El espacio común que sostiene la vida
Tendemos a pensar que lo que llamamos progreso —y en particular la industrialización y la urbanización— ha incrementado significativamente el bienestar de la población. En parte, esto es cierto: la concentración de población en las ciudades ha facilitado un acceso más sistemático a recursos esenciales como la sanidad, la educación y la alimentación. En contextos urbanos es más factible desplegar infraestructuras sanitarias —hospitales, centros de atención primaria—, así como sistemas educativos más universales y nutrición más variada, lo que históricamente ha contribuido a reducir la mortalidad infantil y a prolongar la esperanza de vida.
Sin embargo, este progreso ha conllevado también costos significativos. La industrialización transformó radicalmente el espacio público, subordinándolo a la circulación de vehículos privados. El tráfico, el ruido y la contaminación han generado nuevas amenazas para la salud urbana. En Europa, la exposición a partículas finas y contaminantes se ha asociado con decenas de miles de muertes prematuras cada año y el ruido ha demostrado ser un agente muy activo en el deterioro cognitivo de la población.
En este sentido, la pintura constituye un testimonio de enorme valor. La amplitud geográfica e histórica de la colección del Museo Thyssen permite evocar un tiempo anterior a la dominancia automovilística, cuando las plazas, las calles y los jardines eran escenarios para prácticas colectivas esenciales: el juego, el contacto social, la curación o el descanso. Los espacios públicos que vemos en los cuadros se construyeron para favorecer el bienestar comunitario mientras que muchos de los actuales han dado prioridad en su diseño al tránsito del vehículo motorizado, a la vigilancia, el control o el bajo coste de mantenimiento.
Este itinerario invita a reflexionar sobre esas prácticas urbanas que estructuraban el bienestar colectivo. A través de ocho obras seleccionadas del Thyssen, vinculadas a necesidades biológicas como nacer, criar, comer, dormir, curar o caminar, se pone de manifiesto que dichas necesidades no eran solo individuales, sino parte de una experiencia compartida y comunitaria.
Lejos de ser una mirada nostálgica, se propone una recuperación activa del espacio público como soporte cívico y corporal. La movilidad que afrontamos hoy representa una oportunidad irrepetible históricamente para transformar las ciudades en herramientas democráticas que promuevan la salud preventiva.
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En el plano puedes ver destacadas las salas donde se encuentran las obras del recorrido.

The Annunciation to Saint Anne
Las lágrimas públicas, signo de vida espiritual y mecanismo de cohesión emocional.
El cuadro El anuncio a santa Ana, pintado a comienzos del siglo XVI, se integra en el recorrido sobre el bienestar urbano porque muestra cómo la vida íntima y la experiencia religiosa se entrelazaban con la esfera pública. La escena representa el momento en que un ángel anuncia a Ana y a Joaquín que, pese a su esterilidad, concebirán a María, mostrando vulnerabilidad y esperanza en un espacio cercano a la calle.
En la tradición apócrifa, la esterilidad de Ana y Joaquín no era privada, sino conocida por la comunidad. En una sociedad donde la descendencia garantizaba prestigio familiar, la infertilidad se vivía como una herida compartida. Strigel refleja esto situando a los personajes en un entorno abierto, donde emociones como tristeza, llanto y alegría se muestran sin reservas. La pintura recuerda que la esfera pública del siglo XVI incluía también la expresión colectiva de sentimientos.
El llanto de Ana y Joaquín es central. A diferencia de la modernidad, donde el dolor se recluye en lo íntimo, en la Alemania del siglo XVI las lágrimas eran parte visible de la fe. En rituales religiosos, procesiones y celebraciones, llorar en público mostraba sinceridad y apertura espiritual. Strigel plasma esta sensibilidad al mostrar que la aflicción y la alegría se hacen visibles y compartibles.
