de Minneapolis. Las exageradas dimensiones que les da Bierstadt tal vez reflejen la ambición de sus instintos, así como sus recuerdos de las cataratas del Niágara, que había visto por primera vez en 1869.

Se ha propuesto que el hombre solitario y de negro, en pie sobre el crestón en la parte inferior central representa al padre Hennepin, el misionero franciscano que descubrió las cataratas y las bautizó en memoria de san Antonio de Padua, mientras estuvo prisionero de los indios sioux en 1680. A lo largo de su carrera, Bierstadt ejecutó múltiples composiciones sobre el tema de los descubrimientos, entre las que cabe citar un mural de 1875 para el Capitolio de Estados Unidos. Tanto si se trata de un intruso como de un espectador contemplativo, la presencia de este personaje en el cuadro no queda resuelta. Como observaba Novak, la naturaleza está siendo «contemplada por las pequeñas figuras que meditan en estos paisajes sin darse mucha cuenta ni de los aspectos negativos de la naturaleza ni del potencial destructivo de la "cultura", simbolizado por [...] la figura del propio hombre».

Elizabeth Garrity Ellis