Arte y literatura estadounidenses de los siglos XIX y XX
Con la colaboración de:
Cristina Garrigós y Dídac Llorens
El presente recorrido es una aproximación a la colección de la pintura estadounidense del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza desde la literatura cuyo objetivo es un mayor enriquecimiento en la interpretación de ambas disciplinas creativas y una experiencia estética más gratificante para las personas visitantes. Como decía Claudio Guillén, podemos encontrar afinidades temáticas entre el medio literario y el pictórico, así como el uso compartido de terminología al hablar de perspectiva, marco, claroscuro, lirismo, etc. En la Antigüedad se hablaba de colores rhetorici (los colores de la retórica) y es un clásico la máxima horaciana ut pictura poesis (la poesía como la pintura). Qué duda cabe de que existen, desde siempre, relaciones entre las diversas artes, y el arte y la literatura estadounidenses no son una excepción. Proponemos, por tanto, acercarnos a una selección de pinturas y establecer un diálogo con obras literarias del mismo ámbito geográfico y temporal para explorar sus conexiones.
Las obras que aquí se incluyen abarcan un amplio espectro de géneros, técnicas y temas, y los textos –poéticos y narrativos– con los que se relacionan estas representaciones visuales son también reflejo del desarrollo histórico y estilístico, desde el Romanticismo hasta el posmodernismo, y de las principales preocupaciones de la literatura y por ende la sociedad norteamericana a lo largo de todo este periodo.
Tradicionalmente, la literatura estadounidense de los dos últimos siglos se divide en varias corrientes: el renacimiento americano, el trascendentalismo, el realismo y naturalismo en el XIX, y el modernismo, neorrealismo y postmodernismo en el siglo XX. Todos estos movimientos culturales no son exclusivos de la literatura, pues encuentran su manifestación en todas las disciplinas artísticas. Las obras pictóricas y literarias que se emparejan son ejemplos de un mismo estilo o periodo artístico, lo que permite un ejercicio de reflexión comparativa. Excepcionalmente, el punto de partida es una alusión literaria en el propio cuadro, o el carácter ecfrástico de un texto, es decir, la descripción en palabras de una imagen u obra visual.
Al abordar este diálogo entre los dos medios artísticos se ha buscado incidir en la riqueza que supone que obras literarias y pictóricas compartan un lenguaje común y transmitan una emoción al público lector o espectador. De esta manera, podemos, a través de la aproximación comparativa con las obras de arte, tener una visión más amplia de la sociedad estadounidense en la que se inscriben.
Sirva este acercamiento como muestra de las infinitas posibilidades de conversación entre la pintura y la literatura estadounidenses en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Comienza en la primera planta
En el plano puedes ver destacadas las salas donde se encuentran las obras del recorrido.

The Lost Trail
A los quince años de edad, Charles Ferdinand Wimar (1828-1862) se trasladó con su familia desde su Alemania natal a los Estados Unidos de América. Se instalaron en las afueras de San Luis, Misuri, donde el joven se relacionó estrechamente con los pueblos indígenas de la zona y se aficionó a la lectura de las novelas históricas de James Fenimore Cooper (1789-1851).
La más famosa de ellas, El último mohicano (1826), basada parcialmente en hechos acaecidos en 1757 durante la Guerra Franco-India o Guerra de los Siete Años (1756-1763), fue una de las principales fuentes literarias de inspiración para Wimar, que también trabajó bajo el influjo de pintores como George Catlin (1786-1872) y Karl Bodmer (1809-1893). Las obras de todos ellos ilustran muy gráficamente el tema de la lucha por la supervivencia de naciones originarias norteamericanas en un medio natural hostil, que las llevó a la inexorable desaparición de sus tradicionales modos de vida. Estos artistas del siglo XIX, deseosos de documentar unas civilizaciones que consideraban en fase de extinción, gozaron de un gran éxito comercial y de una inmensa popularidad al difundir unas imágenes románticas de una población que ya había dejado de percibirse como una auténtica amenaza para la sociedad mayoritaria norteamericana. Además, las formas en que representaron el pasado reciente del país y de imaginar la frontera del Lejano Oeste ejercieron una influencia decisiva sobre cómo se caracterizaron posteriormente los pueblos indígenas a través del género cinematográfico del western, los cómics y las novelas gráficas de los siglos XX y XXI.
Wimar pintó El rastro perdido hacia 1856, antes de conocer a diversas tribus sioux durante sus viajes por la región del Alto Misuri en 1858 y 1859. Aunque este óleo no refleja exactamente ningún episodio de El último mohicano, se podría relacionar con una escena del capítulo XIII en la cual los indígenas pierden el rastro de los fugitivos tras una búsqueda que les resulta infructuosa por la falta de luz. La escena pintada por Wimar pertenece a un imaginario plagado de estereotipos que prevalece hasta hoy. Se trata de un universo casi exclusivamente masculino en el que los hombres no suelen aparecer realizando pacíficamente las típicas tareas cotidianas de la pintura costumbrista de la época, sino como intrépidos cazadores de búfalos o como feroces guerreros, semidesnudos, adornados con pintura corporal, siempre ataviados con la vestimenta propia de las poblaciones nómadas de las Grandes Llanuras.
Teresa Gibert