Este gesto se vincula con la función social de los ritos religiosos, que facilitaban la comunicación emocional. Liturgia, festividades y relatos bíblicos ofrecían a la comunidad un marco para compartir duelo y esperanza. Al situar el anuncio en un espacio abierto, el cuadro subraya que el bienestar espiritual y emocional se construía de manera colectiva, y que las calles podían ser escenarios de reconocimiento emocional.
Así, la obra invita a reflexionar sobre la expresión pública de emociones en el pasado, entendida como parte de la salud espiritual y social. Strigel muestra que bienestar no significa ausencia de dolor, sino vivirlo, expresarlo y transformarlo en esperanza dentro de la comunidad. La pintura recuerda la importancia de recuperar espacios públicos donde duelo y alegría puedan compartirse.
La observación de la pintura contrasta con nuestra realidad actual. En muchas sociedades asiáticas, expresar emociones en público se considera un tabú porque puede alterar la armonía social y pone en riesgo la reputación individual o familiar. Esta contención genera espacios públicos tranquilos, pero desplaza los conflictos emocionales hacia ámbitos privados o ritualizados y genera comportamientos colectivos y públicos más predecibles y controlables políticamente.

The Birth of the Virgin
Un parto no es solo asunto de una familia.
Los cuadros bíblicos, además de su función devocional, ofrecen hoy información sobre la vida cotidiana de su época. Artistas del Renacimiento nórdico, como Jan de Beer, ambientaban escenas sagradas en interiores, vestidos y costumbres contemporáneas de Amberes. Esto acercaba los relatos al público de entonces, y permite hoy observar organización doméstica, rituales y costumbres urbanas, convirtiendo obras como El nacimiento de la Virgen en documentos históricos sobre bienestar y cuidado comunitario.
La pintura representa numerosas mujeres, y refleja así que el parto y los cuidados iniciales eran responsabilidad femenina. Solo una actúa como partera profesional, garantizando la seguridad de la madre y el hijo. Las demás son familiares o vecinas que colaboran en tareas domésticas y asistenciales. Se distingue a santa Ana recuperándose tras el parto, rodeada de mujeres jóvenes y mayores cuya experiencia les otorga autoridad en la asistencia.
Cada figura desempeña un rol concreto en el alumbramiento, evidenciando la importancia del bienestar colectivo. La partera sostiene a la recién nacida, otra protege a santa Ana de corrientes, otra cuida la iluminación y otra prepara ungüentos. Algunas acompañan emocionalmente, conversan o ayudan a la parturienta a reclinarse. El nacimiento se muestra como un entramado de cuidados físicos, emocionales y sociales, no reducido a lo médico.
La multitud presente señala que en la Europa urbana del siglo XVI el nacimiento no era privado. Era un acontecimiento colectivo donde los vecinos participaban, reforzando la solidaridad y los lazos comunitarios. La obra refleja que el bienestar se concebía como un esfuerzo social compartido, integrando al recién nacido en la comunidad.
Los hombres tenían también una misión. Su papel se centraba en gestionar lo externo: asegurar la presencia de la partera autorizada, pagar los servicios, organizar la casa y convocar a mujeres de apoyo (vecinas, comadres o familiares). También asumían funciones legales y religiosas: registrar el nacimiento, garantizar que el recién nacido recibiera el bautismo inmediato —crucial en una época de alta mortalidad— y, si surgía una complicación grave, autorizar decisiones urgentes como llamar a un cirujano o a un sacerdote. En suma, los hombres actuaban como responsables públicos y logísticos, mientras que el parto en sí se desarrollaba en un espacio femenino de cuidado, conocimiento compartido y ritualidad doméstica.
En suma, El nacimiento de la Virgen narra un episodio bíblico y, al mismo tiempo, documenta cómo Amberes entendía el bienestar urbano mediante cooperación, solidaridad y vida comunitaria.

The Card Players
El amor o la política, mejor gestionarlos jugando.
