LGTBIQ+
Luis Alegre Zahonero y Yera Moreno Sainz-Ezquerra
Un recorrido LGBTIQ+ necesita de lo especulativo para generar un relato posible de lo que no nos ha sido contado, para narrar esas otras historias que sabemos que existieron pero que no han permanecido visibles en los archivos o en las memorias oficiales. Especular conlleva un ejercicio de imaginación que, al modo en que lo hace la ciencia ficción, fantasea con una posibilidad, contenida en el presente, pero que nos lleva hacia lo que podría ser si ese presente fuera pensado de otros modos, liberados de lo que los consensos sociales imponen. El arte trabaja continuamente con esta herramienta de la especulación: imagina mundos que trae a cada presente y los hace existir.
Pero ¿qué ocurre cuando eso que trae no puede existir en el momento en el que la obra lo está produciendo como realidad posible? Lo que queda es dar señales, puntos de fuga, atisbos y vislumbres que pueden no ser vistos para una mayoría, pero que son guiños de existencia para quienes buscan ciertos rastros. Ese ejercicio, el de imaginar y estar atentes a leer entre líneas, a ver lo que una imagen muestra sin mostrar, a irse a los márgenes para una escucha de lo que está latente o es contextual a lo que la obra sí puede contar, ha sido nuestra práctica de investigación especulativa para este recorrido.
Lo LGBTIQ+ ha sido negado a lo largo del relato histórico hegemónico, porque si era castigado desde lo social, no podía tener cabida en la memoria visual o escrita que esa sociedad producía para dar sentido a su presente, legitimar cierto pasado y, sobre todo, pensar su futuro. Y, sin embargo, ha sobrevivido a esta hegemonía narrativa encontrando formas de estar desde la opacidad, desde lo no dicho o incluso desde unas ausencias que ciertos ojos han sabido leer para saber que su existencia no era única, que otres vivieron, se amaron, se divirtieron y fueron parte de una comunidad que ha buscado infiltraciones y huecos para mostrar su existencia a quienes estaban por venir. Si el arte produce, a través de lo visual, ficciones que configuran nuestro mundo, leer una colección de arte desde una perspectiva queer conlleva volver a especular con esa ficción que está en la obra para que nos cuente, quizás, la historia no contada de la imagen. A modo de una arqueología especulativa, el dispositivo visual no es visto solamente desde lo que dice, sino desde lo que podría decir.
A través de esta mirada, nos hemos acercado a unas obras que, a veces, tenían claras ciertas pistas para ser leídas por unos ojos ansiosos de encontrarse en ellas, cuyos códigos homoeróticos eran ya conocidos por las comunidades disidentes de la propia época en la que las obras se hicieron y que jugaban con esa opacidad e (in)visibilidad para sobrevivir, literalmente, a las normas y opresiones sociales que dicha época imponía. En otras ocasiones, nuestra lectura contemporánea nos ha permitido acercarnos de otra forma a obras que, quizás no fueron hechas con esa intención en su presente, pero que desde el nuestro permiten otras lecturas. En algunas otras obras del recorrido, la mirada ha sido puesta en el artista o en su contexto, porque éste era subversivo y transgresor respecto a las normas generizadas y sexuales que su época imponía. En todos los casos, tanto si había una intención por parte de sus autores de infiltrar lo LGBTIQ+ en el relato visual que estaban creando, como si la intención ha sido nuestra, este recorrido nos habla, sobre todo, de que cualquier obra de arte está abierta a nuestra imaginación y lectura como espectadores.
Esta es una de las potencialidades más bellas que tiene el arte y que nos muestra la imaginación como una herramienta política para narrarnos el mundo de otras formas que disputen la soberanía del relato único. Por eso, un recorrido LGBTIQ+ necesita del imaginar para contarnos una historia no de la violencia o el castigo, sino de lo celebratorio, del amor, del placer, del deseo, de la amistad, de la diversión y del erotismo que las comunidades disidentes han practicado.
Obras en la segunda planta
En el plano puedes ver destacadas las salas donde se encuentran las obras del recorrido.

Two Adoring Angels
Todos los ideales del occidente cristiano han tenido un mismo eje vertebrador: la primacía de lo inteligible, etéreo, apolíneo y espiritual frente a lo sensible, material, dionisiaco y corporal. “Iluminación”, “elevación” o “espiritualización” han sido las principales metáforas con las que pensar tanto los ideales teóricos y morales como los estéticos.
A partir de ahí, la belleza exigía borrar de los cuerpos todo lo lúbrico, viscoso y carnal, todos los signos de la reproducción y la gestación; también los asociados a la fertilidad y, en definitiva, a la procreación y la sexualidad; no sólo en sus marcas femeninas: también los signos de virilidad debían suprimirse para alcanzar ese ideal casi sin carne y en todo caso sin sexo.
Como resultado, nos encontramos con una belleza cuyo ideal es marcadamente andrógino, ambiguo y equívoco, abriendo así una relación problemática con lo normativo: los cuerpos reales debían estar genéricamente marcados. Todos. Sin excepción. Pero los ideales no; o no tanto. El sexo era siempre abyecto y debía ser ocultado: el bueno —genital y reproductivo— casi tanto como el malo. El amor era cosa de las almas, o así se contaba (y, al menos en esa medida, así era); de las almas sin sexo y sin género (aunque en el fondo masculinas).
En la escena encontramos una pareja de ángeles en adoración. Su belleza nos deslumbra, o esa es la idea. Son el segundo objeto más elevado que podemos imaginar para el amor. El primero, ciertamente, es el Dios al que adoran en común; pasión compartida que les une intensamente, a un paso nada más de lo meramente espiritual; a un paso nada más, pero nada menos, porque en su unión hay ya algo corporal, como mínimo fraternal. La pareja de ángeles tiene cuerpo; y gracias a eso no son el mismo: no tienen el mismo carácter ni se relacionan igual con el resto de los cuerpos. La diferencia es sutil, sin duda, pero cabe advertirla en la dirección de sus miradas, es decir, en el modo como orientan el menos material de los sentidos.