Evening on the Prairie
En Atardecer en la pradera la última luz del día parece indicarle a un jinete solitario el camino hacia poniente, más allá de la frontera de la civilización, cruzando ese icono expansionista estadounidense que es la llanura del Medio Oeste. Dice Willa Cather (1876-1947) en Mi Ántonia (1918), que la pradera “no era un país, sino el material del que están hechos los países”.
Al igual que el término “frontera” ocultaba la apropiación imperialista del territorio, la representación de la pradera vacía legitimaba la colonización de un espacio previamente habitado por pueblos nativos.
Cather fue autora de obras muy diversas, aunque las más populares celebran el carácter de pioneros y pioneras que dieron forma a la frontera como mito articulador de una identidad y un destino nacionales. La llamada “trilogía de las praderas” (Pioneros, de 1913, El canto de la alondra, de 1915, y Mi Ántonia, de 1918) evoca con nostalgia el espíritu pionero y el carácter perseverante de las personas de origen eslavo, escandinavo o centroeuropeo (como el mismo Bierstadt) que crearon un nuevo ecosistema social en interacción con un ecosistema natural a menudo hostil. La propia Cather fue pionera al alejar el foco de la expansión anglo-céntrica para escribir sobre inmigrantes que reformularon los discursos identitarios de la época, al tiempo que americanizaba lo pastoral y lo épico de la tradición clásica, como ilustra su trilogía ambientada total o parcialmente en las llanuras del Medio Oeste.
Además, contestó en sus novelas el imaginario estadounidense del siglo XIX que feminizaba la tierra más allá de la frontera, un mundo “virgen” y conquistable o “maternal” y acogedor. En sus novelas la expansión territorial no sitúa al clásico héroe solitario en el centro de la trama, como el cuadro de Bierstadt, sino a mujeres con las virtudes de resistencia y determinación que se le suponían al pionero, colono o vaquero del universo mítico del Oeste estadounidense.
María García Lorenzo

A Creek in the Woods
En Un arroyo en el bosque, de 1865, Asher B. Durand (1796-1886) nos ofrece mucho más que un simple paisaje: nos invita a adentrarnos en un espacio cargado de resonancias simbólicas y espirituales que puede leerse a la luz de la tradición literaria y filosófica estadounidense del siglo XIX.
La composición se articula en torno a un contraste lumínico marcado: la luz dorada se filtra entre las copas de los árboles, el riachuelo resplandece con destellos áureos y el cielo ilumina suavemente las alturas del bosque, mientras que las sombras densas envuelven el sotobosque en un halo de misterio. Este juego de luces y penumbras confiere al paisaje una ambigüedad esencial: es, a la vez, un espacio de revelación y de enigma.
La sacralidad de un bosque dominado por árboles monumentales, cuya verticalidad evoca los arcos de una catedral, remite a la visión trascendentalista de Ralph Waldo Emerson, para quien la naturaleza es la manifestación visible de lo divino. En Naturaleza (1836), Emerson afirma que, en el encuentro íntimo con la naturaleza (y especialmente con el bosque), el individuo halla tanto razón como fe. En ese contacto, el ser humano se reconoce como partícula de lo absoluto, amante de la inmortalidad sagrada y fundido en la perpetuidad del cosmos.
Sin embargo, como el propio Emerson también advierte, la naturaleza comparte con el ser humano su carácter mutable, su capacidad de albergar tanto la luz como la oscuridad. Así, desde una perspectiva más inquietante, el cuadro dialoga también con la tradición gótica de autores como Nathaniel Hawthorne (1804-1864). En su relato El joven Goodman Brown (1835), el bosque se convierte en escenario de lo siniestro: un territorio donde la razón se disuelve y el protagonista confronta el mal latente tanto en su comunidad como en su propio interior. Los árboles adoptan formas fantasmales, los sonidos nocturnos parecen presagios demoníacos y el sendero se transforma en un descenso hacia el caos moral.
De esta manera, la pintura nos sitúa en el umbral entre lo sagrado y lo ominoso. El bosque encarna la profunda ambivalencia de la naturaleza. Es, al mismo tiempo, escenario de epifanía espiritual y de las más hondas inquietudes humanas; un lugar donde coexisten el infinito y el abismo.
Inés Ordiz