Lucas van Leyden (1494-1533), destacado pintor y grabador del Renacimiento nórdico, representó frecuentemente escenas de juego, documentando cómo el ocio se integraba en la cultura urbana. Los jugadores de cartas ilustra esta función social del juego. Desde finales del siglo XIV, los naipes y juegos de tablero eran comunes en Europa, asociados a la sociabilidad, la estrategia y la educación moral. Tratados renacentistas, como Il cortegiano, valoraban el juego moderado como vehículo de conversación y vínculo social, reconociendo su papel en el bienestar.
A diferencia de sus composiciones interiores habituales, Van Leyden sitúa aquí la escena al aire libre, en un espacio confinado por empalizadas que sugiere un jardín o patio contiguo a una vivienda. Este detalle evidencia la sociabilidad urbana en patios y antejardines, especialmente en meses cálidos, donde vecinos y familiares compartían tiempo, canciones o juegos, extendiendo la convivencia cotidiana a espacios semi públicos.
El marco espacial —jardín cerrado, árboles y mantel con flores de lis— subraya la frontera entre lo público y lo privado. Las flores y la indumentaria elegante indican un entorno burgués o cortesano. Los patios delanteros eran lugares clave para comidas, tertulias o juegos, equilibrando interacción social, contacto con la naturaleza y privacidad. El bienestar urbano dependía de estas zonas intermedias que mediaban entre comunidad y hogar.
La interpretación del cuadro oscila entre lo amoroso y lo político. En un caso, la naturaleza refuerza la intimidad; en otro, el jardín cerrado simboliza confidencialidad diplomática. En ambos casos, el juego de cartas funciona como metáfora del trato humano: equilibrio entre azar y estrategia, aplicable tanto a la vida amorosa como a la negociación política.
Más allá de la iconografía, Los jugadores de cartas refleja el valor del juego en el bienestar colectivo. Estudios contemporáneos muestran que los juegos de mesa estimulan la cognición, fortalecen redes sociales y reducen aislamiento. La sustitución por ocio pasivo digital disminuye la interacción y estimulación. Volver a mirar la obra de Van Leyden dignifica el juego social, recordando que constituye un ocio saludable, favorece la cohesión comunitaria y promueve bienestar, revelando su importancia tanto histórica como contemporánea.

The Virgin, standing, with the Christ Child at her Breast
Eliminando el estigma en torno a la lactancia materna en el espacio público.
El cuadro La Virgen, de pie, dando de mamar al Niño, de un pintor anónimo flamenco, es relevante para plantearnos hoy cuestiones sobre maternidad, salud y bienestar en un entorno urbano. La obra nos permite reflexionar sobre la lactancia materna prolongada, reconocida hoy como clave para la salud y la longevidad. Diferentes investigaciones muestran que la lactancia reduce costes sanitarios y fortalece la inmunidad, contribuyendo a comunidades más sanas y resilientes.
A pesar de sus beneficios, amamantar en público sigue siendo un acto que está estigmatizado en muchas sociedades. Muchas mujeres en el mundo sienten vergüenza o reciben desaprobación por lactar fuera del hogar, debido a convenciones culturales que asocian el pecho femenino con la sexualidad. Este estigma limita una práctica esencial para la salud materna e infantil, afectando tanto la nutrición del niño como la producción de leche.
La falta de aceptación social tiene consecuencias directas: dificulta la lactancia a demanda y aumenta el abandono temprano. Obligar a esperar para alimentar al niño genera estrés en la madre y puede perjudicar la producción de leche. En este sentido, esta imagen de María lactante ofrece un ejemplo histórico que dignifica y visibiliza el acto de amamantar.
La pintura muestra a la Virgen amamantando a su hijo con ternura en un espacio semiabierto, cercano a la calle, reflejando cómo la maternidad puede integrarse en la vida cotidiana. La iconografía medieval y renacentista, donde el tema de este cuadro se repite, buscaba legitimar este gesto para promocionar la lactancia, resaltando, de forma pedagógica, la humanidad de Cristo y el valor de la lactancia como práctica de cuidado asociada a lo divino.
