El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza tiene como sede el palacio de Villahermosa, uno de los mejores exponentes de la arquitectura palaciega madrileña. Situado en el Paseo del Prado, principal eje de renovación de la ciudad a finales del siglo xviii, el palacio de Villahermosa fue testigo de grandes acontecimientos de la historia del siglo XIX. Pero incluso antes de su construcción –entre 1805 y 1807– el solar en el que se ubica, a poca distancia del palacio del Buen Retiro, ya se había singularizado como uno de los escaparates más importantes de la vida urbana, periódicamente recorrido por cortejos y carrozas reales. La historia de esta zona de la ciudad se retrotrae hasta el siglo XVII.

Primeras noticias del solar

Durante el último tercio del siglo XVI, coincidiendo con la decisión de Felipe II (1527-1598) de trasladar definitivamente la corte a Madrid en 1561, la ciudad aceleró su crecimiento hacia el este. En 1569 el monarca se hizo construir un “cuarto real” junto a la cabecera de la iglesia de San Jerónimo el Real (1503-1505), destinado a retiros de luto yo penitencia, así como de cuaresma. Un año más tarde, ordenó la reforma urbanística del Prado Viejo –actual Paseo del Prado.

En poco tiempo, la villa se expande siguiendo el curso de los caminos que dirigían a Alcalá de Henares –calle de Alcalá–, a San Jerónimo el Real –Carrera de San Jerónimo– y la ermita de Atocha –calle de Atocha–. En torno al Prado Viejo aparecen ya a finales de siglo las primeras construcciones rurales con huertas y jardines. Tal es el caso de algunas de viviendas de familias italianas, como los Spínola, quienes adquirieron terrenos junto al convento del Espíritu Santo –actual Congreso de los Diputados.

Ahora bien, el protagonismo en la expansión hacia esta parte de la ciudad pronto recayó en las principales familias aristocráticas. Así, el duque de Lerma (1553-1625), buen conocedor de la predilección monárquica por San Jerónimo el Real como lugar de reposo, compró en 1602 posesiones entre la Carrera de San Jerónimo, el denominado Prado de Atocha y la calle de Huertas. Y allí mandó edificar en el solar las primeras construcciones del que luego, tras ser heredado por sus descendientes emparentados con la casa de Medinaceli, se conocerá como el palacio de Medinaceli –hoy el Hotel Palace. Pero con anterioridad, en las primeras décadas del siglo XVII, el duque no dudó en invitar allí al mismísimo Felipe III (1578-1621) y a su familia a festejos estivales.

Al otro lado de la Carrera de San Jerónimo –dando a lo que se denominaba el Prado de San Jerónimo– los solares que más tarde formarán parte del Museo Thyssen fueron adquiridos por el protegido del duque de Lerma, Pedro Franqueza, I conde de Villalonga (1547-1614) y durante años ministro de finanzas de Felipe III. Acusado de enriquecimiento indebido en 1607, sus posesiones fueron confiscadas y vendidas en lotes. La esquina de la Carrera con el Prado de San Jerónimo pasó poco después a propiedad de Luis Sánchez García, secretario del consejo de la Inquisición. Otros lotes de la Carrera de San Jerónimo recabaron en un tintorero de nombre Francisco y en el licenciado Gregorio López Madera. Asimismo, Pedro de Porres y Vozmediano compró las casas que lindaban con la calle de los Jardines –actual calle del Marqués de Cubas.

Las tierras del conde de Villalonga situadas más al norte, en su mayoría compuestas por huertas y jardines, fueron reunidas entre 1625 y 1628 por Jorge de Cárdenas, IV duque de Maqueda y VI duque de Nájera (hacia 1592-1644). Y lindando con la calle de Alcalá (donde actualmente se sitúa el Banco de España), otros terrenos pasaron en 1626 a manos de Manuel de Acevedo y Zúñiga, VI conde de Monterrey (1582/1583-1653). Éste último encargó al arquitecto Juan Gómez de Mora (1586-1648) –autor de la madrileña Plaza Mayor– remodelar las viejas casas y construir una galería flanqueada por dos torres hacia el Paseo del Prado. Décadas más tarde en aquel lugar se situará el palacio de los duques de Béjar.

Historia del edificio II

Casas frente al palacio del Buen Retiro

VER