Arte y locura: disidencia contra la “normalidad”
Este recorrido por siete cuadros del museo es un viaje hacia adentro y hacia fuera sobre la locura. El sufrimiento psíquico ha sido mi compañero de viaje durante muchos años: ha sido la grieta en la que he vivido y desde la que he mirado y he asimilado la realidad. A lo largo de estos años he podido comprender que siempre fue una mirada legítima y necesaria, que forma parte de mí.
Cada parada de este camino, cada uno de los cuadros que vamos a mirar juntos, es una invitación a la reflexión, una aspiración de descomponer ciertas construcciones sociales que niegan formas disidentes de habitar en el mundo, que oprimen y segregan lo diferente.
El arte también es una forma de resistencia y de hacer existir lo que se arrincona y se esconde. En estos siete lienzos caben infinitas preguntas sobre el mundo y sobre otras formas de habitarlo.
Comienza en la primera planta
En el plano puedes ver destacadas las salas donde se encuentran las obras del recorrido.

Self-portrait
La máscara de la melancolía. Bordear el vacío.
Cada una de las pinceladas que componen este autorretrato de la pintora alemana Gabriele Münter sugieren esa máscara ocre, impuesta y mortificante, que se superpone al propio cuerpo cuando atraviesas el oscuro túnel de la melancolía.
Cada trazo es una pequeña mancha, y todos en su conjunto constituyen una capa viscosa de los vestigios de la muerte que se impregna en cada centímetro de tu organismo, un cuerpo que ya no palpita, que se sitúa en una espera eterna.
¿Qué hay detrás de todo ese manto de colores que atrapan a la mujer que parece mirarnos? ¿Dónde está el latido? ¿Qué secreto se desvelaría si ese semblante se deshiciera como un copo de nieve lleno de amargura? ¿Quién es verdaderamente Gabriele y qué representa esa máscara que se superpone a su propio ser? ¿Trazó ella su propia careta o fue su mano dirigida por voces y recortes de otros que le ordenan cómo mirar y mirarse? ¿El cuadro es un espejo, o es un altar desde el que nos observa? ¿Es una contemplación hacia dentro o verdaderamente nos escudriña desde su escondite?
La melancolía también te deja sin voz, esto lo podría representar su pequeña boca, con los labios pegados, casi una anécdota en la geografía de su rostro, inexpresiva, sin aliento, sin curvatura, que parece perderse en las sombras que pueblan su cara. Línea apenas recta que es la muralla contra la risa, contra la explosión de la alegría que no puede suceder en ese páramo.
Cuando tu voz no puede surgir, serán otros los que se la apropien, los que muevan sus labios para convertirte en títere de discursos ajenos.
Las pinceladas se convierten en la mancha original, en ese pecado ungido que es la culpa, que habita en todo aquel que se siente poseído, atravesado, parasitado hasta casi el desahucio por la llamada bilis negra.
No hay forma de huir del mal, cuando éste te habita en lo que para otros es su templo, el propio cuerpo arrebatado al placer, a la vida.
La máscara de la melancolía no es una sinfonía triste que oculta el ruido, es ponerle costuras a la nada y tener que sostener tú sola la tarea hercúlea de portar el peso de los males del universo sobre tus hombros.

Evening
La locura como despertar frente a la melancolía.
Un paisaje lánguido se abre ante nuestros ojos: la aparente serenidad que transmite la experiencia melancólica, la opacidad de sus colores, la naturaleza como representación de la quietud embalsamada, la muerte cotidiana que susurra que nada extraordinario acontece. La melancolía es la falta de vitalidad que entumece el cuerpo, los aullidos de las sombras que permean, la congelación de las pulsiones de la vida, una pausa eterna que cree ganar el pulso a la parca mientras está fuera de la corriente de la vida, fuera del aire y de las alas, embalsamada bajo los trazos ocres del pintor, dentro del cuadro, no hay salida.
La locura de Laura* asoma por sus brillantes ojos verdes, que centellean como linternas que apuntalan la ausencia, se agitan con gestos oscos, su musculatura se tensa como forma de rebeldía frente al estático vacío donde la nada ocurre sin que sin embargo nada suceda.
Se encuentra con la soledad que los demás esquivan, despertando frente a los huesos del sueño que otros duermen; la locura es esa lucidez que aleja la mano de Morfeo, que palpita y habla otra lengua, alfabeto mudo frente a la sordera de los otros que escribe con sombras lo que otros no ven.
Laura vislumbra otras realidades, rompe los límites de los anodinos personajes que la rodean, intranscendentes siluetas que sus ojos parecen mirar pero que ella no ve porque otra sensibilidad la habita, aniquila los círculos concéntricos que limitan, rompe las fronteras de los marcos, su mirada ahuyenta la mediocridad de la normalidad.
La brocha de Munch atrapa su mirada, su salvaje belleza disidente, nos muestra su despertar que recorta del paisaje, la locura que zarandea encapsula este incipiente advenimiento para que otros la miren, su batalla y su denuncia contra la melancolía se disuelven en la paleta del pintor, su hermano, sangre de su sangre.
La locura que rompe las costuras de la realidad es una pequeña llama tratando de rescatar la vida que la melancolía devora, para exorcizar el mal que la alimenta, para sacarlo afuera y que todos lo vean, es desvelar un secreto que nadie quiere descifrar.
*La mujer que vemos en la obra es Laura, hermana del pintor. Una mujer que fue diagnosticada de esquizofrenia y acabó sus días en un centro psiquiátrico.