Portrait of a young Man as Saint Sebastian
Al menos desde que Oscar Wilde manifestara devoción por su belleza, san Sebastián ha sido venerado por la comunidad gay. Pero ese fue sólo un pequeño paso dentro de una larga historia. Para que Wilde pudiera darlo, el tribuno militar con barba, maduro, completamente vestido y siempre aureolado tuvo que ceder el paso a un bello efebo cada vez con menos ropa y, con frecuencia, sin halo de santidad.
En ese largo recorrido, en el que los “san sebastianes” de Andrea Mantegna o Antonio y Piero del Pollaiuolo suponen un importante punto de inflexión, la obra de Bronzino añade un giro más de complejidad: el cuadro no representa propiamente el martirio del santo, sino el retrato de un joven que se busca de algún modo, y se encuentra, en la figura del san Sebastián que está empezando a cobrar cuerpo en su misma Florencia.
¿Cuánto de sagrado y cuánto de profano hay en la imagen?; ¿cuánta devoción religiosa y cuánta identificación erótica mueven al joven retratado?, ¿y a Bronzino?, ¿y a nosotres que le estamos mirando?; ¿qué placeres pone en obra el cuadro?: ¿el de la identidad con la abnegación del santo?, ¿el de la cercanía a la belleza de su cuerpo?; ¿cómo se modulan esos placeres según la fe de cada mirada o su adoración por la belleza masculina?; y las flechas, ¿en qué medida representan la peste de la que el Santo nos protege y en qué medida las armas con que Cupido nos atraviesa?, ¿por qué no le basta al juego de identidades con acariciar una en la mano?, ¿qué perdería el cuadro sin otra penetrando el costado?...
Afortunadamente, ninguna de estas preguntas tiene una respuesta única y estable: cada lectura deja su pequeña huella en la historia del sentido. Pero sí hay algo seguro: nuestra mirada sería hoy más plana sin esa larga historia de culturas subterráneas que necesitaron referentes, y los buscaron o inventaron, descubrieron, crearon o encontraron legitimados como temas religiosos y, por esa vía, los vieron o produjeron como objeto legítimo de amor o identidad. Así, con cada mirada y cada pincelada, se fue construyendo capa a capa esa intensa y palpitante profundidad histórica que es hoy la nuestra. La de todes.

Hercules at the Court of Omphale
Hércules no es un héroe cualquiera. Su descomunal fuerza, su vigor y su audacia hacen de él un símbolo de los valores masculinos. Ningún mero mortal puede aspirar a encarnarlos de un modo tan sólido. Y, sin embargo, ¿no resulta llamativo lo poco que hace falta para quebrar esa solidez?
En la escena, Hércules no aparece amenazado por feroces leones, hidras, toros, jabalíes, gigantes de tres cuerpos o guardianes del inframundo con tres cabezas. Hay sin duda algo que le amenaza de un modo estremecedor, pero resultan ser tan sólo unas ropas, algún ornamento, unas tareas livianas y unas miradas en el fondo tiernas. Nada en su cuerpo parece estar sufriendo un daño físico o lesiones orgánicas, pero el más valiente de los héroes está acobardado.
¿Qué es eso tan profundo que ha sido derrotado y cómo es posible que lo haya sido por medios tan suaves? Una identidad, una regla, un signo, una idea… nada más y nada menos. En la corte de Onfalia, la masculinidad le ha sido arrebatada en sus signos. Sus músculos, casi siempre visibles, están cubiertos por ropas de mujer, y los trabajos asignados en esta ocasión son de lo más cotidiano; puede que hilar sea fundamental para la reproducción de la vida, pero está lejos de lo que asociamos a una epopeya masculina.
Y, sólo con esto, algo abismal ha quedado tan subvertido que el héroe no se atreve a devolvernos la mirada: nosotres le podemos mirar; las doncellas le miran; las doncellas pueden mirarnos a nosotres y nosotres a ellas… pero Hércules, nada menos que Hércules, ha sido derrotado en lo más íntimo por medio de un simple cambio en los signos, sin necesidad de fauces, ni astas, ni armas.
La masculinidad, que aparecía como algo sólido y esencial, resulta tan vulnerable que, incluso en su versión más firme, se desestabiliza con un sencillo cambio de ropa, tareas, gestos y miradas.