Este entorno urbano invita a reflexionar sobre la ciudad contemporánea. Espacios intermedios, sombreados y protegidos, permiten que gestos de cuidado como la lactancia se realicen sin exposición excesiva. La falta de estos ámbitos en las ciudades modernas limita la naturalidad y el bienestar de las madres y los niños.
En conclusión, la reflexión sobre la obra permite subrayar que el bienestar urbano no depende solo de infraestructuras o servicios. También requiere espacios que permitan la intimidad, la afectividad y la atención cotidiana, recuperando prácticas esenciales como la lactancia en la ciudad.

The Parable of the Sower
Paisaje y aire libre añaden salud a los alimentos: los antecedentes del pícnic.
En general, solemos pensar que el progreso moderno mejora la salud y el bienestar. Sin embargo, La parábola del sembrador de Jacopo Bassano invita a reflexionar sobre otras dimensiones esenciales: la relación con la tierra, la comunidad y la naturaleza. La observación del cuadro invita a cuestionar si la vida industrial y urbana han hecho que perdamos formas de equilibrio y bienestar que ofrecían los modelos rurales.
Bassano convierte la parábola bíblica en una escena pastoral, situando la enseñanza espiritual en un entorno campesino cotidiano. Temas como la virtud y el aprendizaje ya no se muestran en espacios abstractos o sacros, sino en la vida cercana a la naturaleza, donde hombres y mujeres trabajan la tierra y desarrollan hábitos de vida integrados con su entorno.
La pintura representa a una familia que interrumpe su camino para comer, interactuando con animales como ovejas, un perro y una vaca. La convivencia con los animales no es excepcional, sino que forma parte de la vida diaria, mostrando que el bienestar emerge de un ecosistema compartido y equilibrado, donde humanos y no humanos coexisten con beneficios mutuos.
Uno de los miembros parece ordeñar la vaca para beber su leche, gesto que simboliza cuidado y equilibrio entre aprovechamiento y protección. La obra sugiere que el bienestar se logra mediante esta reciprocidad, lejos de la explotación intensiva que marcaría épocas posteriores.
Se anticipa también una práctica similar al pícnic moderno: comer en la naturaleza en un momento de descanso, integración y celebración compartida. Bassano reconoce el valor social y terapéutico de detenerse, alimentarse y fortalecer lazos familiares en contacto con el entorno natural.
La elección de la parábola de la siembra refuerza la identificación con la acción cotidiana, haciendo que la enseñanza moral y espiritual sea vivida y reconocible. La vida espiritual y el bienestar se entrelazan con los ritmos de la naturaleza.
En conjunto, Bassano propone un modelo de bienestar no urbano ni técnico, sino ligado al cuidado cotidiano, la alimentación, el descanso, la convivencia con animales y la reflexión espiritual, integrando todos estos elementos en un mismo gesto vital.
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The Swing
Galanteo, algarabía y desbloqueo creativo: los dones de un simple columpio para adultos.
En nuestro recorrido sobre el bienestar urbano no podemos olvidar la dimensión afectiva: la necesidad de encontrar pareja, por parte de algunas personas. El galanteo, hoy trasladado en gran parte al mundo digital, se realizaba antes en paseos, fiestas y juegos al aire libre. Estas actividades eran oportunidades para socializar, establecer vínculos y disfrutar de la vida en comunidad. La obra de Lancret nos sirve de inspiración para recordar que el bienestar urbano incluye también el afecto y las relaciones humanas.
Lancret, discípulo destacado de Antoine Watteau, se especializó en escenas de fiesta al aire libre dentro de la tradición rococó. Sus cuadros representan parques y espacios urbanos ajardinados donde arquitectura y naturaleza se integran. Lancret captó con precisión los gestos cotidianos y la diversión social, convirtiéndose en cronista visual de la sociabilidad del siglo XVIII.