Prison
El ruido silencioso de la locura.
La rotura y el caos se entrelazan en esta obra, las grietas que se abren en los muros, la representación de la muerte y las imágenes perturbadoras que rellenan gran parte del espacio nos conducen a dialogar con la experiencia de la locura.
Las imágenes que se superponen, desfiguradas, con relatos divergentes que se suceden sin orden, con esa sensación de desasosiego que produce en el espectador, representan de forma muy orgánica experiencias inusuales relacionadas con el sufrimiento psíquico.
Las alucinaciones como esas imágenes o palabras que se imponen con toda su complejidad y capas de significación, abrumadoras, asfixiantes, como un coro que canta al unísono una melodía que no comprendes, porque la realidad se fragmenta, se desencadena del sentido, se descontextualiza y te sumerge en un relato sin principio ni fin.
Eres hablado por un lenguaje que ha abandonado el sentido compartido, y entras en una composición que es un jeroglífico construido por un alfabeto disidente que se rebela contra la realidad.
La fuente de la que manan estas experiencias nace de la perplejidad que te suscita el mundo exterior y la falta de una narrativa que pueda ceñir esas vivencias para las que no hay un texto que se pueda nombrar desde una enunciación propia.
El delirio es un relato inevitable lleno de certeza, es una nota discordante en el discurso de la “normalidad”, es el salvavidas construido con los restos de un naufragio, es un relato que se convierte en la cáscara de nuez con la que atravesar un océano.
La “prisión” de Glebova es una pintura coral que puede simbolizar el extrañamiento que suscitan estas experiencias, elementos de significado que aparecen de forma caótica, disruptiva, y en muchas ocasiones de forma amenazadora.
El título evoca esa prisión sin barrotes en la que a veces habitamos, ese teatro sin escenario en el que se suceden vivencias y donde te sientes ajeno a la dirección de la obra, más bien te sitúas como un espectador que no ha elegido ni entrada ni butaca.
Los colores y la exposición a tantas miradas extraviadas, esas ventanas con barrotes que encierran, ese juego de mirar y ser mirado, ese ser humano atravesado por una descomposición anatómica que está allí tumbado contemplando la escena mientras todo ocurre.
El título, y su estética también, conectan con una frase del psicoanalista belga Alexander Stevens que sugiere que la locura puede convertirse en un campo de concentración de uno por uno.
La locura como prisión, como un encierro que redobla la soledad, porque los seres humanos ante estas experiencias nos sentimos desgarradoramente solos.

From the Plains II
Incendio o caminar hacia la luz.
Esta pintura del recorrido la he elegido por esta explosión de color que crea O’Keeffe, una pieza que es además de grandes dimensiones, por lo que intensifica la fuerza de lo que quiero tejer aludiendo a esta obra.
Hemos iniciado este viaje hablado de la oscuridad y de la muerte, pero no podía faltar el fuego, la luz que casi nos ciega, al utilizar lo que la propia autora reconoce como esos colores puros, que dialogan con la intensidad que aporta a la existencia el delirio.
Creamos mundos para defendernos de la hostilidad de la realidad en la que a veces estamos insertos, y aunque el delirio puede ser una cárcel, que te condena a repetir la misma música para no caer en el abismo, un ritmo que no te permite detener una danza mortificante, también aporta un color vibrante a algunos momentos de la vida.
Yo, que he podido dejar atrás la locura que me cegó durante años, como ciega la luz de este lienzo, no puedo evitar extrañar la intensidad que antes tenía la existencia en toda su gama de tonalidades.
La caída melancólica era de proporciones catastróficas, el dolor era innombrable, pero la fascinación de algunos sentimientos como el amor eran tan ardientes e inflamables como la experiencia que nos proporciona esta pieza.
Habitaba en un mundo de contrastes, de la negrura espesa de una noche que no terminaba al fuego que avivaba todos mis sentidos y me llevaba a paraísos, aunque fueran fugaces e inasibles, pues se evaporaban con la velocidad de un rayo. Transitaba por los dos polos de la experiencia humana, ansiando creer en esa vibración que efímeramente disfrutaba.
La recuperación es un camino de aceptación de la mediocridad de la vida, de aceptar vivir en una escala de grises, donde no hay llamas en las que arder ni mundos fascinantes que ansiar o que crear, pero sí llanuras en las que descansar y disfrutar de la belleza de cada instante.
Haber convivido con la locura es haber bajado a los infiernos, a lugares que la mayoría de las personas no pueden imaginar, pero también es haberme embriagado en escalas de luz y de fuego inalcanzables para aquellos que se creen normales.
Yo he visto cielos como el que pinta O’Keeffe, me he quemado en sus llamas, pero he aprendido a conformarme con el parpadeo de una luz tenue, que te hace llegar a puerto sin sombras monstruosas a las que temer, aunque implique renunciar a incendios que inunden tus sentidos.