Cross in the Wilderness
En Cruz en la naturaleza salvaje (1857), Frederic Edwin Church (1826-1900) plasma un paisaje dominado por la luz del crepúsculo, donde el día agoniza lentamente y tiñe el horizonte de melancolía. En primer plano, apenas iluminada por las últimas luces, emerge una cruz: un recordatorio sereno pero inexorable de la muerte que, como la noche, resulta acogedora en su inevitabilidad.
Este diálogo visual entre muerte y naturaleza encuentra un íntimo reflejo en el poema “Thanatopsis” (1817), de William Cullen Bryant (1794-1878). Bryant encuentra su vocación literaria a partir de la lectura de los poetas sepulcrales (Graveyard Poets), un grupo prerromántico británico del siglo XVIII que plasma en verso sus meditaciones sombrías sobre la mortalidad, inspiradas en sus visitas a cementerios. Más tarde, su encuentro con la obra de William Wordsworth renueva y acrecienta su sensibilidad poética. “Thanatopsis”, iniciado probablemente hacia 1811, es su poema más célebre. En él, Bryant elabora un texto en el que la muerte no evoca terror, sino que se convierte en una certeza inexorable integrada en el dilatado ciclo natural.
En sus versos, la naturaleza entera se presenta como el sepulcro majestuoso de la humanidad. La muerte, lejos de ser ruptura, se convierte en disolución y fusión con el todo. El cuerpo retorna a los elementos y se integra en la continuidad cósmica, donde la existencia individual queda diluida en el organismo totalizante de la naturaleza. Este imaginario prefigura los postulados posteriores de los trascendentalistas, como Ralph Waldo Emerson (1803-1882) y Henry David Thoreau (1817-1862), quienes contemplan la naturaleza como un ser vivo, sagrado y vasto, del que el ser humano no es sino una partícula fugaz.
La pintura de Church y el poema de Bryant dialogan así en un mismo registro romántico y panteísta: ambos nos invitan a contemplar la muerte no como un final abrupto, sino como una transformación hacia el todo, en el susurro interminable de la naturaleza.
Inés Ordiz

Expulsion. Moon and Firelight
Expulsión. Luna y luz de fuego (1828), de Thomas Cole (1801-1848), reinterpreta la escena de la pérdida del Edén, pero prescinde de Adán y Eva: el protagonista es el paisaje. La luz ilumina un paraíso natural, a la derecha, mientras la sombra envuelve el mundo tras la caída, a la izquierda. El contraste entre el arco iluminado que separa ambos espacios y la penumbra que lo circunda intensifica el carácter sublime del conjunto.
En el arte y la literatura estadounidenses del siglo XIX, lo sublime es una experiencia que se eleva más allá de lo estético para convertirse en un encuentro espiritual en el que el sujeto se enfrenta a fuerzas que evocan, al mismo tiempo, temor y maravilla. Expulsión, de este modo, despierta afectos ambivalentes, en los que el asombro frente a la grandiosidad de los elementos naturales se funde con el duelo.
Un uso similar de lo sublime subyace en otras obras fundamentales del siglo. En El último mohicano (1826), de James Fenimore Cooper (1789-1851), la naturaleza se presenta con una grandeza sobrecogedora: acantilados, bosques y ríos son descritos con la intensidad romántica de lo inconmensurable. Sin embargo, el paisaje no es solo fuente de belleza, sino también el escenario de violencia y desintegración cultural de las naciones indígenas. Lo sublime, así, simboliza una pérdida doble: de la virginidad de la naturaleza y de las culturas primigenias. El paisaje, como en el flanco izquierdo del lienzo de Cole, se impone con una belleza trágica que ahonda en la experiencia del desarraigo.
En Walden (1854), Henry David Thoreau (1817-1862) transforma la experiencia de lo sublime en una búsqueda moral. La obra reproduce un intento de reconexión con el espacio natural, de recuperación de un Edén interior perdido. En la visión de Thoreau, la naturaleza trasciende la contemplación estética y se presenta como refugio frente a una modernidad imparable. Al igual que en el sector derecho del cuadro de Cole, se revela como manantial de claridad espiritual.
En estas obras, el uso de lo sublime habita el espacio liminal o de transición de un mundo que se desvanece frente a la expansión imperial-industrial, sostenido por la esperanza (a veces vana) de su recuperación. Es un lenguaje que nos sitúa entre lo sereno y lo terrible, y da forma a las emociones de un devenir siempre cambiante.
Inés Ordiz

Venetian Onion Seller
A finales del siglo XIX, el sueño europeo se convirtió en una fuerte aspiración para una parte de la ciudadanía estadounidense ilustrada que buscaba en el Viejo Mundo una profundidad cultural, histórica y estética que no vislumbraba en su propio país. Este anhelo encontró una expresión refinada en la obra literaria de Henry James (1843-1916), y una potente representación visual en la obra pictórica de John Singer Sargent (1856-1925). Ambos artistas, unidos por una larga amistad, compartieron también una mirada afín: cosmopolita, ambigua y fascinada por la vieja Europa, especialmente por Italia, donde lo pintoresco se mezclaba con lo decadente, y la belleza con la historia.
En Vendedora veneciana de cebollas de Sargent, de hacia 1880-1882, la figura femenina –una vendedora ambulante– se erige con serena dignidad. Su porte, la expresión contenida de su rostro, y el equilibrio entre lo realista y lo idealizado a pesar de su origen humilde, hacen de ella un símbolo de esa Europa que los estadounidenses imaginaban: un continente cargado de tradición, misterio y encanto. No es solo una mujer vendiendo cebollas, es una encarnación viva de Venecia, una ciudad a la que James representa como la belleza detenida en el tiempo; el arte convertido en escenario de introspección moral y emocional.
En algunas de sus obras más conocidas, como Daisy Miller (1879), Retrato de una dama (1881) o Los papeles de Aspern (1888), James narra los conflictos internos de personas norteamericanas en Europa deslumbradas por la riqueza cultural del continente, y su ingenuidad frente a las complejidades sociales. La mirada del visitante sobre Italia no es inocente ni neutra: es una proyección de deseo, a la par que búsqueda de una autenticidad perdida. Sargent, también estadounidense expatriado, pinta a esta mujer veneciana mediante una fusión de idealización y observación directa. Es una figura real y, a la vez, un artefacto de fascinación estética: la Europa soñada desde el otro lado del Atlántico.
Ambos artistas crean representaciones -una literaria, otra pictórica- que revelan más a quien observa que a lo observado. En este juego de espejos entre los Estados Unidos e Italia, entre deseo y experiencia, se cifra la esencia del “sueño europeo”: Italia parece ofrecer una autenticidad perdida, pero devuelve siempre una imagen cargada de historia y belleza aunque de ambiguo significado.
Adriana Kiczkowski

