El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza posee una ubicación privilegiada en el casco histórico de Madrid, en la esquina de Paseo del Prado y la Carrera de San Jerónimo. A mediados del siglo XVI aquella era todavía una zona sin urbanizar, mayoritariamente compuesta por huertas. Pero su futuro protagonismo se hizo evidente cuando –tras el traslado definitivo de la corte a Madrid en 1561– Felipe II mandó edificar un “cuarto real” de reposo junto a la iglesia de San Jerónimo y ordenó la reforma urbanística del Prado Viejo (actual Paseo del Prado). 

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Anónimo: Vista del paseo del Prado en la confluencia con la carrera de San Jerónimo, a principios del siglo XVII. Launsdorf (Austria), Museo del castillo de Hochosterwitz © Colección Khevenhüller

Así, ya desde comienzos del siglo XVII, los solares colindantes empezaron a ser ocupados por familias aristocráticas. Tal fue el caso del duque de Lerma, quien se hizo construir un palacio en la actual ubicación del Hotel Palace. Al otro lado de la Carrera de San Jerónimo, el solar que actualmente ocupa el museo perteneció originalmente a un protegido del duque, Pedro Franqueza, conde de Villalonga. Acusado el conde de enriquecimiento indebido, sus tierras fueron subastadas por separado y cambiaron de manos en varias ocasiones. Y no fue hasta mediados del siglo XVII cuando Diego de Silva, conde de Galve, las logró reunir casi en su totalidad. El conde mandó entonces construir una casa solariega, que es la que vemos en el cuadro atribuido a Jan van Kessel III que se encuentra en el vestíbulo del museo. Tras la muerte del conde, heredó la casa su viuda y, después de ésta, la familia de ella: los condes de Frigiliana y Aguilar.
 

Francisco Sánchez: Planta y fachadas del palacio de Atri, hacia 1770
Francisco Sánchez: Planta y fachadas del palacio de Atri, hacia 1770

En 1746 la posesión fue adquirida por Leonor Pío de Saboya, duquesa viuda de Atri, quien poco después contraía segundas nupcias con el abate Alejandro Pico della Mirandola. Ambos se hicieron construir un nuevo palacio, diseñado por Vigilio Rabaglio, siguiendo la moda italiana. Fallecida la duquesa en 1760, el palacio quedó en propiedad del abate, quien lo vendió en 1771, aunque siguió viviendo en él hasta una década más tarde a cambio del pago de un módico alquiler.

Su nuevo propietario, Juan Pablo de Azlor-Aragón, duque de Villahermosa, encargó hacia 1785 las primeras reformas del palacio. Pero fue su esposa María Manuela Pignatelli quien, tras la muerte del duque en 1790, ordenó una importante ampliación. Tras varios proyectos, las obras recayeron en 1805 en Antonio López Aguado quien, conforme al nuevo gusto neoclásico, dotó al palacio de Villahermosa de las dimensiones y las sobrias fachadas que conocemos hoy. Dos años más tarde, la duquesa habitaba ya primeras estancias del nuevo palacio.
 

José Gómez de Navia: Fuente de Neptuno, Madrid, hacia 1819. Museo de Historia, Ayuntamiento, Madrid
José Gómez de Navia: Fuente de Neptuno, Madrid, hacia 1819. Museo de Historia, Ayuntamiento, Madrid

Pero fueron pocos los meses que pudo gozar de él. El estallido de la guerra de la Independencia en 1808 forzó a la duquesa a abandonarlo repentinamente, dejándolo a expensas del pillaje de las tropas francesas. Tras la guerra y la merma de las haciendas familiares, los herederos de María Manuela se vieron forzados a alquilar parte del palacio para costear su mantenimiento. Durante la década de 1840, en concreto, el palacio de Villahermosa acogió algunos de los más populares bailes de carnaval de la capital. Asimismo, de la mano del Liceo Literario y Artístico, vivió una época dorada como centro de la vida cultural de la capital, con conciertos como el que en 1844 ejecutó el pianista y compositor húngaro Franz Liszt.

En tiempos de la Primera Guerra Mundial las antiguas caballerizas de los duques de Villahermosa pasaron a manos de parientes de la familia y en sus solares se construyeron los palacios de Guaqui y de Goyeneche. Años más tarde, tras la Guerra Civil, parte del propio edificio neoclásico albergó, en régimen de alquiler, el Sindicato Nacional del Combustible y, posteriormente, el Banco Comercial Transatlántico.

En 1971 el conjunto del palacio fue adquirido por la Banca López Quesada, que encargó su reforma integral a Fernando Moreno Barberá. Pocos años más tarde, sin embargo, la entidad financiera quebró y el edificio pasó a titularidad estatal. Se pensó entonces en que albergarse la ampliación del Museo del Prado, pero finalmente se ofreció al barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza para cobijar su colección.
 

Vaciado del palacio de Villahermosa, hacia 1975. Archivo ABC
Vaciado del palacio de Villahermosa, hacia 1975. Archivo ABC

La labor de convertir la Banca López Quesada en Museo Thyssen-Bornemisza recayó en Rafael Moneo entre 1989 y 1992. A diferencia de arquitectos anteriores, Moneo reorientó el edificio hacia su fachada principal de la calle Zorrilla y lo dotó de un gran patio central que organizaba la circulación a base de pequeñas salas, dispuestas perpendicularmente respecto al Paseo del Prado. Gracias a esta nueva configuración, el edificio conservó el carácter palaciego original, sin renunciar a todas las ventajas de una construcción moderna.

Ahora bien, las dimensiones limitadas del palacio de Villahermosa –sobre todo en lo referente al espacio dedicado exposiciones temporales y oficinas– unido a la necesidad de dar cabida a la Colección Carmen Thyssen –cuyo acuerdo de préstamo se firmó en 1999–, hizo que pronto se plantease la necesidad de una ampliación. Ésta fue llevada a cabo por el estudio de arquitectura BOPBAA, y culminó en 2004 con la readaptación para fines museísticos de los palacios adyacentes de Goyeneche y Guaqui.

Historia del edificio I

El solar hasta mediados del siglo XVIII

  • Primeras noticias del solar
  • Casas frente al palacio del Buen Retiro

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