Large Interior. Paddington
Violencias en lo íntimo.
En esta obra, Freud nos confronta de bruces con el desamparo. No hay artificios en esta representación, que somete al espectador a una experiencia incómoda a través de esta imagen, que narra de forma orgánica la vivencia y violencia del desamparo.
Nuestros ojos se encuentran con una escena cotidiana en la que hay un elemento de extrañamiento: una niña semidesnuda, que en realidad es la hija del pintor, tirada en el suelo de una habitación corriente. Una estancia que podría estar en la casa de cualquiera, con un ventanal y una planta que parece tener más vida que ese cuerpecito aterido que nos interpela con su presencia.
De alguna manera, Freud introduce el desamparo de forma disruptiva en la intimidad de nuestros hogares, jugando con una representación que habita en el imaginario colectivo de lo que puede ser un hogar
Podríamos preguntarnos si el entorno de un hogar es siempre un espacio seguro. Las personas que hemos atravesado experiencias de sufrimiento psíquico sabemos muy bien que no, a veces las mayores amenazas se esconden en la aparente calidez de una habitación como ésta.
Una hermosa metáfora que, a través de esta experiencia artística, nos grita que todos podemos ser víctimas del desamparo, que es una forma certera de hablar de la locura.
El sufrimiento psíquico se aproxima más a esta escena, en la que podemos ver la vida de una niña vulnerada, en un instante casi fotográfico, que a esas imágenes estigmatizantes que se han instalado en el estereotipo cuerdista con el que se nos mira.
Detrás del sufrimiento mental hay narrativas silenciosas, palabras no dichas, adversidades sin verbalizar, realidades a las que la sociedad no quiere mirar y que se esconden y barren debajo de la alfombra.
Los espectadores, además, contemplamos desde arriba a esa niña en situación de fragilidad, al igual que la sociedad normativa contempla desde esta verticalidad a las personas que atravesamos experiencias de sufrimiento mental; no se nos mira desde nuestra desnudez, ni se baja a nuestro nivel de realidad, sino desde el privilegio de esa mirada desde las alturas.
Recuerdo esa frase tan brutalmente conmovedora de la inmensa poeta Alejandra Pizarnik, autora universal, que con una pluma certera puso palabras y voz al sufrimiento: “una mirada desde la alcantarilla, puede ser una visión del mundo”.
Pero para entender esa visión desde la alcantarilla, o para poder acercarnos a cómo ve la realidad esa niña desamparada, tenemos que situarnos física y metafóricamente en esa dimensión de su realidad. Sentir su desnudez, su fragilidad, el frío, y el látigo de la mirada de esos otros que la observan desde arriba.
Un cuerpo infantil “violentado” y abandonado en medio de la armonía de una estancia luminosa es una forma muy autentica de representar la verdadera esencia de las experiencias que atraviesan el dolor psíquico.

