Las obras que conforman esta exposición tienen algo en común: ninguna de ellas muestra imágenes directas de la guerra. Aunque tienen su origen en la guerra, el rechazo a mostrarla por parte de los artistas emerge como un gesto ético: una omisión deliberada que sugiere que quizás el propio hecho de representarla puede convertirse en un modo de reiterar su violencia.

Yarema Malashchuk, Roman Khimei, You Shouldn't Have to See This, 2024 © Mathias Völzke

En 2007, Bernard Blistène y Yann Chateigné presentaron en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) Un teatro sin teatro, una exposición que me causó una profunda impresión. La propuesta partía de la premisa de que la teatralidad sobrevive incluso después de la desaparición del propio teatro. En lugar de presentar performances como espectáculos en vivo, la exposición exploraba cómo el arte moderno y contemporáneo incorpora e interioriza estructuras teatrales —gesto, puesta en escena, presencia y duración— sin depender de actores, guiones o escenarios. Pero, no solo el arte performativo contemporáneo absorbe y digiere el lenguaje clásico del teatro, reproduciendo su energía dentro de los espacios de exposición: la práctica cinematográfica de Roman Khimei y Yarema Malashchuk necesita también de cierto componente de teatralidad para representar acontecimientos que no pueden contarse directamente.

Pedagogías de guerra propone que un conflicto, despojado de su propio espectáculo, solo se revela a través de un lenguaje visual y teatral modelado por el arte. En este sentido, el arte funciona como un medio de expresión capaz de mostrar aquellos aspectos de la guerra que es necesario que sean contados para comprender su verdadero impacto en todos los ámbitos de la vida. Las artes visuales y la literatura nos ofrecen la mayor colección de imágenes y descripciones detalladas de la devastación, la muerte y el sufrimiento. Precisamente en la reconfiguración de las pinturas y películas históricas, la obra de arte posibilita nuevas formas de ver. 

Bertolt Brecht reflexionó profundamente sobre la guerra durante y tras la Segunda Guerra Mundial, estableciendo una distinción importante entre los términos de Erlebnis y Erfahrung. Erlebnis es la experiencia inmediata: intensa, emocional y sin filtros; Erfahrung es lo que viene después, cuando ese hecho ha sido procesado, reflexionado y transformado en algo comprensible. Según Brecht, el arte no puede reproducir realmente cómo se siente la guerra mientras ocurre. En cambio, tras la distancia y tiempo para la reflexión, ayuda a convertir la experiencia en conocimiento. El resultado no es una descripción directa de la guerra, sino una interpretación de cómo ha sido vivida y repetida a lo largo del tiempo.

Roman Khimei y Yarema Malashchuk

Roman Khimei y Yarema Malashchuk

Yarema Malashchuk (Ucrania, 1993) y Roman Khimei (Ucrania, 1992) forman dúo artístico especializado en cine y artes visuales desde 2016. Situada en la intersección entre el documental y la ficción, su práctica aborda la historia reciente de Ucrania, así como las condiciones actuales de su sociedad y ecosistemas. A través de instalaciones de vídeo multicanal que combinan narrativas cinematográficas con mediación tecnológica, examinan los marcos persistentes del poder posimperial y su impacto en una generación atrapada entre el trauma histórico y un futuro incierto. En lugar de tratar la guerra como un acontecimiento excepcional, Malashchuk y Khimei la conciben como una fuerza persistente que moldea los cuerpos, territorios y regímenes de conocimiento. En este sentido, sus imágenes en movimiento no se limitan a ilustrar la guerra, sino que, basándose en un cambio hacia una estética más pedagógica y encarnada, nos enseñan a entender la guerra como una condición estructural

Khimei y Malashchuk han recibido importantes reconocimientos por su trabajo, entre ellos el Premio PinchukArtCentre (2020), el Premio VISIO Young Talent Acquisition (2021), el Premio de la Crítica Cinematográfica Ucraniana Kinokolo (2024), el Premio del Festival de Cine Tallin Black Nights (2024) y el Premio Curatorial de OFFSCREEN París (2025).Su obra ha sido presentada en importantes exposiciones internacionales, como el Future Generation Art Prize 2021, la Trienal Báltica 14, la Bienal de Gotemburgo, la 60ª Bienal de Venecia y la Bienal de Kyiv, así como en exposiciones colectivas en la Haus der Kunst, el Castello di Rivoli y el Albertinum. Han realizado exposiciones individuales en la Kunstverein de Hannover y en la Galeria Arsenał de Białystok, entre otras. 

