A comienzos del siglo XX se fraguó un renacimiento cultural sin precedentes en el Imperio Ruso. La vida artística se llenó de exposiciones programáticas y exaltados manifiestos que combinaban influencias de corrientes vanguardistas foráneas con aspectos genuinos de la cultura rusa.

Este acontecimiento excepcional tuvo además una característica que lo diferencia del resto de movimientos artísticos que surgieron por aquellas fechas en Europa: la conocida como vanguardia rusa tuvo una participación femenina que llama la atención por ser, además de muy numerosa, extremadamente activa y relevante.

Goncharova, Exter, Delaunay, Popova, Rózanova, Udaltsova y Stepanova crecieron y se formaron en un régimen que se aferraba a los valores de la época preindustrial y, sin embargo, se convirtieron en pioneras en la creación, difusión y defensa de los nuevos lenguajes artísticos que fascinaron y escandalizaron a partes iguales a la sociedad rusa (y europea) de comienzos de siglo.

Jóvenes, inteligentes, libres y rebeldes, no formaron un grupo, aunque muchas de ellas se conocieron e influyeron mutuamente. Sus nombres están asociados a los diferentes movimientos que se sucedieron durante los últimos años de la Rusia de los zares (neoprimitivismo, cubofuturismo, rayonismo o suprematismo) y sus carreras habían alcanzado la madurez cuando, en 1917, triunfó la Revolución de Octubre. Con su ímpetu y determinación no solo consiguieron integrarse en completa igualdad en la vanguardia, sino que en muchos sentidos la lideraron, marcando un importante hito en la historia del arte.