Por José Ramón Fernández


Hablamos de artes escénicas para referirnos a todo aquello que se representa con una intención artística ante un público: el teatro, la danza, la música, el circo... Esa intención artística alcanza a las grandes figuras pero también, por qué no, a los artistas callejeros. Alguien se muestra ante el otro con la intención de transmitir o provocar una emoción. Las artes escénicas son un territorio para el encuentro.

Por una parte, la relación entre la obra y su público tiene lugar con la presencia de algunos de los artistas responsables de ella y puede verse modificada por los asistentes de forma determinante. Una novela, un poema, una pintura, una escultura, son manifestaciones artísticas que no se ven modificadas por quienes las disfrutan. Una función teatral, operística o de danza, así como cualquier ejecución pública de piezas musicales, se ve a menudo transformada por lo que hoy llamamos la «recepción».

Por otra parte, y esto es lo que queremos significar en este recorrido, las artes escénicas son un territorio complejo para el encuentro de artes diferentes, para el contagio de unas a otras. Un espectáculo vivo puede reunir disciplinas tan diferentes como la música, la danza, la literatura, las artes de la imagen... .

En una pieza teatral, coreográfica, circense... encontramos elementos pictóricos en la escenografía, en los figurines, en la luz, en los propios gestos de los intérpretes. Tanto es así que, a menudo, tareas como el diseño de la escenografía o el vestuario de los espectáculos han sido desempeñadas por pintores.

Es inevitable, si pensamos en esa cantidad de signos cercanos a la pintura, que entre las obras que pueblan una colección tan rica y llena de matices como la que reúne el Museo Thyssen se nos ofrezcan testimonios de ese encuentro entre artes escénicas y pintura.

¿Qué vamos a encontrar en este recorrido? Cuadros que se refieren a personajes teatrales, como los de Watteau, Picasso o Lindner; cuadros que retratan a artistas, como los de Zoffany, Toulouse-Lautrec, Marsh, Kuhn o Guttuso; cuadros que nos ubican ante representaciones escénicas, como los de Degas, Tappert o Ensor; cuadros que nos dejan mirar en la parte que no se ve, allí donde el público no está presente, como los de Forain o Macke; cuadros cuyos autores dedicaron una parte de su vida al oficio de escenógrafos, como Chagall, o que crearon espectáculos que rompieron esquemas, como Schlemmer o Balla; cuadros de dos pintores cuyo imaginario ha poblado cientos de puestas en escena e incluso ha inspirado obras de literatura dramática como Hopper y Magritte. Y una declaración final, gracias a Lucien Freud. No siempre estarán todos, pues la política de préstamo e intercambio de obras de este museo es extraordinariamente activa, pero siempre encontraremos una mirada amplia y diversa de la pintura sobre las artes escénicas a través de este paseo.

Por supuesto, hay más posibilidades para este viaje, pero, como amantes de la pintura, todos hemos vivido más de una vez ese cansancio que nos impide disfrutar de las obras porque llevamos demasiado tiempo de pie o, sencillamente, porque nuestros ojos necesitan digerir lo que ven; y, para ello, conviene ser prudente para que demasiada información no acabe convirtiéndose en ruido. Por eso hemos escogido un número limitado de cuadros. Aun así, aprovechamos las líneas de esta introducción para sugerirles que visiten las salas de pintura medieval, renacentista y barroca y observen, por ejemplo, tres realidades de nuestro acervo cultural: la de la tradición griega, la de las pinturas relacionadas con los autos de Navidad y los cuadros de músicos.

En primer lugar, vale la pena que recordemos la cultura grecolatina como una de las bases en las que se fundamenta nuestra visión del mundo. En esa base fue un hecho principal el teatro y los tres grandes trágicos griegos, Esquilo, Sófocles y Eurípides. Entre las grandes obras de ese primer capítulo de nuestra cultura, brilla especialmente Medea, la princesa hechicera que se venga del desamor de Jasón matando a sus propios hijos. Una historia que tiene especial eco en nuestro país, a partir de la mítica versión de Miguel de Unamuno con la que Margarita Xirgu y Enrique Borrás inauguran el Teatro Romano de Mérida en 1933, dando el punto de partida a uno de los eventos culturales más conocidos de nuestro país: el Festival de Teatro Clásico de Mérida. La historia de Medea –que traiciona a su patria y a su familia para ayudar a Jasón y sus argonautas a robar el vellocino de oro, que luego es abandonada por este, y que se venga de ese abandono matando a sus propios hijos– forma parte de la tradición literaria y cultural de Occidente. El museo Thyssen ofrece dos miradas sobre esa historia: la pintura de Enrico de Roberti, Los argonautas abandonan la Cólquida, y Jean-François de Troy, Jasón y Medea en el templo de Júpiter.

En la Edad Media, tras casi mil años de casi completa desaparición, el teatro vuelve a respirar. Y lo hace en las iglesias, como acompañamiento a las grandes celebraciones. Los primeros textos dramáticos españoles son autos de Navidad, y en ellos se cuenta el nacimiento de Jesús, la anunciación a los pastores o la adoración de los Reyes. El texto español más antiguo es un auto de los Reyes Magos. Esa fuerza de los asuntos religiosos se puede apreciar en obras como la Adoración de los Magos de Luca di Tommè o la Adoración del Niño de Bartholomäus Bruyn el Viejo.

Al mismo tiempo, siempre existió un arte de la calle: contadores de historias, saltimbanquis, músicos... La fiesta, la calle. Nuestro Pierrot contento de Watteau podría iniciar también una visita por pinturas que hablan de amigos que se unen en una fiesta, de encuentros campestres, de músicos callejeros, de personas de cualquier origen que hallan la felicidad en la música. Los dejo fuera de nuestro recorrido, pero cito este ramillete de nombres: El tío Paquete, de Francisco de Goya; El conde Fulvio Grati, de Giuseppe Maria Crespi; Pescador tocando el violín, atribuido a Frans Hals; El violinista alegre, de Gerrit van Honthorst; Los jóvenes músicos, de Antoine Le Nain; Grupo de músicos, de Jacob van Loo; Comiendo ostras, de Jacob Lucasz. Ochtervelt; Concierto campestre, de Jean-Baptiste Pater; Fiesta campesina, de David Teniers; Autorretrato con laúd, de Jan Havicksz. Steen... incluso Shahn, Braque y Miró se apuntarían a esta fiesta de músicos alegres.

Mención aparte, claro, merece una pintura muy especial ubicada en la segunda planta del museo: el retrato del bufón El caballero Cristóbal, de Hans Wertinger. El retrato de un bufón del duque de Baviera nos descubre la importancia de su estatus en la corte de aquel tiempo. La fecha del cuadro nos lleva precisamente a esa resurrección del teatro, que languideció en los primeros siglos de nuestra era y volvió a respirar con fuerza cuando concluía la Edad Media. Durante esos siglos, fueron los payasos, los bufones, los cómicos ambulantes quienes siguieron dando aliento a esa disciplina artística que parecía haber muerto para siempre.

En definitiva, hemos elegido veinte cuadros de esta magnífica colección para proponer un paseo por las artes escénicas que provoque la curiosidad, que provoque que usted quiera saber más sobre el teatro, la música, la danza, el circo... y para que vuelva a encontrarse con estos pintores maravillosos que seguramente ya le han proporcionado algunos momentos de felicidad. Una última nota: presentamos los cuadros por orden cronológico. Por supuesto, el paseo tiene mil caminos y ese es solo el más evidente. Buen viaje.

Obras del recorrido