The Death of Hyacinthus
La referencia homoerótica de la obra no puede ser más explícita: la historia de amor ente el dios Apolo y el mortal Jacinto, junto al episodio de Júpiter y Ganímedes, es la historia de amor entre hombres más célebre del Olimpo: Apolo, dios del sol, se enamoró perdidamente del joven príncipe espartano y, para colmo de dicha, su amor fue correspondido. Sin embargo, tras un fatal accidente —o, dependiendo de las versiones, tras un crimen cometido por Céfiro, enloquecido de celos— Jacinto cae mortalmente herido y, pese a todos los intentos, Apolo no logra devolverle la vida. Ser el hijo predilecto de Júpiter no basta para conceder a tu amado la inmortalidad que tu padre sí pudo conceder al suyo.
La obra fue encargada por el joven conde de Schaumburg-Lippe, cuyo amante, un músico español con el que vivió en Venecia algo más que una historia apasionada, había muerto recientemente. Y, por si quedara alguna duda de que el mito no nos habla sólo de dioses antiguos, Tiepolo sustituye los discos clásicos por el juego de raqueta y pelota tan popular en la época.
Y esto ocurre en un contexto de rigurosa prohibición de la homosexualidad. Bien es verdad que, comparativamente, Venecia se mostraba más permisiva que otras ciudades italianas de la época, pero, al menos sobre el papel, la sodomía seguía siendo un delito capital —“suavizado”, eso sí, ya que los reos debían ser decapitados antes de ser quemados—. También es cierto que la severidad de las penas previstas contrastaba con la escasez de los procesos y que, en la mayoría de los casos, la pena capital se sustituía por otras condenas como prisión, exilio o galeras.
En todo caso, aunque los procesos penales fueran escasos, es fácil imaginar el estigma y el reproche social que se cernía sobre cualquier acusable. No era prudente hacer muy visibles esos amores, sacarlos a la luz, permitir que se vieran o que alguien supiera de su existencia. A este respecto, basta imaginar la asfixia que une sentiría en esa situación para entender la importancia de esa rendija de luz y presencia que el arte ha logrado aportar a lo que no tenía derecho a ser en otro sitio.

Boy in a Turban holding a Nosegay
La biografía de Sweerts es tan enigmática y ambigua como la mirada del muchacho. De su vida sabemos sólo algunas cosas con certeza: en Roma se instaló en ese barrio que todas las ciudades tienen para albergar a lo que no encaja en ningún otro sitio (mendigos, prostitutas, extranjeros…), pero también fue nombrado cavalière por el Papa Inocencio X, para cuyo sobrino trabajaba. Sabemos que terminó su vida en una misión jesuita en India, después de que el obispo François Pallu considerase su comportamiento inapropiado para la misión que dirigía hacia China.
Tampoco del muchacho con turbante y ramillete de flores sabemos gran cosa. No parece del todo de aquí —donde no usamos turbante—. Si lo fuera, no sería fácil mirarle como le mira Sweerts —y con él, nosotres—. Tampoco es del todo un hombre, para empezar porque aún es casi un niño, aunque sus sentidos se empiecen ya a activar de un modo novedoso, comenzando por el más sensual y menos civilizado de los cinco: el olfato. Tampoco es del todo un hombre porque todo en él es femenino: las manos delicadas, la piel sedosa, los rasgos finos, los gestos suaves, la mirada melancólica. Pese a todo, tampoco es una mujer, y nunca sabrá, porque el rubor le impide comprobarlo, si recibe de los hombres la mirada que reciben las mujeres.
Pero nada es propiamente sexual en el laboratorio visual de Sweerts. En ese espacio liminal desde el que mira, las cosas están ante todo para ser contempladas y para que, al contemplarlas, aparezcan nuevas vetas de belleza. Por ejemplo, en el modo como los hombres miran la belleza masculina: cómo miran los hombres a hombres desnudos para aprender a pintarlos, cómo miran a hombres desnudos al bañarse, cómo miran a hombres desnudos que luchan, cómo miran a otros hombres mientras se visten y desvisten…
Se ha especulado mucho sobre cuánto debe la obra de Sweerts a su posible homosexualidad, pero quizá sea más interesante preguntar, a la inversa, cuánto debe a la obra de Sweerts el modo de mirar propio de la homosexualidad contemporánea.

Portrait of Madame Bouret as Diana
Toda civilización tiene un lugar en el que la policía del sentido baja la guardia y permite ser un poco más libre. En el siglo XVIII europeo, ese lugar era la mitología clásica. Sus historias, alegorías, símbolos, recursos y escenarios volvían más anchos los límites de lo posible. Como si de un gran teatro se tratase, contaba con una guardarropía casi infinita que permitía habitar identidades no toleradas fuera de él.
En ese peculiar paraíso, Diana y sus atributos representaban la feminidad independiente, no sometida al poder de los hombres. Diana es la diosa virgen que rechaza el matrimonio y el deseo masculino, y que habita con sus ninfas en los bosques, cazando y durmiendo juntas, en comunidades femeninas autosuficientes. ¿Qué necesidades tenemos los humanos?, ¿alimento, refugio, seguridad, cariño, cuidado, sexo, diversión, juego, comprensión, diálogo…? Sean las que sean, Diana y las ninfas representan la capacidad de atenderlas en grupos sólo de mujeres, sin depender de los hombres para ninguna de ellas.
En el orden de la vida cotidiana, cualquiera de esos rasgos por separado habría conllevado un fuerte estigma social. Sería escandaloso que la esposa de un financiero como Étienne-Michel Bouret apareciese en cualquier otro escenario mostrando los rasgos de una personalidad activa, un cuerpo deseable pero no disponible, armada para la caza con un arco y unas flechas que le otorgan poder —todo el poder— sobre los cuerpos en los que pose la mirada; ella o la comunidad que compone junto a sus ninfas, cuya ausencia es tan visible como cualquier otra cosa presente en el cuadro.
Nada de eso es aceptable para una dama. Pero Diana es una diosa y, a través de sus atributos, logra transferir un poder asombroso: el de hacer visibles verdades que la realidad niega. Es la magia de los dioses y es la magia del arte.

