En 1629, a sugerencia del conde-duque de Olivares (1587-1645), Felipe IV (1605-1665) decidió ampliar el “cuarto real” junto a la iglesia de San Jerónimo con vistas a la jura de las Cortes de Castilla por el infante Baltasar Carlos (1629-1646), acto que tuvo lugar en 1632. La dirección de las obras recayó en el propio conde-duque quien, con la ayuda del arquitecto y decorador italiano Giovanni Battista Crescenzi (1577-1635), construyó nuevas habitaciones para la reina, un jardín, una jaula para fieras salvajes y una pajarera.

[Foto_03] Las ventajas para el descanso de aquella ubicación, alejada del centro urbano, no pasaron desapercibidas para Felipe IV. Así, el mismo año de 1632, mandó transformar el “cuarto real” en el palacio del Buen Retiro. Las obras comenzaron al año siguiente y concluyeron en 1640. Y aunque las prisas, la falta de un proyecto general y la precariedad de los materiales utilizados –ladrillo y argamasa, fundamentalmente– dieron al conjunto un aspecto desarticulado, el palacio del Buen Retiro pronto convirtió aquella parte de la ciudad en una de las más nobles de Madrid.

No fue ajeno a ello Jaime Manuel Manrique de Lara y Cárdenas, V duque de Maqueda y VII duque de Nájera (hacia 1585-1652), quien, tras la muerte de su padre en 1644, adquirió en 1651 la antigua propiedad del licenciado Gregorio López Madera. Ahora bien, no pudo hacerse con la esquina de la Carrera con el Paseo de San Gregorio. Ésta, tras largos pleitos familiares, pasó a manos de Diego de Silva, VII conde de Galve (hacia 1640-1686), tercer hijo de los duques de Pastrana y autor de comedias burlescas. A la muerte del duque de Maqueda y de Nájera, Diego de Silva compró el resto de las antiguas propiedades del conde de Villalonga a excepción de la finca de la Carrera de San Jerónimo con la calle de los Jardines, que permaneció en manos de los Vozmediano.

[Foto_04] En la esquina de la Carrera con el Prado de San Jerónimo, Diego de Silva se hizo construir una casa solariega siguiendo la tipología instaurada por Gómez de Mora. Algo más tarde, en 1679, contrajo terceras nupcias con Francisca María Manrique de Lara (hacia 1640-1705), hija del I conde de Frigiliana (1591-1654) y dama de la reina. A la muerte del VII conde de Galve en 1686 –coincidiendo con la fecha de la Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado con cortejo de carrozas, atribuida a Jan van Kessel III (1654-1708), hoy en el hall del museo–, la propiedad pasó a manos de su viuda. Y tras el fallecimiento de esta última en 1705, casas y finca recabaron en el hermano de aquella, Rodrigo Manuel Manrique de Lara, X conde de Aguilar y II conde de Frigiliana (1638-1717).

[Foto_05] Tanto el conde como su hijo, Íñigo de la Cruz Manrique de Lara, XI conde de Aguilar (1673-1733), destacaron en la guerra de la Sucesión por su apoyo a la causa de Felipe V de Borbón (1683-1746). Su rival, el archiduque Carlos de Austria (1685-1740), entró en Madrid en 1707 y en 1710, y, según las crónicas, en la segunda ocasión se alojó en la “quinta del conde de Aguilar”, lo que podría corresponder a la propiedad de la Carrera y el Prado de San Jerónimo. En cualquier caso, el archiduque no tardó en abandonar Madrid, dando paso a la vuelta de Felipe V. Rodrigo Manuel conservó su cargo de mayordomo real de este último hasta su muerte.

Fallecido también Íñigo de la Cruz, en 1733, y su viuda, en 1736, quedó como única heredera una pariente lejana. Esta no mostró interés por las propiedades de la Carrera y el Prado de San Jerónimo pese a que, con motivo del incendio del Alcázar (1734) y el traslado de la corte al palacio del Buen Retiro durante treinta años, pasasen a situarse en primer plano de la vida oficial madrileña. Sacadas a pregón en 1742, no se venderán hasta cuatro años más tarde.

El palacio de Atri


En 1746 la finca de la Carrera con el Prado de San Jerónimo fue adquirida por Margarita Leonor Pío de Saboya, duquesa viuda de Atri (1712-1760). Perteneciente a la familia Spínola –que desde el siglo xvi se había asentado en aquella parte de la ciudad–, Margarita Leonor había contraído matrimonio en 1726 con Domenico Acquaviva d’Aragona, XVII duque de Atri (hacia 1690-1745). Tras residir años en Nápoles –de donde era originaria la familia del duque–, la pareja buscó una nueva casa para instalarse en Madrid desde 1744. La muerte del duque al año siguiente no impidió la compra del inmueble.

[Foto_06] En 1748 la duquesa viuda de Atri volvió a contraer nupcias –esta vez secretas– con Alessandro Pico della Mirandola (1705-1787). Conocido popularmente como el abate Pico por sus vestimentas aunque nunca fue sacerdote, Pico della Mirandola triunfará en la corte como libretista de ópera y llegará a ostentar el cargo honorífico de “sumiller de cortina” del monarca.

[Foto_07] Volviendo a la vivienda de la Carrera con el Prado de San Jerónimo, en 1754 la duquesa viuda de Atri y el abate Pico encargaron su renovación al arquitecto italiano Vigilio Rabaglio (1711-1800). Colaborador de Giacomo Bonavia (1695-1759) y Giovanni Battista Sacchetti (1690-1764) y autor del palacio de Riofrío (1751), Rabaglio edificó entonces un modesto palacio de dos plantas y estilo rococó, cuya fachada principal, con acceso por la segunda crujía, seguía dando a la Carrera de San Jerónimo. La relevancia de la otra orientación del palacio –la del Prado de San Jerónimo– se vería incrementada poco después con la reforma del Prado Viejo emprendida por Carlos III (1716-1788), para convertirlo en un paseo, esto es, lo que vino a llamarse el Paseo del Prado.

[Foto_08] Fallecida la duquesa viuda de Atri, el palacio pasó a las manos del abate Pico, quien en 1771 lo vendió a Juan Pablo de Aragón-Azlor, XI duque de Villahermosa (1730-1790). Ahora bien, el abate estipuló en la escritura que podría seguir residiendo en él mientras viviera a cambio de un alquiler. De hecho, no fue hasta once años más tarde cuando entregó las llaves.

Historia del edificio III

El palacio de Villahermosa

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