De origen suizo, Arnold Böcklin fue uno de los artistas con más fama e influencia dentro del área germana durante el siglo XIX. Sus obras, entre lo real y lo imaginario, relacionadas con el Romanticismo y el simbolismo, fueron muy admiradas en su tiempo y recuperadas del olvido por Giorgio de Chirico y otros artistas surrealistas.

Tras comenzar su formación en Basilea, entre los años 1845 y 1847, estudió en la Kunstakademie de Düsseldorf, donde coincidió con Carl Friedrich Lessing y Anselm Feuerbach. Posteriormente vivió durante un año en Bélgica y visitó París. En 1850 trasladó su residencia a Roma, donde entró en contacto con el círculo de artistas alemanes al que pertenecían Oswald Achenbach y Feuerbach.

La impresión que le produjo la cultura clásica hizo que sus paisajes comenzasen a convertirse en escenarios de temas mitológicos, en los que las figuras se presentaban como seres misteriosos que parecían personificar las fuerzas de la naturaleza. Tras siete años regresó, junto a su esposa italiana, a Basilea y expuso algunas de sus obras en el Kunstverein de Múnich. El interés por su trabajo del rey Ludwig I contribuyó considerablemente a convertirle en uno de los más afamados artistas de la época. También por estas fechas conoció al conde Von Schack, que fue uno de sus coleccionistas más fieles y le proporcionó un gran número de encargos.

Tras trabajar a principios de la década de 1860 en la Kunstschule de Weimar, vivió en Roma, París, Basilea y Múnich. En 1874 se asentaría en Florencia, donde frecuentó el círculo del escritor Adolf von Hildebrand y el pintor Hans von Marées.Gracias a un contrato con el marchante Fritz Gurlitt a partir de 1880, su obra comenzó a ser adquirida con mucho éxito en Berlín y Dresde. Finalmente, y tras cinco años en Zurich, se instaló en Italia. Desde 1894 vivió en la Villa Bellagio, en San Domenico, cerca de Fiesole, que decoró junto a su hijo Carlo. Murió en 1901.