Mary Magdalen conforted by Angels
Las cosas tienden a estar siempre bastante claras en el concepto: una cosa es ser hombre y otra muy distinta es ser mujer; una cosa es la carne y otra es el alma, lo material y lo espiritual; una cosa es el sufrimiento y otra el erotismo… Pero el cuerpo no es tan ingenuo como el concepto. Mucho menos el cuerpo barroco. Y menos aún el cuerpo barroco pintado por Sebastiano Ricci.
El sufrimiento de Magdalena, personaje fuertemente asociado a los pecados de la carne, es espiritual, pero se hace presente hasta en la última fibra de su cuerpo. El cuadro está atravesado de punta a punta, como cortado por un rayo, por un dolor que es del alma pero duele en todo el cuerpo. Y ese consuelo del alma, en la medida en que sea posible, sólo lo puede dar una comunidad de ángeles intensamente sensibles, afectivos, amorosos… con un amor que se hace material en el contacto entre los cuerpos, ya sea por medio de caricias o de miradas tan materiales como abrazos.
La comunidad erótica que conforta y sostiene a Magdalena es sin duda extraña. Es una comunidad de afectos que no es fácil saber cómo funciona. La gama de sentimientos que recorren la composición es enorme: simpatía, compasión, esperanza, pesar, dolor, curiosidad, ternura, confianza, inquietud. Todos están presentes en el cuadro, en cada personaje según corresponde a su carácter, pero sin que quepa encontrar un solo punto en el que algo cobre cuerpo con la ingenuidad del concepto: sin mezclas, composiciones ni ambigüedades.
Esta comunidad afectiva es también extraña en términos de género. Para comprobarlo, basta hacer el siguiente ejercicio: busquemos en el conjunto la mano más masculina, y el brazo más masculino, y el cuello más masculino, y el rostro más masculino, y el pie más masculino… Después de hacer esto, asignemos género a todos los personajes y hallaremos la sorpresa que el cuadro nos depara.
Los cuerpos y los afectos que concurren en la obra son sin duda raros pero, al margen de lo irritante que pueda ser la ambigüedad para el concepto, ¿quién, ante un sufrimiento como el de Magdalena, no querría ser confortade por una comunidad amorosa semejante?
Obras en la primera planta
En el plano puedes ver destacadas las salas donde se encuentran las obras del recorrido.

Misia Godebska
Las figuras de la homosexualidad contemporánea no serían hoy las que son sin Misia Godebska.
Misia ha pasado a la historia, ante todo, por la cantidad de artistas varones que crearon obras para, sobre o desde ella: las pinturas de Toulouse-Lautrec, Renoir, Vuillard, Vallotton o Bonnard —como ésta que nos ocupa—, pero también las composiciones musicales de Ravel o los personajes literarios de Proust.
Pero esta memoria no le hace justicia. Misia fue mucho más que una musa en el París de la Belle Époque. Fue una reina, casi una diosa, capaz de generar a su alrededor el mundo que quería; el mundo que necesitaba; un mundo mucho más grande que el que encontró; tan grande como para albergar, al menos, a ese personaje de fuerza arrolladora que decidió crear para sí misma. Para albergarla a ella, al personaje creado por ella, y a todo lo que a alguna de las dos les pareciese bello.
Sus salones fueron un auténtico laboratorio de la época y de la vida y, en esa medida, lo fueron del arte. También a la inversa, como siempre ocurre: fueron lugares donde la creación artística bullía y, gracias a eso, eclosionaban las más inesperadas formas de vida, amistad, placeres y amores. En su vida afectiva y sexual, creó formas para las que “poliamor” o “pansexualidad” resultarían conceptos esquemáticos; y apoyó con entusiasmo expresiones artísticas de la disidencia sexual como los Ballets Russes de Serge Diaghilev. Misia aspiró a crear un personaje que no estuviera a la altura de los casos, sino de las reglas. Más que musa, fue árbitro del gusto de su época. Lo que hacía o apoyaba no era fácil de impugnar, porque no debía ser medido con más reglas que las que ella misma establecía.
Con toda la teatralidad y autoconciencia que Pierre Bonnard expresa en una cara de muñeca, Misia supo que encarnaba el cuerpo y el espíritu de toda una época; el cuerpo y el espíritu que todos los artistas debían traducir para poderlos llevar más allá de París y más allá del tiempo.

Simultaneous Dresses (Three Women, Forms, Colours)
Sonia Delaunay fue una de las figuras más importantes en el desarrollo de los textiles en el arte durante las primeras décadas del siglo XX. Defensora de las artes aplicadas en igualdad con las bellas artes, la artista reivindicó la idea de obra de arte total que plasmó en muchos de sus diseños.
Ejemplo de ello son sus vestidos simultáneos, obras en las que quiso aunar la moda, el arte y las vanguardias. Algunos de estos vestidos fueron ejecutados como diseños de moda para artistas de la época como Gloria Swanson (en esta obra, por ejemplo, el patrón de la figura central es el de un abrigo que diseñó para la actriz).
Vinculada al simultaneísmo, al que asociaba con la vida moderna y el desarrollo urbano, especialmente con la ciudad de París, Sonia Delaunay pensó sus vestidos simultáneos para la nueva mujer parisina de la época. Este icono de la nueva mujer suponía, en muchos sentidos, una transgresión al ideal de la feminidad tradicional y a las normativas sexo/genéricas que dicho ideal había impuesto. El propio término francés que designó a este nuevo icono (garçonne) aludía ya a una idea mucho más andrógina que rompía con los estrictos ideales de género impuestos a las mujeres.
La moda jugó un papel fundamental en la emergencia de estos nuevos ideales, a través de una estética que supuso una auténtica revolución cultural, social y política. Podemos considerar los Vestidos simultáneos de Sonia Delaunay parte de esta revolución, y en este sentido mirar al campo de la moda y del diseño como territorios para una imaginación política radical en los que se han fraguado nuevas identidades contrahegemónicas frente al consenso social. Si le añadimos que muchos de estos diseños eran luego materializados en vestidos que las propias mujeres parisinas llevaban, el componente performativo del cuerpo y la identidad se hace mucho más explícito.