Sus obras en vídeo forman parte de colecciones destacadas, como la Fondazione In Between Art Film, el Kunstmuseum Liechtenstein, Kontakt, TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary, Frac Bretagne, el Museo de Arte Contemporáneo Kiasma, el M HKA Museo de Arte Contemporáneo de Amberes y el Museo de Arte Contemporáneo de Ucrania.

Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Open World, 2025 [Mundo abierto]

Open World, 2025 [Mundo abierto]

Tres años después de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, un joven ucraniano desplazado por la guerra recorre virtualmente su antiguo barrio mediante un perro robótico de uso militar. Desde el extranjero, y a través de los ojos y el cuerpo de la máquina de apariencia animal, explora las calles donde creció y se reencuentra con miembros de su familia, con amigos y vecinos que se quedaron en la ciudad. En ese recorrido reconoce espacios y objetos de una vida que dejó atrás, fragmentos de su pasado cotidiano que persisten en medio de la devastación. La videoinstalación articula códigos del videojuego con recursos del cine documental para dar cuenta de la experiencia de la juventud desplazada que vive el conflicto armado a distancia. Los artistas resignifican una tecnología concebida originalmente para la vigilancia y la destrucción, el perro robótico, convirtiéndolo en un medio de vínculo y comunicación, y señalan cómo la mediación digital transforma, en este contexto, la experiencia del exilio, los recuerdos y los lazos afectivos. La obra revela el profundo impacto de la guerra en las subjetividades y la dificultad de construir comunidad en la diáspora. 

En el marco de una serie de obras en las que los artistas exploran los regímenes visuales de la guerra, Mundo abierto cuestiona qué significa regresar cuando el regreso ya no es posible, e invita a reflexionar sobre la idea de resiliencia, la idea misma de recuerdo, y sobre la posibilidad de conservar un sentido de pertenencia a pesar de la distancia.

Yarema Malashchuk, Roman Khimei. You Shouldn’t Have to See This, 2024

You Shouldn’t Have to See This, 2024 [No deberías tener que ver esto]

El silencio en esta videoinstalación, que presenta a un grupo de niños durmiendo, contribuye a crear en el espectador una sensación placentera y de fragilidad. Pero el mero acto de presenciar una escena tan íntima resulta también inquietante. Para la realización de esta obra, Roman Khimei y Yarema Malashchuk filmaron a un grupo de niños ucranianos que fueron llevados a la fuerza a territorio ruso y posteriormente devueltos a Ucrania. Se estima que, desde el inicio de la guerra ruso-ucraniana en 2014, entre veinte mil y más de un millón de niños han sido víctimas de secuestros de este tipo. Al visibilizar estos hechos atroces, los artistas ofrecen al mismo tiempo un relato conmovedor sobre la infancia bajo las condiciones de un conflicto en curso

Al cruzar intencionadamente los límites de la privacidad y caminar por la fina línea entre una mirada afectuosa y el voyerismo, Khimei y Malashchuk cuestionan cómo los medios de comunicación moldean nuestra percepción: cómo percibimos lo que se muestra y lo que se oculta. Estas imágenes en movimiento son, ante todo, prueba de un crimen y, solo en segundo lugar, podrían considerarse una obra de arte —una obra que nunca debería haber existido—. La elegancia y la estetización de estas escenas pueden provocar en nosotros un momento de alivio o empatía; sin embargo, su presencia en el espacio público funciona como un testimonio esencial que conlleva un significado político y un imperativo moral. 

La instalación sitúa al espectador en el terreno complejo de ser testigo, un espacio en el que convergen la empatía, la responsabilidad y la reflexión. Nos desafía a confrontar las dimensiones éticas y políticas de la mirada desde una perspectiva crítica, revelando cómo las imágenes de los conflictos a las que tenemos acceso moldean nuestra comprensión de la guerra.