En El columpio, el espacio urbano es un parque o jardín donde elementos arquitectónicos y naturaleza se combinan: fuentes, arcos de madera, senderos y árboles frondosos. Este tipo de entornos urbanos son especialmente beneficiosos para la interacción social y el bienestar climático. Sin embargo, la llegada del automóvil y la modernidad han reducido la presencia de estos espacios en las ciudades contemporáneas.
La escena muestra a jóvenes disfrutando en grupo: juegos, conversaciones y gestos afectivos se desarrollan abiertamente. El parque se presenta como un lugar de encuentro donde el ocio, el deseo y la confianza mutua forman parte de la vida urbana. La pintura representa un modelo de espacio comunitario donde la libertad afectiva es central para el bienestar.
El cuadro también refleja roles de género y tensiones eróticas propias del siglo XVIII. Dos hombres impulsan a la joven en el columpio, dando lugar a un espectáculo lúdico con connotaciones sensuales. El espacio público se convierte así en un escenario donde la sociabilidad, el juego y el deseo se entrelazan simbólicamente.
Las costumbres galantes de la Francia de 1730-1740, representadas en la obra, se caracterizan por la sofisticación del cortejo y la teatralización del deseo. Jardines y salones eran los escenarios donde se desarrollaba el juego amoroso, con una combinación de gestos, conversación y atracción física. El columpio, además de ser objeto de diversión, simboliza el amor ligero y juguetón del espíritu rococó.
El color en la pintura refuerza la idea de bienestar. Lancret utiliza tonos suaves para transmitir optimismo y armonía. Las figuras humanas se integran con la naturaleza: trajes decorados con flores dialogan con la vegetación y los elementos del parque. Esta fusión cromática pone de manifiesto un ideal de convivencia entre ciudad, naturaleza y afectividad, mostrando cómo el arte rococó también proyecta un discurso sobre bienestar y vida compartida.

Woman with a Parasol in a Garden
Caminar solo, en grupo, en pareja: una poderosa herramienta de cuidado.
Mujer con sombrilla en un jardín de Pierre-Auguste Renoir se incorpora al recorrido sobre bienestar urbano por su vinculación con temas como la salud, el paseo, la sociabilidad y el disfrute al aire libre. La obra refleja cómo la experiencia de la naturaleza y la vida al aire libre se asociaban a bienestar físico y mental.
La pintura al aire libre —en plein air— fue posible gracias a la invención del tubo metálico para óleo portátil, patentado por John G. Rand en 1841. Este invento permitió a Auguste Renoir, Claude Monet y Camille Pissarro capturar directamente luz y atmósfera del día al desplazar el acto de pintar, antes realizado el taller, al entorno natural, y transformar por tanto la relación con el espacio.
Más allá de la técnica, la representación de la naturaleza se entiende como un modelo de intención, siguiendo a Michael Baxandall, influyente historiador británico: la naturaleza no era un tema neutro, sino una construcción cultural de cómo mirar y plasmar la luz, el color y la atmósfera. Los impresionistas buscaban captar la experiencia vivida, no la forma exacta de los objetos.
La ciencia contemporánea ofreció conocimientos sobre luz, color y percepción que fascinaron a los impresionistas. Renoir utilizó estos descubrimientos para difuminar contornos y fusionar figuras con el entorno, logrando una representación vibrante de la experiencia directa que refleja una modernidad sensorial y vital.
La naturaleza se vinculaba a la salud y al bienestar: pintar y pasear en jardines, riberas y campos promovía inspiración, ejercicio y calidad de vida. Renoir incluso trasladó su residencia para beneficiarse de un clima más saludable, mostrando que el entorno natural era un componente esencial del bienestar personal.
En la obra se observa una pareja paseando en un jardín que parece espontáneo y agreste, en contraste con los jardines formales. Este enfoque reivindica la frescura y libertad frente al control ornamental, convirtiendo la naturaleza en espacio de respiración, tiempo detenido y bienestar moderno.