Love, Love, Love. Homage to Gertrude Stein
La obra pertenece a una serie de nueve retratos que Charles Demuth realiza, a modo de homenaje, a otres artistas con los que mantenía amistad (como Georgia O`Keeffe o Wallace Stevens). Las obras de la serie compartían, además, el ser retratos simbólicos: en ellos el artista retrata a la persona a partir de palabras u objetos que reflejasen algo de su identidad, cuestionando el canon tradicional del retrato. En este, dedicado a la escritora modernista Gertrude Stein, la palabra “LOVE” aparece repetida tres veces, lo que podría significar su preferencia por el número tres en sus escritos.
Gertrude Stein fue una figura fundamental de la intelectualidad y el mundo artístico del París vanguardista de principios del siglo XX. Vivió abiertamente como lesbiana junto a la que fue su amante y compañera de vida, Alice B. Toklas. La casa de ambas fue el centro de las tertulias artísticas de la época, y fueron coleccionistas y promotoras del arte de vanguardia de ese momento, al que pertenecía una parte importante de sus amistades. Podemos considerar a ambas como iconos de ese París lésbico de principios de siglo.
La escritora mostró en su obra autobiográfica Q.E.D. (Las cosas como son) estas relaciones de amor entre mujeres. Probablemente de ahí la palabra LOVE que aparece en el retrato. Al igual que su amiga Stein, también Charles Demuth fue un artista homosexual que mostró abiertamente en muchas de sus obras una temática homoerótica, como las dedicadas a baños públicos (Baño turco con autorretrato, 1918) o aquellas en las que aparecían marineros en actitudes eróticas. Ambos artistas compartieron círculo con Marsden Hartley, quien fue una influencia para Dermuth en estos retratos simbólicos en los que temas como la identidad o lo emocional se mostraban codificados a través de ciertos objetos (ejemplo de ello es la obra de Hartley, Portrait of a German Officer). Tanto Stein, como Demuth y Hartley, visibilizaron la existencia de unas vidas al margen de la heteronormatividad, ofreciendo unos relatos que no habían tenido presencia en los imaginarios hegemónicos.

Portrait of George Dyer in a Mirror
Ya Dorian Gray se asombraba de esa psicología superficial que concibe el “yo” como una cosa simple, permanente, fiable y de una sola esencia. En realidad, todes nos componemos de una miríada de vidas y rostros que, a través de los ojos que nos leen, se articulan entre sí de formas sinuosas. En las vidas apegadas a la norma (cuando te viene más o menos regalada la compatibilidad entre las miradas que recibes), se produce sin embargo un curioso espejismo: en vez de concebir la identidad como articulación compleja de ese caleidoscopio de imágenes, se suelen concebir éstas como mero reflejo de un “yo” único, invariable y verdadero.
Pero esto no es tan fácil si de pequeño odias a tu padre pero sientes atracción sexual por él; y sus mozos de cuadra te azotan para corregir tu afeminamiento, pero con ellos salta por los aires la frágil frontera entre dolor y placer, y también la sólida jerarquía de clase y poder; y se desvanecen las fronteras de género mientras te pruebas ante el espejo las bragas de tu madre, por lo que te echan de casa para que te hagas un “hombre de verdad”, pero acabas en el Berlín sodoma, y encadenas relaciones tortuosas con hombres mayores, hasta que, ya convertido en admirado pintor y miembro de la élite intelectual europea, te enamoras de George Dyer, un joven delincuente, un tipo duro que entra y sale de la cárcel desde siempre, analfabeto, atlético, violento, alcohólico, económicamente dependiente, vulnerable, inseguro, elegante y resuelto mientras fuma vestido de traje, muy poco respetado en los círculos de Bacon que conviven, yuxtapuestos, con sus círculos propios de criminales y marginados londinenses, de cuyos detalles sabemos mucho menos.
Francis Bacon pintó más de 40 retratos de su amante y modelo. En éste, uno de los más importantes, George Dyer mira hacia un espejo que, al orientarse hacia nosotres, nos permite verle reflejado de un modo casi naturalista, aunque partido como por un rayo. Bacon deja claro en todo caso que no estamos simplemente mirando un espejo que refleja una realidad, sino un cuadro pintado por él, al óleo. Lo que no puede saber Bacon es cómo lo estamos mirando nosotres, les que estamos aquí ahora delante del cuadro (y quizá, quién sabe, siendo en este mismo instante imagen en alguna otra red de sentido).