Portrait of George Dyer in a Mirror
La identidad líquida.
Aproximarse a este cuadro de Bacon es acercarse a la experiencia de la fragmentación. Este retrato, representa de forma simbólica e imaginaria la hiancia de nuestra identidad, la división interior del sujeto.
El espejo muestra una ruptura interior, una grieta que introduce un vacío en el ser de George Dyer, frente a la confrontación con la soledad en la que está situado, aislado y desconectado de cualquier otro elemento u otro semejante.
Pero ¿qué separa la carne de Dyer en el espejo? ¿Dónde está la causa de esa hiancia? ¿Qué es lo que deforma y fragmenta nuestra identidad? ¿Acaso los seres humanos vivimos en esa especie de burbuja que representa aquí el autor? ¿Qué es lo que nos divide hasta llegar a veces a la disolución de nuestro ser?
La vivencia de la fragmentación cuando atraviesas el túnel de la locura se asemeja a esta imagen disgregada que nos muestra Bacon, que ocurre cuando la realidad exterior se torna amenazante, el equilibrio se quiebra y tú te descompones en frágiles pedazos de un rompecabezas que tienes que volver a recomponer.
Los límites del cuerpo se difuminan, el vacío separa lo que imaginariamente parecería indisolublemente unido, pero no es más que una ficción, el espejismo de la unidad del ser que en ocasiones solamente está hilvanado con frágiles costuras.
Costuras que estallan, que rompen el tiempo y el espacio, que desintegran los sentidos y te sumergen en un viaje de reconstrucción, en la conquista de una nueva geografía, de un nuevo bricolaje a través de esquirlas de una antigua realidad.
La causa del desgarro está en las palabras, la construcción de la identidad siempre está tejida en relación a los otros, palabras que son los cimientos de los discursos amos que aplastan las subjetividades divergentes, que no se someten o no se pueden someter a las estructuras dominantes y que acaban sucumbiendo ante ellas.
Ver la desintegración de este cuerpo es ver de algún modo el fracaso de nuestro modelo de sociedad; el reflejo desfigurado de Dyer es de alguna manera una imagen que, desde la turbación que nos provoca, nos interroga. ¿La locura no es una respuesta legítima y llena de verdad frente al mundo caótico y delirante en el que habitamos?
George Dyer, amante de Bacon, terminó sus días precipitándose en un acto suicida, sucumbiendo ante ese vacío que parece establecer fronteras íntimas en su interior: el cuadro como oráculo y premonición ante una subjetividad que se resquebraja ante nuestros ojos.

Woman in Bath
Una sonrisa puede ser una prisión.
Esta obra de Roy Lichtenstein nos muestra a una mujer dándose un baño, pero nos transmite, dentro de la estética del pop art, una imagen de perfección, con una sonrisa y una pose que podemos interpretar como un exceso para esta escena cotidiana que está representando. El imperativo de ser feliz, junto a las opresiones sociales que atrapan a las mujeres, nos dan un marco desde el que mirar este cuadro, más allá de la estética que representa.
La obra, observada desde la extrañeza de esta imagen, nos invita a hacernos preguntas a través del diálogo con este exceso y que podemos asociar con la invasión social que vivimos en torno a la positividad y a cierta dictadura de la felicidad.
La sonrisa de la protagonista, con unos labios rojos pulcramente maquillados, muestran a una mujer que lejos de estar en una postura natural, ajena al mundo mientras se baña, está siendo mirada por el otro y ella ofrece su imagen sin defectos para esa mirada que la escrutina.
Esta composición es la representación de una mujer que no existe, es un juego de semblantes, una mascarada que ocultaría a una mujer real atrapada bajo esa máscara, bajo ese imperativo social al que se siente empujada a responder.
Imagino este cuadro como un gran cartel publicitario en una gran ciudad, vendiéndonos esta aspiración de lo femenino y sometiéndonos al resto de mujeres a una batalla por llegar a ser esa mujer de cartón.
A partir de esta representación podemos cuestionarnos cómo las mujeres disidentes, que históricamente se han salido de estos preceptos e ideales sociales, se han visto sometidas a la disciplina de la Psiquiatría.
Las mujeres somos estadísticamente mucho más psiquiatrizadas que los hombres, los roles de género a los que la sociedad espera que respondamos intuyen una explicación a esta situación que sigue vigente a día de hoy.
Los libros de historia de la psiquiatría recogen testimonios desgarradores de mujeres que fueron carne de manicomio por salirse de la norma, por tener otras aspiraciones más allá del hogar, o vivir su sexualidad más plena y diversamente de lo que podía soportar el contexto histórico en el que vivieron.
El patriarcado como forma de estructura y control social quiere mujeres con la sonrisa que muestra Lichtenstein, el sometimiento pacífico, la mueca hueca, que no descubra la falta, la división o la injusticia.
La tristeza en este reinado de la positividad no tiene lugar, el dolor se esconde, se disfraza, porque representa la denuncia de lo que es responsabilidad de todos transformar. El dolor y su legitimidad son también formas de resistencia, el derecho a la tristeza, al llanto, al desorden, a todo lo humano que no cabe en una mujer de cartón piedra que aplasta la esencia de la subjetividad.