Hotel Room
La obra de Edward Hopper (1882-1967) es un referente indiscutible de la cultura estadounidense. Sus obras, en las que se plasman la soledad y alienación del ser humano en escenas urbanas y paisajes de Cape Cod, configuran lo que se ha venido a llamar “la imaginación americana”. La temática y el estilo del pintor son tan reconocibles y su huella tan indiscutible que, como señala John Updike irónicamente, toda la prosa americana posterior a él se podría considerar “hopperesca”.
Habitación de hotel, de 1931, nos ofrece el retrato de una mujer en ropa interior en una habitación de hotel, sentada en una cama sin deshacer, leyendo un papel. Esta obra nos recuerda a las novelas de la Trilogía de Nueva York (1985-1987) de Paul Auster (1947-2024). Al observarla, nos preguntamos qué hace esta mujer allí, qué lee, lo cual nos sitúa en la misma posición que el detective Azul en Fantasmas (1986), incapaz de ver desde la distancia del edificio de enfrente lo que Negro, el hombre al que está vigilando, escribe.
Para Updike, quien se inspira en Habitación de hotel y Muchacha cosiendo a máquina, de hacia 1921, del Museo Thyssen, en su poema “Dos Hoppers” (1993), lo importante es la posición activa en la que nos sitúa el pintor. En estos cuadros, al igual que en Muchacha leyendo una carta ante una ventana abierta, de hacia 1657-1659, de Johannes Vermeer, observamos “La luz oblicua / la mujer sola y atrapada entre los planos / de la pintura por algún misterioso testigo / que nos invita a respirar junto a ella”.
Esta visión de la mujer y del halo de misterio que la rodea inspira el poema de Victoria Chang (1970) “Estudio de Edward Hopper: La habitación de hotel” (2004), en el que una mujer espera a su amante, un hombre casado. La autora destaca la identificación con la mujer: “Eso es todo / lo que el artista nos dejó, / sabiendo que convertiríamos / la piedra de la mujer en nuestra, / una sed del ser / en todo”.
Del mismo modo, Kris Nelscott, seudónimo de Kristine Kathryn Rush (1960), en su relato “Still Life, 1931” (2016), también ofrece una reescritura feminista del cuadro, imaginando la historia de Lurleen, una viuda que viaja con un maletín repleto del dinero heredado de su difunto marido, en el contexto de la Gran Depresión, una época de racismo y linchamientos. En todos estos casos, el cuadro de Hopper despierta nuestra imaginación y aviva nuestra curiosidad y hace que nos preguntemos qué le ocurre a esta mujer en una habitación de hotel.
Cristina Garrigós

Love, Love, Love. Homage to Gertrude Stein
En su segundo viaje a Europa en 1912, Charles Demuth (1883-1935) coincidió con Marsden Hartley (1877-1943), quien lo introdujo en el círculo de Gertrude Stein en París. Entre 1912 y 1914 se convirtió en asiduo al salón del 27 de la Rue de Fleurus, donde conoció el modernismo europeo y pudo relacionarse en un entorno permisivo y diverso donde su homosexualidad era percibida con naturalidad.
Love, Love, Love. Homenaje a Gertrude Stein, de 1928, es una compleja síntesis visual del lenguaje literario y del objetivo artístico de Gertrude Stein de incorporar el cubismo a la literatura. El cuadro incluye tres repeticiones tipográficas de la palabra “Love” junto a los números “1, 2, 3”, evocando ritmos musicales y poéticos que Stein integra en sus estructuras narrativas experimentales. Su estilo es repetitivo y musical, dentro de un lenguaje claro y sencillo, con el propósito, más allá de la semántica y la sintaxis, de crear un efecto de compleja totalidad, un instante, una reacción emotiva.
Encontramos este patrón rítmico en Tres vidas (1909), una obra de Gertrude Stein (1874-1946) que narra la historia de tres mujeres, Anna, Melanctha y Lena, que viven en la ciudad ficticia de Bridgepoint (inspirada en Baltimore). Con su característica prosa, que la crítica ha considerado “antipatriarcal” por su rompedor estilo, Stein nos presenta las relaciones de poder, sexo, género y raza que atraviesan el devenir vital y amoroso de estas mujeres de procedencia humilde. Stein había traducido poco antes Tres cuentos (1877) de Gustave Flaubert, cuya influencia es evidente, ya que la Anna de Tres vidas es una versión americanizada de la Félicité de Un corazón sencillo, protagonista de uno de los tres cuentos. En el cuadro de Demuth, la máscara, el compás ternario y la repetición de la palabra “Love” funcionan como recordatorio de la vida y obra de Gertrude Stein, como metáfora vital de las apariencias, en contraste con la realidad oculta de sus tres personajes femeninos. Stein y el propio Demuth nos miran tras la máscara que esconde tanto el amor prohibido como la libertad compartida.
Ana Zamorano