El paseo, desde el siglo XVIII, tenía valor social y sanitario: bulevares y parques urbanos ofrecían lugares para caminar, encontrarse y respirar aire limpio. Pasear era ejercicio, disfrute y participación en la vida urbana, integrando salud física y social.
Hoy, investigaciones contemporáneas refuerzan esta idea: el neurocientífico irlandés Shane O’Mara, lo llama “superpoder humano” por su capacidad de estimular creatividad, ánimo y reducir estrés; la divulgadora y especialista en inteligencia emocional Elsa Punset lo relaciona con felicidad cotidiana y conexión personal. La pintura de Renoir anticipa así debates actuales sobre bienestar, salud y ciudad.

Carnival
¿Es dormir un acto más humano que trabajar? ¿Nos define mejor?
Dormir es fundamental para la salud cerebral: durante el sueño el cerebro repara células, regula el metabolismo y elimina desechos, contribuyendo a prevenir enfermedades neurodegenerativas. También consolida la memoria y facilita el aprendizaje. La privación crónica afecta la atención, la memoria y aumenta riesgos cardiovasculares y metabólicos, mostrando que el sueño es una necesidad fisiológica imprescindible.
Históricamente, muchas sociedades han estigmatizado a quienes disfrutan del sueño, especialmente de la siesta. En el sur de Europa y en regiones de Asia y América Latina, la pausa diurna se consideraba saludable; en el norte de Europa y Estados Unidos, se asociaba con improductividad. La ética protestante del trabajo reforzó la idea de que dormir era signo de debilidad moral más que una necesidad biológica.
El dormir en espacios públicos se enfrenta a un estigma adicional, vinculado con marginalidad y exclusión. Testimonios de personas sin hogar muestran hostilidad social y sanciones por dormir en bancos o parques. La proliferación de “arquitectura hostil” —bancos inclinados, barreras metálicas, iluminación constante— evidencia cómo las ciudades contemporáneas criminalizan necesidades básicas como el descanso.
Parque de atracciones de Ben Shahn nos permite reflexionar sobre esta problemática. Partiendo de una fotografía de un trabajador dormido, Shahn convierte al durmiente en un ciudadano anónimo, dignificando su necesidad universal de descanso. La composición equilibra ocio y reposo, dotando de igual valor al descanso y a la actividad colectiva, y resalta la dimensión humana frente a la explotación laboral o bélica.
La obra se contextualiza en un Estados Unidos de posguerra con un discurso cultural dominante en torno al belicismo, el valor y la conquista geopolítica, donde, además, comenzaba a despuntar el auge del consumo y había mucha precariedad laboral. Elegir el descanso en lugar de poner en valor el desarrollo industrial supuso un gesto contracultural, subrayando que la humanidad se define tanto por el esfuerzo como por el derecho al descanso. La vulnerabilidad del durmiente simboliza resistencia frente a la presión productiva.
Proteger el descanso en espacios públicos adquiere así un valor político: garantizar que cualquiera pueda reposar sin sanción es reconocer un derecho fundamental. Bancos, sombras y parques se convierten en infraestructuras de justicia social, beneficiando a colectivos vulnerables y redefiniendo el urbanismo como cuidado, no solo como espacio de productividad.
Laura Katzman, comisaria de la exposición Ben Shahn, On Nonconformity, propone otra lectura: el durmiente sueña con la vida en pareja, añadiendo una reflexión sobre la soledad urbana. La obra visibiliza carencias emocionales en medio del bullicio colectivo, mostrando que el sueño puede simbolizar el anhelo de vínculo y compañía.
La soledad urbana aumenta riesgos de depresión, deterioro cognitivo y enfermedades cardiovasculares. Shahn sitúa al durmiente en el espacio común, separado de la multitud, pero con dignidad. La pintura nos recuerda que la ciudad puede ser un lugar de inclusión emocional y social, no solo física.