A Visit to London (Robert Creeley and Robert Duncan)
En esta obra, el artista Ronald B. Kitaj retrata a dos de sus amigos, Robert Creeley y Robert Duncan, poetas norteamericanos pertenecientes al grupo del Black Mountain College, a raíz de la visita que ambos le hicieron a su casa de Londres. El retrato, pintado del natural, pertenece a una serie de obras que el artista comienza a realizar en la década de los 70’ en los que trabaja en lienzos alargados de gran formato. Como en la mayoría de sus retratos, se centra en ellos en artistas, escritores o intelectuales de la época.
Creeley y Duncan fueron grandes amigos entre ellos, amistad que puede verse en su propia obra poética, como el poema que Duncan le dedica a Creeley (Gracias por el cariño). Robert Duncan mostró abiertamente su homosexualidad y fue defensor de los derechos civiles de las personas homosexuales. Ambos formaron parte de la escena del Renacimiento de San Francisco. Su amistad con Kitaj significó para el artista su vínculo con la intelectualidad tanto de San Francisco como de Nueva York.
Michel Foucault señalaba que una de las cuestiones más transgresoras de la vida gay era la amistad entre hombres. Para Foucault, las relaciones entre hombres permitían nuevas formas de vida que cuestionaban la heteronormatividad, no sólo en el plano erótico o sexual, sino sobre todo en el de la amistad y los vínculos afectivos y de amor que los hombres construían en sus relaciones, al margen de los afectos permitidos en la estructura familiar tradicional. El que Kitaj retrate a sus dos amigos, siendo además uno de ellos abiertamente gay, nos permite entender la amistad en su dimensión política, como una forma de estar en el mundo junto a otres, que rompe con los modelos de una masculinidad hegemónica basada en la negación de los afectos, los cuidados y los vínculos.

Formation.Tri-partition
La obra Formación. Tripartición está vinculada al universo del Ballet Triádico en el que el artista buscaba llevar a la escena sus investigaciones acerca de las relaciones entre cuerpo y espacio, dentro de sus análisis geométricos de la figura humana. Concibiendo el ballet como una obra de arte total, y situando todo este trabajo en el contexto de la Bauhaus de la que Schlemmer formó parte, la figura humana que aquí nos presenta es idealizada a través de estas formas geométricas y concebida a modo de una partición en tres figuras, pero que conforman una.
Esta geometrización nos permite leer un cuerpo que, en su idealización, es sin embargo desnaturalizado: el cuerpo no es presentado como algo orgánico o natural, sino como una estructura construida. Si desde lo queer el cuerpo ha sido entendido, a partir de figuras fundamentales como J. Butler, en esta dimensión de construcción performativa y escenificada, las figuras de Schlemmer pueden recordarnos esta dimensión que opera en cualquier cuerpo humano. A su vez, el que la figura sea dividida en tres, nos lleva a recordar la que ha sido una de las principales aportaciones de lo queer en el estudio de las identidades: que los sujetos no son unitarios, sino múltiples, parciales y fragmentarios.
Si a ello le sumamos que estos tres cuerpos que son uno son situados como parte de una coreografía escénica, se hace mucho más evidente cómo las identidades están siempre articulándose como tal en su relación con lo espacial. Aquí la danza es ese ritual performativo que ponemos en marcha de manera cotidiana para darnos existencia como sujetos en lo social. Resulta así mismo interesante, desde una lectura queer, ver cómo la idealización figurativa de los cuerpos que Schlemmer buscaba acaba dando como resultado unas figuras humanas que, en dicha idealización, casi no parecen humanas. Del mismo modo en que las categorías ideales de género que se nos imponen acaban siendo inalcanzables para cualquier humano.

Nude Turning Into a Dragonfly
Arthur Boyd nos presenta en esta obra la transformación de un cuerpo humano desnudo convirtiéndose en libélula. En la imagen casi no queda rastro de la humanidad de la figura que emerge del fondo del bosque frondoso, podemos apreciar tímidamente una cabeza, los brazos y unas manos, pero la centralidad la ocupan las alas translúcidas en las que han quedado transformadas las piernas. Esa translucidez del nuevo cuerpo se superpone a la oscuridad del fondo boscoso del que emerge la figura, lo que dota a la obra de una sensación onírica y enigmática.
Podemos leer esta metamorfosis entre lo humano y lo animal como una forma de entender las identidades a través de estos cambios y transformaciones constantes que rompen cualquier binarismo que trate de fijar y estancar los procesos identitarios. Esta mutación de un cuerpo humano en libélula, siendo además la libélula un insecto asociado a lo efímero y lo cambiante, nos recuerda lo performativo de unos cuerpos que, lejos de ser algo cerrado y fijado para siempre, están en constante transformación.
La experiencia de la identidad como un proceso y un devenir constante hacia la otredad (que a su vez nos constituye) se hace evidente en todos aquellos cuerpos disidentes que trastocan y desestabilizan las normas de género sobre las que se articula lo humano. La metamorfosis que nos presenta Boyd puede así operar como una vía de escape a estas estructuras opresivas. La transformación de lo humano hacia lo no humano, situándose dicho proceso en el paisaje de un bosque, nos permite también imaginar una naturaleza que no sea concebida bajo un prisma conservador (donde lo natural es comprendido como un paraíso perdido) sino como una potencialidad queer, casi como una futuralidad, a modo de un entonces y un allí —en palabras de José Esteban Muñoz— para una diversidad radical que cuestiona no sólo las categorías binarias de género sino también las especistas.