Brown and Silver I
La técnica all-over de Jackson Pollock (1912-1956) prefigura otras técnicas posmodernas como el collage, el cut-up o el hipertexto. Para Ben Lerner (1979), escritor estadounidense contemporáneo, la trama se dispersa como una salpicadura de anécdotas, citas y desplazamientos por recorrer sin un mapa prefijado.
En sus novelas Saliendo de la Estación de Atocha (2011) y 10:04 (2014), Lerner aborda la distancia entre “experiencia sublime” y “performance” social. El protagonista de la primera novela nunca ha sentido una emoción estética auténtica, sino que experimenta el arte a través de relatos ajenos. Jackson Pollock no aparece como personaje de esta novela, pero su lógica está presente en la imposibilidad de delimitar el hecho estético. En el documental Jackson Pollock 51 (1951), la cámara de Hans Namuth interpuso un cristal entre pintura y espectador, de igual manera que en la obra de Lerner las pantallas se interponen entre el narrador y la realidad. En el poema “Elegía didáctica” (2009), Lerner reflexiona sobre las imágenes y las representaciones del 11-S, en particular, sobre la dificultad para diferenciar entre el derrumbe de las torres gemelas y la imagen de las torres derrumbándose. Algo similar ocurre con el arte de Pollock: la influencia de las imágenes audiovisuales resulta mayor que la de los acontecimientos.
Pollock rompe la composición centrada, mientras que Lerner rompe la sintaxis lineal a través de versos fragmentados, prosa poética o frases que se disuelven antes de completar el sentido. Ambos comparten la lógica de la “página total”, de manera que cada gesto individual importa menos que el ritmo acumulativo.
La memoria cultural está formada por distintas formas de mediación. Cuando Lerner dice en su poema que la imagen de Pollock que todos conocemos no se puede separar del famoso documental de tres minutos, señala dos cosas a la vez: un hecho concreto y una emoción. Apunta a un cambio en la forma de escribir sobre arte, que ya no se limita a describir el cuadro, sino que analiza los medios y dispositivos –catálogos, museos o redes sociales– que influyen en cómo vemos y entendemos el arte.
Adriana Kiczkowski

Untitled (Green on Maroon)
Los cuadros de Mark Rothko (1903-1970) están concebidos en base al uso del color para expresar las emociones. Según admitió el propio pintor: “No me interesa la relación entre color y forma ni nada por el estilo. Solo me interesa expresar las emociones humanas más elementales. La tragedia, el éxtasis, la fatalidad del destino y cosas así”. Para Don DeLillo (1936), como para el pintor estadounidense de origen letón, un cuadro te hace sentir estar vivo.
En su novela Cosmopolis (2003), el multimillonario Eric Packer le dice a su amante, Didi Fancher, que no quiere el cuadro de Rothko que ella le ofrece; quiere ser el dueño de la Capilla Rothko, que no está a la venta: “Es mía, si la compro”. Packer cree que el dinero puede conseguirlo todo.
Rothko y DeLillo comparten una visión crítica al sistema consumista que domina el mundo. Ambos artistas desprecian el arte como mercado y la idea de que el dinero es más poderoso que cualquier valor moral. Didi le insiste a Eric que no puede comprar la capilla, pero que él necesita el cuadro de Rothko para recordarle que está vivo. Esta obra, Verde sobre morado, podría ser ese cuadro. O uno de los que tiene Eric Packer en su apartamento: “Las obras de arte expuestas eran sobre todo campos de color y geometrías, lienzos de gran tamaño que dominaban estancias enteras”. Frente al arte abstracto, la emoción no se puede verbalizar con claridad, pero se siente. Packer necesita el arte para sentir y saber que no está muerto.
DeLillo describió el proceso de composición de su novela Submundo (2009) así: “Empecé a pensar más visualmente. Empecé a pensar casi en los patrones abstractos de un pintor expresionista, como Pollock o Rothko… no solo habría personajes y ubicaciones, habría una especie de estilo, una especie de color, de una manera abstracta”. El lenguaje de DeLillo, como el de Rothko, es fácilmente reconocible. Ambos comparten un concepto estético y una postura existencial sobre la vida y la muerte en la que solo el arte puede hacernos ver más allá, llevarnos hacia lo divino, lo inmortal.
Cristina Garrigós