Roman Khimei y Yarema Malashchuk. The Wanderer, 2022 [El caminante]

The Wanderer, 2022 [El caminante]

Filmada poco después del inicio de la invasión rusa y del fallido intento de anexión de Ucrania, los artistas trabajan en esta pieza con imágenes cinematográficas escenificadas que sitúan sus propios cuerpos en el paisaje rocoso de los Cárpatos representando posturas de cadáveres de soldados rusos caídos

El proyecto establece un guiño a la obra del colectivo artístico ucraniano Fast Reaction Group —formado por Sergiy Bratkov, Boris y Vita Mikhailov, Sergi y Solonsky—, conocido por sus acciones satíricas y provocadoras. Su serie fotográfica Si yo fuera un alemán (1994) recreaba las acciones de los soldados alemanes durante la ocupación de Járkov en la Segunda Guerra Mundial. Con esta obra, Khimei y Malashchuk ponen el foco en la reacción alemana y occidental frente a la guerra actual, al tiempo que cuestionan los modos en que el fotoperiodismo construye la imagen de la guerra

El título de la videoinstalación y su secuencia de imágenes hacen referencia al célebre cuadro romántico El caminante sobre el mar de niebla (hacia 1817) de Caspar David Friedrich y, por extensión, a la tradición de apropiación del paisaje que define la estética colonial. Frente a los horrores reales de la guerra, los artistas cuestionan la representación romántica de la muerte como algo sublime. En este contexto, los soldados rusos caídos son presentados como colonizadores contemporáneos de Ucrania, en un acto de venganza simbólica que rompe con el tabú de mostrar los cuerpos de los muertos.

Roman Khimei y Yarema Malashchuk. We Didn’t Start this War, 2026 [Nosotros no empezamos esta guerra]

We Didn’t Start this War, 2026 [Nosotros no empezamos esta guerra]

Nosotros no empezamos esta guerra explora cómo se desarrolla la vida cotidiana bajo un estado de guerra y la complejidad de las situaciones que esta genera. Su título invoca un mantra repetido por la sociedad civil ucraniana tras la invasión rusa como afirmación de rechazo frente al conflicto. Un rechazo que, sin embargo, no impide que sean los civiles los que sufren con mayor violencia las consecuencias directas de una guerra que les obliga a estar en alerta constante ante un peligro que puede ser inminente. La obra se sitúa precisamente en ese espacio, en la delgada y casi imperceptible línea que separa la guerra de su ausencia. 

Este tríptico, concebido en el corazón del conflicto, nace de la guerra sin mostrar explícitamente su violencia. Las imágenes captan, en cambio, la persistencia de una rutina casi olvidada por la sociedad ucraniana: la vida cotidiana que transcurre sin catástrofes visibles. En la escena central, un grupo conversa en las escaleras de un edificio público. A la derecha, un hombre dormita al aire libre en una silla plegable mientras una abeja revolotea insistente alrededor de su rostro. Junto a él, otro hombre se asoma a una ventana para hablar animadamente con alguien. Las calles heladas son el marco común en el que tienen lugar las tres escenas. En la pantalla de la izquierda, el suelo resbaladizo se transforma en escenario de pequeños accidentes: personas que resbalan, que recuperan el equilibrio; parece incluso que se ha producido un pequeño choque que capta nuestra atención por un instante antes de que la vida vuelva a su curso habitual. En una sociedad donde la violencia puede irrumpir en cualquier momento, la posibilidad de representar situaciones ordinarias —donde la mayor tensión es un accidente menor que se resuelve sin tragedia—refleja un regreso a la normalidad frágil y, en gran medida, imaginario

Presentada en el marco de una exposición sobre la guerra, esta pieza desafía las expectativas del espectador al no contener imágenes de sufrimiento o destrucción explícita. Ofrece, en cambio, una mirada irónica y provocadora sobre la violencia, que no se muestra como un acontecimiento monumental, sino como una condición cuyas consecuencias se perciben no solo en la devastación visible, sino también en la transformación del sentido de la vida cotidiana.