Caffè Greco
En 1976, Renato Guttuso pinta este interior del Caffè Greco de Roma, antiguo y mítico café abierto desde 1760, como una escena bulliciosa y casi instantánea que reúne personajes de distintas épocas. Sitúa en ella a figuras históricas que fueron habituales del café —como Buffalo Bill o Giorgio de Chirico, a quien dedica la obra— con personas anónimas, turistas y parejas, evocando tanto el pasado cultural del café como una mirada contemporánea. La obra es un enorme cartón para un lienzo de mayor formato que se conserva en Colonia.
Entre la diversidad de personajes que aparecen, vemos en la esquina derecha, a lo que intuimos que es una pareja de lesbianas, por la actitud abiertamente afectiva que tienen entre ellas. Esta representación, situada con naturalidad y normalizada dentro de la escena del café que la obra recrea, resulta poco habitual en la tradición artística. Sólo es una pareja de mujeres en medio de la multitud que llena la escena, pero su presencia implica abrir una fuga en la narrativa visual hegemónica que está presente en el relato histórico del arte que tenemos disponible.
Como público ¿qué miramos cuando observamos una obra de arte?, ¿en quiénes nos buscamos o nos vemos reflejades?, ¿a quiénes buscamos en las obras? Cuando nuestras identidades no encajan con aquello que estamos viendo, cuando no nos encontramos como posibilidad de existencia en las obras de arte que llenan los museos ¿qué otros relatos imaginamos de lo que estamos viendo? El gesto de Guttuso puede que solo buscase recrear el ambiente distendido de un café histórico en Roma, y contemporaneizarlo. Pero ese gesto pequeño, nos da existencia a muches de quienes miramos las obras y nunca nos hemos encontrado en ellas.
Obras de la planta baja
En el plano puedes ver destacadas las salas donde se encuentran las obras del recorrido.

The Birth of Venus (The Aurore)
Venus está emergiendo de la piedra, está surgiendo, está brotando en este mismo momento. Como diosa del amor, el deseo y la belleza, nos habíamos acostumbrado a verla en su figura terminada, armónica, perfecta, cerrada. Por el contrario, Rodin nos presenta cuerpos inacabados, en torsión, fragmentarios, inmersos en el proceso mismo de buscar sus formas, las que les convengan como más propias, las posturas más cómodas, los contornos más adecuados, los placeres más íntimos… Y este proceso requiere prueba, tanteo, ensayo, cambio, movimiento. En definitiva, es así como funciona el cuerpo.
En las representaciones de Venus —y, en general, de la belleza— hemos tendido a celebrar sólo las formas acabadas, no el proceso; lo definido, no lo ambiguo; lo completo, no el camino. Pero esta Venus de Rodin nos permite ver belleza donde no la esperábamos: en la ambigüedad, la exploración, el proceso mismo de construcción de la identidad y el deseo desde una corporalidad abierta y rica en posibilidades; y abre así la puerta a celebrar más allá de lo que una pasión exclusiva —y excluyente— por lo definido pretendía permitirnos.
En esta obra, además, ocurre que su propia génesis converge con lo que el resultado hace visible. Venus, antes de ser Venus, había sido un hombre de rodillas; y su cuerpo desnudo, ya femenino, nació estando reclinado y sin cabeza; pero por algún motivo decidió erguirse, y transformar el rostro de hombre en uno de mujer; y una antigua esfinge no pudo evitar amarla, o al menos besarla… sólo la imaginación sabe cuántas vidas más habría querido vivir ese yeso, cuántas identidades habitar y cuántos placeres disfrutar, o al menos probar. El final es abierto, pero gracias a Rodin sabemos que tantas y tantos como seamos capaces de imaginar.

New York Street with Moon
Esta fue la primera pintura de Georgia O’Keeffe sobre el paisaje urbano de Nueva York, ciudad que admiraba y que aparecería en obras posteriores. En ella la artista representa la ciudad de noche, iluminada por la luna y una farola, centrando la atención en un rascacielos, símbolo de la modernidad urbana y tema recurrente explorado por otres artistas y fotógrafes de la época.
Aunque O’Keeffe es conocida por sus grandes pinturas de flores en un primerísimo plano, asociadas tradicionalmente a lo femenino, aquí se adentra en el género del paisaje urbano, lo que supuso una transgresión para una mujer artista. De hecho, Alfred Stieglitz rechazó exponer esta obra en 1925 por considerar que los rascacielos eran un tema complejo incluso para los hombres.
¿Qué suponía, en este sentido, la ciudad para las mujeres, fueran o no artistas? ¿Y qué ofrecía la ciudad de noche para ellas? Si esas ciudades vibrantes de los años 20 y 30 fueron espacios potenciales de libertad, anonimato y comunidad para las disidencias sexuales, que encontraron cierto lugar de existencia entre el ruido y la oscuridad urbana, ¿fueron también un espacio de libertad para las mujeres no heterosexuales?, ¿lo fueron siquiera para las heterosexuales? Si las flores de O’Keeffe nos pueden llevar fácilmente a pensar en una erótica y un placer femenino, ¿podemos hacer una lectura queer de estos cuadros urbanos nocturnos de la artista? El que ella, como mujer bisexual, decidiera mirar a la ciudad de noche y pintarla, en un gesto de transgresión hacia un territorio artístico (y vital) protagonizado por varones, y con ello llevarnos a nosotres a dirigir también nuestra mirada hacia la ciudad nocturna y lo que puede (o no) ofrecernos, ¿no es acaso ya una invitación a que pensemos la ciudad desde una lectura y vivencia queer?