Canyons
Charles Sheeler (1883-1965) nació y se formó en Filadelfia, conoció las vanguardias en sus viajes a Europa y acabó instalándose en Nueva York en 1919, donde desarrollaría su carrera como fotógrafo y pintor. Cañones, de 1951 –un título que encierra una metáfora orográfica, no militar–, abre una ventana a un paisaje de rascacielos de distintas alturas, estilos y probablemente décadas, creando un efecto de superposiciones y transparencias que podría considerarse fotográfico.
La fascinación de Sheeler por Nueva York quedó patente en una película de unos diez minutos que grabó junto a Paul Strand (también fotógrafo) en 1921, Manhatta. Este es el nombre que los nativos norteamericanos dieron al asentamiento del que surgió la ciudad. También es el título de un poema de Walt Whitman (1819-1892), incluido en sus Hojas de hierba (un poemario publicado por primera vez en 1855, revisado y ampliado durante más de treinta años). Whitman, que vivió en Brooklyn, fue testigo del crecimiento de Nueva York y pionero en convertirla en materia poética. Como su poesía, su ciudad parecía un adelanto del siglo XX.
A la manera del cine mudo, la película de Sheeler y Strand alterna imágenes en movimiento con el texto de varias citas extraídas del poema “Mannahatta” (1860). Además de los rascacielos de Cañones, también vemos barcos de vapor navegando por el río Hudson y puentes sobre él, ferrocarriles, multitudes paseando por las calles de la ciudad o llegando en un ferry. En el poema de Whitman, los rascacielos “crecen del hierro” y las calles no son cañones, sino “ríos”. La sucesión de imágenes poéticas, muchas de las cuales Sheeler y Strand trasladaron a su película, puede considerarse un buen ejemplo de los famosos “catálogos” de Whitman. Casi como un fotógrafo, el poeta retrata el paisaje y sus habitantes, sin olvidar a los quince o veinte mil inmigrantes que ya entonces llegaban cada semana.
Podemos, por tanto, trazar una línea de modernidad representada por lo urbano desde el poema “Mannahatta” (1860), pasando por la película del mismo título (1921), hasta Cañones (1951).
Dídac Llorens

Sunday After Sermon
Domingo después del sermón, de 1969, de Romare Bearden (1911-1988), con su técnica de collage vibrante y fragmentada, refleja la vida comunitaria afroamericana con la misma intensidad sensorial que Toni Morrison (1931-2019) transmite en Jazz (1992). La novela es un collage narrativo, una estructura polifónica donde Morrison entrelaza voces, tiempos y memorias.
La centralidad de la iglesia como núcleo espiritual y social es el punto de partida de la historia, que nos remite al asesinato de la joven Dorcas a manos de Joe Trace y a la reacción de la esposa de este último, Violet, quien irrumpe en el funeral y acuchilla la cara de Dorcas al enterarse de que era amante de su marido. Esta violencia sistémica y estructural queda simbolizada en la obra de Bearden en la figura de la criatura sin rostro en brazos del hombre en la parte derecha del cuadro.
La tradición afroamericana subraya la música, el rito y el cuerpo como vehículos de resistencia y expresión cultural. En Jazz se evidencian las dificultades para la reconstrucción de las vidas de los personajes porque el porvenir está anclado en un pasado esclavista cuyo relato lastra sus oportunidades. Este pasado esclavista está presente en la novela por medio de personajes como Golden Gray, a quien nos recuerda la figura que parece vigilar desde el umbral en la obra de Bearden, y que, con su atuendo y su mano hipertrófica, podría simbolizar el pasado y el presente revolucionarios de los años sesenta en Estados Unidos.
También la comunión entre mujeres, que en el cuadro de Bearden aparecen en primer plano, charlando y parapetando al resto de los personajes de la escena, es una metáfora simbólica de la importancia de la sororidad para la reconstrucción personal en la comunidad afroamericana. En la novela de Morrison, solo Tía Alice es capaz de escuchar a Violet, a pesar del daño infligido a su sobrina Dorcas. Las dos mujeres se encuentran y hablan hasta que llegan a conectar. Este vínculo trasciende los lazos de sangre y se convierte en fuente de fortaleza, resiliencia y unidad, una autoafirmación que escucha atenta la niña sentada a la izquierda, aparentemente distraída. La comunidad urbana y el Harlem afroamericano de Morrison y Bearden se presentan como espacios de duelo, celebración y reconstrucción.
Ana Zamorano

Telephone Booths
Las cuatro cabinas que aparecen en esta obra de Richard Estes (1932) nos ofrecen una imagen hiperrealista en un espacio urbano (Nueva York), con unas personas cuyas figuras, de espaldas (¿dos mujeres y dos hombres?), podemos intuir a través de la distorsión de los reflejos del metal y el vidrio y los juegos de perspectivas. John Updike escribió un ensayo en el que apreciaba la maestría del artista y su técnica.
La narrativa de Updike (1932-2009) se caracteriza por su escritura realista y costumbrista en un entorno urbano, una escritura que refleja el existencialismo de la vida contemporánea y los problemas de la vida doméstica, en particular de la clase media. Updike, como Estes, se interesa por las relaciones humanas y los secretos, dejando siempre, frente a una escena en apariencia clara y realista, preguntas sin contestar. Las cabinas, que evocan un tiempo de aislamiento del mundo exterior y de comunicación con otro ser humano, también sugieren momentos de soledad, tensión, o cambio.
Las novelas de Updike –como El centauro (1963), Parejas (1968), o la serie de Conejo (1960-1990)– abundan en cuestiones relacionadas con los secretos, las relaciones extramatrimoniales, el sexo y la relación entre la mentira y la verdad. Este cuadro se podría enmarcar en esa temática.
La escritura realista, el entorno urbano y el tema de las cabinas también encuentra eco en la novela de J. D. Salinger (1919-2010), El guardián entre el centeno (1951). Durante un tiempo vagando solo por Nueva York, el adolescente Holden Caulfield realiza varias llamadas que simbolizan su interés y dificultad para conectar con los demás. Asimismo, podemos encontrar concomitancias entre este cuadro y la literatura de escritores como John Cheever (1912-1982) o Philip Roth (1933-2018), cuyos estilos y temas son afines a la estética de Estes o, incluso, más adelante, con Raymond Carver (1938-1988), en cuyos relatos, como en Desde donde llamo (1982) o Parece una tontería (1983), el teléfono se convierte en un símbolo de la soledad de los personajes y la dificultad de establecer relaciones profundas y conectar de verdad con los demás.
Cristina Garrigós

Smyrna Greek (Nikos)
Ronald B. Kitaj (1932-2007) situó la escena de El griego de Esmirna (Nikos) en un burdel como los que conoció el poeta griego Constantino Cavafis (1863-1933), en las inmediaciones del puerto de Alejandría. Vemos al propio Kitaj bajando las escaleras y, en un primer plano, conversando con una prostituta, a su amigo Nikolas (Nikos) Stangos (1936-2004), poeta y editor de libros de poesía y de arte. Escritor griego homosexual, Stangos se nos presenta como una reencarnación de Cavafis.
Sin embargo, ni Stangos ni Cavafis eran griegos de Esmirna (en la actual Turquía), y es más que probable que el título de este cuadro encierre una alusión a La tierra baldía (1922) de T. S. Eliot (1888-1965), poema clave de la modernidad. Por uno de sus escenarios, la “Ciudad Irreal” (trasunto del Londres de posguerra, de la città dolente de Dante y de cualquier ciudad azotada por desastres o conflictos), pasea un mercader de Esmirna, el Sr. Eugenides. Sin afeitar, con pasas en los bolsillos, y hablando en un francés rudimentario, Eugenides invita a comer al personaje principal y llega a hacerle la proposición de pasar un fin de semana juntos en el Hotel Metropole. Si Kitaj asocia a Stangos y Cavafis, en sus notas a La tierra baldía, Eliot sugiere que todos los personajes masculinos del poema son encarnaciones de uno solo.
Kitaj veneró a los grandes poetas modernistas angloamericanos Ezra Pound (1885-1972) y T. S. Eliot. Curiosamente, Stangos se inició en la edición de la mano de otro poeta, Stephen Spender, discípulo de Eliot. Como el de Eliot, el estilo de Kitaj es rico en alusiones, tanto artísticas como literarias. Otro ejemplo es el cuadro Si no, no (1975-1976) que se inspiraba en La tierra baldía para denunciar el holocausto judío. Kitaj admiró a Eliot, pero precisamente por la militante defensa de su identidad y herencia judías, acabó rechazándolo por considerarlo antisemita.
A pesar de esta relación ambivalente, el título, el ambiente urbano y sórdido, la historia que tan solo se adivina, y las múltiples caras de los personajes nos permiten relacionar El griego de Esmirna con La tierra baldía.
Dídac Llorens

A Visit to London (Robert Creeley and Robert Duncan)
Una visita a Londres (Robert Creeley y Robert Duncan) es un título ambiguo. El lienzo podría considerarse el retrato de dos de los más grandes poetas estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX, aunque, en cierto modo, parecen dos retratos independientes dispuestos verticalmente.
Sin embargo, Kitaj parece priorizar el acontecimiento sobre los sujetos; dos compatriotas que visitan la ciudad donde vive el artista y donde se ha convertido en un miembro destacado de la llamada Escuela de Londres.
Robert Creeley (1926-2005) y Robert Duncan (1919-1988) coincidieron en el Black Mountain College, una institución liberal especializada en enseñanzas artísticas. Bajo el liderazgo de otro poeta clave, Charles Olson, cultivaron una poesía liberada de ataduras métricas tradicionales, sujeta a condicionantes físicos tales como la respiración, la percepción auditiva o la sensación de movimiento. De este modo, el poema se convierte en un campo abonado para la exploración y el descubrimiento.
Duncan fue un poeta culto, particularmente fascinado por la figura de Psique en la mitología y en el arte (las primeras estrofas de su “Poema a partir de un verso de Píndaro” (1960) aluden a la obra Alegoría del amor, Cupido y Psique (1798-1805) de Goya. Para Duncan, Psique es símbolo del conocimiento, la experiencia y la imaginación, motores de su poesía. La poética de Creeley, por otra parte, se instala en una zona comparable de reflexión sobre sentimientos cotidianos, a la que accede a través de “La puerta” (1959) que da título a uno de sus poemas más recordados (un poema que, curiosamente, está dedicado a Duncan).
En 1968 y 1969, coincidiendo con una estancia en Estados Unidos, Kitaj frecuentó a Creeley, a Duncan y a la pareja sentimental de este último, Jess Collins, un artista también vinculado a la reivindicación de lo figurativo y el pop art.
En aquellos años, Kitaj, interesado en la literatura casi tanto como en el arte, trabajó en una serie de litografías, Algunos poetas (1966-1969), entre los cuales se encontraban Olson, Creeley y Duncan. Felizmente, Una visita a Londres, del Museo Thyssen, reúne a estos dos últimos en un singular retrato.
Dídac Llorens
Continúa en la planta baja
En el plano puedes ver destacadas las salas donde se encuentran las obras del recorrido.