Smoko. The Human Volcano
Reginald Marsh retrata la Nueva York de los años 20 y 30 a través de la vida callejera y sus múltiples personajes: desde personas desempleadas por la Gran Depresión hasta multitudes que frecuentan espacios populares como Coney Island. Su obra se centra en espectáculos accesibles a las clases populares —burlesque, vodevil o circo—. Como ejemplo esta obra en la que Marsh nos presenta a una multitud que pasea y observa a distintos personajes que ofrecen sus espectáculos callejeros (un hombre de fuego, una pitonisa que aparece anunciada en una de las barracas, o la mujer que aparece en el centro de la escena y a quien imaginamos como parte también del espectáculo).
Estos entornos, alejados de la alta cultura, ofrecían un lugar a cuerpos e identidades disidentes de la norma —ya fuera por género, apariencia o capacidad—, que encontraban en el espectáculo una forma de existencia visible. Aunque esta existencia se situase en un lugar ambiguo, en el que eran tanto admirades como objeto de un fetichismo visual que los exotizaba o los categorizaba bajo la idea de “freak” (monstruoso), sus disidencias diversas respecto a la norma corporal e identitaria, eran permitidas y disfrutadas por una ciudadanía que, en sus espacios cotidianos, probablemente rehuiría (o incluso castigaría) cualquier señal de rareza o anormalidad.
Si lo queer implica siempre un desvío de la norma y habitar desde lo que la sociedad considera abyecto, una escena como la que Marsh nos presenta nos recuerda como el miedo a lo extraño se ha visto a menudo acompañado por su fascinación. Lo que estos espectáculos permitían, probablemente, era disfrutar y mirar sin miedo aquello que la sociedad negaba y que, sin embargo, en la vida de la baja cultura, tenía visibilidad y existencia.

The Dying Slave (by Michelangelo)
La obra pertenece a una serie de trabajos que Yves Klein inicia en 1962 en los que comienza a intervenir modelos en escayola comprados en el Louvre con su característico International Klein Blue, el color azul que patenta en 1957. Con esta acción, se reapropia de grandes iconos de la historia del arte (entre las obras que interviene están otras clásicas como la Venus de Cnido o la Victoria de Samotracia) a los que a su vez despoja de la idea de originalidad y exclusividad, al trabajar con reproducciones de las mismas.
En el caso de este Esclavo agonizante, de Miguel Ángel, la obra nos remite a la llamada fórmula del pathos, descrita por Aby Warburg y analizada por Stephen F. Eisenman en innumerables obras de la Antigüedad y el Renacimiento, para referirse a un canon artístico que, aparentemente retrataba escenas de una tremenda violencia, pero lo hacía bajo la estetización y erotización de dicha violencia. Miguel Ángel manejó perfectamente esta fórmula en muchas de sus obras, combinando en ellas el éxtasis y el tormento y estableciendo un juego estético entre el placer y la violencia. Ejemplo de ello es el Esclavo agonizante, donde un cuerpo masculino, vigoroso, musculado y armónico, en consonancia con la idealización del cuerpo en la escultura clásica, y que aparentemente está siendo violentado (recordemos que es un cuerpo agonizante), aparece sin embargo representado como algo hermoso e incluso erótico.
Bajo la influencia de imágenes prototípicas del martirio de San Sebastián, podemos leer estas obras icónicas de Miguel Ángel bajo una mirada homoerótica, donde esa supuesta masculinidad hegemónica es representada como objeto erótico y sensual, a pesar de la violencia que en principio el cuerpo estaría sufriendo. El que Yves Klein se reapropie de este icono, llevándolo al espacio de la copia y la reproducción, implica popularizar mucho más este código clásico de la erotización del cuerpo masculino.

Thank You
En este lienzo de 1971, Richard Lindner nos presenta a una figura femenina híbrida entre humana y robot. De formas rotundas y monumentales, aparece vestida con un traje de domadora de circo, lo que queda ensalzado por la fusta que sostiene en su mano.
El que aparezca con uno de sus pechos al descubierto nos recuerda a las amazonas y lo que ellas simbolizaban (mujeres guerreras, hábiles en el arte de la lucha y que vivían en sociedades matriarcales al margen de los mandatos patriarcales). Todo ello crea una figura femenina fuerte y empoderada, no sólo en sus formas sino a través de todos esos elementos: el vestuario circense de domadora, su hibridez con lo robótico y su representación como una especie de amazona contemporánea, rompiendo así con la estereotipación de lo femenino que ha tendido a representar a las mujeres como cuerpos frágiles, necesitados de protección y erotizados en su debilidad.
Frente a estos estereotipos visuales de la feminidad, Lindner presenta un cuerpo femenino cuya carga erótica está puesta en su fuerza, en su robusta presencia y en su rol como dominadora. Esta mujer robotizada, concebida como una amazona cuya fuerza es ensalzada, adquiere su erotismo de un poder que no es disimulado, sino admirado. Bajo el lenguaje estético característico de Lindner, en el que nos encontramos elementos comunes a muchas de sus obras (la paleta de color que utiliza, la visualidad pop, lo geométrico, la presencia de tipografías que recuerdan su experiencia como ilustrador, o el acabado casi a modo de cartel publicitario), las mujeres que el artista crea encarnan todo aquello que ha quedado fuera de la feminidad tradicional. Su atractivo reside, precisamente, en esa transgresión.