The Piegans preparing to Steal Horses from the Crows
Para los nativos norteamericanos los caballos constituían una importantísima propiedad, esencial para su supervivencia en las Grandes Llanuras durante el siglo XIX, útiles para el transporte, la guerra y la caza de bisontes.
El robo de caballos entre las tribus enemigas solía ser recíproco y no se consideraba moralmente reprobable, sino una táctica militar habitual y una práctica que aportaba prestigio a quien la realizaba, pues así incrementaba la riqueza y el poder de su pueblo. El acto heroico a veces se completaba con un gesto de generosidad al regalar un caballo a quien lo necesitara.
En la literatura del siglo XX, la acción de robar caballos se idealizó e incluso se elevó a la categoría de mito típicamente estadounidense, que William Faulkner (1897-1962) elogió con gran entusiasmo en su novela Una fábula (1954) como “la afirmación de un credo, la declaración de una fe imperecedera, el postulado de un invencible modo de vida: la voz alta y fuerte de América, surgida del rugido del Oeste del continente gigantesco y maltratado, aunque indomablemente virgen, donde nada, salvo el inmenso cielo inmoral, limitaba los intentos del ser humano, ni su éxito y la adulación de sus semejantes; incluso la defensa que utilizaría se basaría sobre la antigua, orgullosa y fuerte tradición americana de la rapiña”.
Sherman Alexie (1966), de la Reserva Spokane, evoca ese aspecto tan relevante de la cultura de sus antepasados cuando en el poema “I Would Steal Horses” (1992) dice a su amada Keri que lo haría “para ti, si todavía quedaran / daría una docena de los mejores / a tu padre”. Además, en su colección de relatos breves La pelea celestial del Llanero Solitario y Toro (1993), cuenta una divertida anécdota según la cual dos chicos deseosos de emular a los antiguos guerreros de su tribu, a falta de caballos que robar, roban un coche, lo aparcan frente a la comisaría de policía de la ciudad vecina y, haciendo autostop, vuelven a la reserva, donde sus amigos los aclaman alegremente por su proeza mientras los ojos de sus padres y madres brillan con orgullo.
Teresa Gibert

The Picnic
Un cuadro como este de Metcalf (1858-1925), donde predominan los tonos dorados, parece una joya. Un tesoro silvestre, para melancólico recreo de las figuras que lo habitan. Pero Robert Frost (1874-1963), el poeta-granjero que transformó en versos los paisajes de Nueva Inglaterra, nos anuncia que no perdurará, pues, en su opinión, nada dorado puede persistir.
Frost dedicó su carrera a reconciliar la ciencia y la religión, dos cosmovisiones en conflicto desde la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin en 1859. En su representación de lo natural convivieron el romanticismo trascendentalista estadounidense del siglo XIX, liderado por Ralph W. Emerson, y la biología evolutiva darwiniana. Frost no romantizaba la naturaleza. En sus poemas, la relación entre la naturaleza y quien la contempla no es holística, sino discontinua, porque la evolución ha separado la materia primigenia sin aparente posibilidad de reunificación. Frost buscaba una realidad inmutable y de origen divino, que trascendiera tiempo y espacio.
Sin embargo, frente al sentido de permanencia recogido en el trascendentalismo, Frost encontraba incertidumbres en una materia que, carente de diseño o propósito, no es metáfora de lo divino. Por ello, y a pesar del ambiente vanguardista en que comenzó a escribir, era minucioso con el ritmo y la rima de sus poemas para que esta cuidada prosodia proporcionara un orden fugaz frente al caos.
“Nada dorado puede persistir” se publicó en el volumen New Hampshire (1923), donde observamos que la vida rural se agota. Al compás de los ciclos naturales, para Frost el tiempo es circular, aunque la modernidad lo tiñe de desgaste y extinción. Este poema cruza ambas miradas, la regenerativa y la entrópica o relativa al desorden: el verde se convierte en hoja, el alba en mediodía. Morir se convierte en otro nacer, pero lo más puro e inocente, lo primigenio y anterior a la caída de la humanidad, tan valioso como el oro, no persiste. Quizá por eso la figura en primer plano de Metcalf, dorada ella misma, da la espalda al bosque y nos mira.
María García Lorenzo